SAMARKANDA

SAMARKANDA
Bienvenido al karavansar. No por casualidad he llamado así a mi blog, puesto que en alguna lengua de Oriente se llama de este modo a la posada, la pensión, la fonda, donde descansar antes de seguir el camino. Decir que la vida es un tránsito no es descubrir América (que también se hizo en un tránsito, pero por mar), pues ya muchos autores lo expresaron. Pero sí quiero señalar la provisionalidad, el azar, la hospitalidad, el descanso, la cercanía que produce "pasar" por un sitio desconocido a algo más seguro, que es el fin del viaje. Desde Jorge Manrique hasta Antonio Machado se ha plasmado la imagen del hombre como viajero. Y este blog pretende que nos encontremos, "ligeros de equipaje", en esta parada y fonda virtual, que no virtuosa. Hasta pronto.

jueves, 18 de abril de 2013

VAMOS AL CINE

 Me gustan las películas americanas. Lo tienen todo controlado. Cuando el protagonista tiene urgencia de trasladarse a otro lugar de la ciudad, siempre aparece oportuno el taxi amarillo que circulaba casualmente libre en plena hora punta. Y después se baja precipitadamente de él, dejándole al taxista un billete sin esperar la vuelta. Pero si el protagonista se desplaza en su coche, siempre encuentra donde aparcar. Así da gusto. En cambio, llama la atención que millonarios riquísimos, propietarios de mansiones casi tan grandes como la Casa Blanca, puedan ser asesinados por la noche con suma facilidad, porque viven más solos que la una. No solo los millonarios, sino todos los detectives de gabardina, estudiantes de diseño, guapas secretarias o modestos taxistas. Claro, casi todos  tienen un pasado.
Si dos personajes están en una habitación hablando de un tema muy serio y uno de ellos se va, abre la puerta, sale, y antes de cerrar detrás de sí, suelta una frase lapidaria que deja al otro estupefacto. Y yo me quedo con el puñado de palomitas en la mano sin llegar a la boca.
Especialmente me gustan las películas policíacas, de juicios, de investigación criminal. Últimamente, en las películas de tribunales, el juez (que antes era siempre varón y con cara de malas pulgas), ahora es una mujer, negra, gorda, seria pero con cara de ama de casa, de saberse el Código Penal de pe a pa y curada de espanto. Y pone firmes al abogado y al fiscal por menos de nada. Claro que el último grito en crímenes es esas películas y series donde los policías son científicos que te enseñan las tripas y el cerebro de las víctimas en una "morgue" con la misma naturalidad que en una mercería te exhiben un muestrario de botones. Y, claro, si estás recién comido o cenado, se te pone la digestión en la boca. Automáticamente, las palomitas comienzan a saberme a cartílagos humanos. Prefiero las escenas de entierros. Siempre hay un pastor que tras poner por las nubes al difunto, el ataúd baja con mucha parsimonia mientras un corro de señoras con sombreros y pamelas negros llora desconsoladamente y echan una flor en la fosa. Antes del entierro se han puesto las botas a canapés y bebidas en la casa del finado, seguramente para resistir tantas emociones. 
Los policías americanos son muy educados. Cuando van a una casa y les franquean la puerta, entran y se presentan: "el comisario fulanito, la suboficial menganita y el agente perenganito". Parece que más a que a preguntar van a pedir la mano de alguien. Y siempre les ofrecen un té, por ejemplo. Claro que cuando los policías van a detener a alguien llegan seis o siete coches aullando sirenas a todo meter, con  mucha fanfarria de uniformes, rifles, unos tíos como armarios que si no les abren la puerta ya mismo la tiran de una patada y entran caminando despatarrados, apuntando con pistolas que dirigen en varias direcciones. ¡Qué tíos!
¿Por qué cuando atraviesan un río a nado y vestidos o tras un naufragio llegan medio ahogados a una playa empapados hasta los huesos, inmediatamente se les ve con la ropa seca y peinados hasta con laca? ¡Ah! ahí está la magia del cine.
Lo que no soporto es las películas americanas con niño de protagonista. Son unos listillos a los que sus papás les explican, les razonan todo, y luego hacen lo que les da la gana, poniendo en riesgo sus vidas, en jaque a toda la familia, a la policía del condado, al F. B. I. y al Capitolio si hace falta, con sus "inocentes" travesuras. Cuando yo era niño, mi padre me daba unos azotes en el culo. Pero ahora los chavales dan ruedas de prensa.
Y hablando de gente joven, esas películas de adolescentes rubios, pecosos y rubias más pintadas que puertas y que van a unos colegios con césped por todas partes pero donde a los personajes no se les ve estudiar nada. Eso sí, se entrenan a muchas cosas: ballet, esgrima, natación y ponen caras angelicales ante sus padres (rubios y pelirrojos, como ellos), pero no se les ve estudiando trigonometría ni pasando apuntes a limpio, por poner un ejemplo. Claro que para la vida moderna, les viene mejor aprender la anatomía de los demás en sus guateques. Los chicos se pelean como machos cabríos por una hembra y las chicas se atacan (después de cruzarse frases venenosas de serpientes pitones) con idéntica furia. Creo que a eso lo llaman "igualdad de sexos".
A veces, los americanos realizan superproducciones de romanos que subliminalmente se parecen en su estructura al imperio americano. Será que yo soy malpensado.
Últimamente han mejorado mucho las películas de allí. Recuerdo aquellas en Technicolor y Cinemascope donde una protagonista rubia, con cinturita de avispa, perfectamente maquillada y peinada, recibía lánguidamente el beso apasionado del vaquero sin afeitar en pleno desierto de Arizona, mientras se escuchaba de fondo a la orquesta sinfónica de Boston, segundos antes de poner FIN en letras rojas en medio de la pantalla. Poco creíbles. Ahora se puede reproducir digitalmente la antigua Babilonia sin salir de los estudios y ya no se besan al final. El o la protagonista se asoman a una ventana donde se ve Chicago de noche o son abrigados con una manta por un apuesto policía que los ha salvado de una angustiosa carrera por inagotables pasillos y terrazas, perseguidos por un asesino en serie.
Las escenas eróticas son mucho más finas que en el cine español, donde se enseña todo por anverso y reverso, de los protagonistas. No. Allí, de las actrices enseñan casi todo generosamente, pero de ellos casi nada púdicamente. En todo caso, mientras hacen el amor, la sábana se desliza en el cuerpo masculino hasta donde la espalda pierde su casto nombre. Así no se escandalizan ni siquiera los republicanos. Yo creo que las películas de Almodóvar les gustan tanto porque no han comprendido nada de lo que tratan. Tampoco me explico por qué si las versiones originales no contienen tacos, en el doblaje español no paran de decir "el puto coche", la "puta botella" y cosas así.
Aparte, claro, de que los cigarrillos de Humphrey Bogart, Gary Cooper y de muchos otros, han sido sustituidos por el chicle, que, ya se sabe, es más sano.
Y en ese plan.

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