SAMARKANDA

SAMARKANDA
Bienvenido al karavansar. No por casualidad he llamado así a mi blog, puesto que en alguna lengua de Oriente se llama de este modo a la posada, la pensión, la fonda, donde descansar antes de seguir el camino. Decir que la vida es un tránsito no es descubrir América (que también se hizo en un tránsito, pero por mar), pues ya muchos autores lo expresaron. Pero sí quiero señalar la provisionalidad, el azar, la hospitalidad, el descanso, la cercanía que produce "pasar" por un sitio desconocido a algo más seguro, que es el fin del viaje. Desde Jorge Manrique hasta Antonio Machado se ha plasmado la imagen del hombre como viajero. Y este blog pretende que nos encontremos, "ligeros de equipaje", en esta parada y fonda virtual, que no virtuosa. Hasta pronto.

miércoles, 17 de junio de 2015

ENRIQUE GALLUD JARDIEL: NIETO DEL ABUELO



“Hay en mis venas gotas de sangre jacobina…”, dice Machado en un conocido poema. Y esta fue la idea que me vino a la mente nada más conocer a Enrique Gallud Jardiel. Hay en sus venas gotas de sangre jardielesca. En sus venas navegan glóbulos rojos del abuelo, glóbulos blancos de otros antepasados del periodismo, de la pintura, artistas, de lecturas devoradas, pero igualmente plaquetas adquiridas en la India… y, sobre todo, ese plasma inquieto, superviviente en una república de las letras españolas que van camino del Calvario cargando la cruz de un IVA injusto y disparatado. Por esa misma calle de la Amargura (hoy de la Constitución) circula Enrique, luchando tozudamente, con libros (más de cincuenta títulos a su medio siglo de vida), con ordenador por escudo y bolígrafo por lanza, como un don Quijote sin Mancha.
La obra El discurso insoportable y otros cuentos de humor, Ed. Sial Pigmalión, me ha transportado a una estirpe de autores que arrancan bajo el paraguas de Ramón Gómez de la Serna quien señalaba: "el humorista vive entre la contradicción de los opuestos, con una misión que ha de hermanar colores dispares" (Gómez de la Serna, Automoribundia), deslumbrados por La deshumanización del arte, de Ortega y Gasset, dispuestos a crear un humor moderno, a la manera que ya se estaba construyendo en Europa desde las vanguardias (Bontempelli en Italia, creador del término “realismo mágico”, y amigo de Pirandello, el de Así es, si así os parece). Cambiar lo cómico por el humor. El sainete, por la alta comedia donde el humor camina con las muletas de la poesía y el ensueño. Pero, ¿qué es el humor? Y aquí me vienen al recuerdo frases dichas como al azar por Miguel Mihura, con aquella aparente indiferencia con que él decía todo. El humor es una pluma en el sombrero. O sea, el humor es un adorno, algo innecesario en una vida pragmática pero fundamental para convertir la vida cotidiana en una vida en un hilo (Neville dixit). El humor, decía Mihura, es salirnos de nosotros mismos, dar una vuelta rodeándonos y ver que las cosas pueden ser de otra manera. Y este es el quid de la cuestión. Que el azar, el destino, la extravagancia, el mundo sin fronteras, nos invita a levantarnos de nuestra mecedora, a salir de nuestra mesa camilla y ver que las cosas pueden o podían haber sido de otro modo. Cuando estudié el teatro de José López Rubio, otro amigo y compañero inseparable de Jardiel, me di cuenta de que existe un diafragma invisible pero existente entre la realidad diaria y la ilusión. Y el humorista juega a dos bandos, a dos cartas, a esta orilla y a la otra (La otra orilla, tituló una de sus comedias más conocidas). Y de esa actitud nacieron revistas imperecederas, como La Codorniz y comedias insuperables como las de Jardiel Poncela. Y novelas magníficas y relatos breves, también, de Jardiel Poncela. Ese diafragma, en ocasiones, parte la frase, como en esa comedia de Mihura donde un militar responde a la pregunta de su oficio que sí, que es militar “pero poco”. (Entre paréntesis, es un recurso que usa, a veces, el propio Gallud; “Estuvimos en Roma, donde vimos el circo, los leones y un funambulista”, frase que encierra los dos elementos que vengo apuntando, lo inverosímil de ver leones hoy día en el circo romano y la ruptura de la frase introduciendo a un funambulista). El quiebro, a veces, lo da al final de la narración. Efecto muy propio del microrrelato, género hoy día de moda, que tiene las limitaciones propias de un soneto. Gallud nos lleva de la mano por un camino de cuento, como a Caperucita, hasta el último renglón donde, mediante una voltereta, se convierte en un sorpresivo pero inocente lobo.
El humor de Gallud Jardiel no precisa adjetivos. Y menos aún, el del prefijo “mal”, ese malhumor que tanto caracteriza a los españoles, inclinados a la burla, a la sátira, a la escatología, a la comicidad más zafia, especialmente en nuestros días. Lo que hoy llaman humor en cadenas televisivas es solamente una cadena de chistes a cual más mostrenco y vulgar. Ese subgénero busca la carcajada fácil. Es una comicidad “de vientre” y cuanto más bajo el vientre, más risa. ¿Alguien se imagina a Mingote dibujando viñetas soeces? El humor verdadero, que es el buscado por nuestro autor en el presente libro, y reivindicado desde el prólogo donde enumera los sucedáneos que encontramos por ahí, provoca la sonrisa, rara vez la carcajada, porque va dirigido al cerebro. Es como una descarga eléctrica. En una palabra, cumple el lema tan famoso de LA CODORNIZ, que se proclamaba “la revista más audaz para el lector más inteligente”. El humor auténtico es optimista, benevolente, cree en el ser humano. No es amargo, indulta a los culpables, anima a los desesperados, tolera a los disidentes, disculpa los errores, cree en el error de los habitantes de este minúsculo planeta. Hasta las brujas son buenas. Y en esa línea se sitúan estos pedacitos de vidas inverosímiles que nos entrega Gallud Jardiel. El humor del verdadero humorista, además, es culto. Se necesita un bagaje de lecturas para traer a cuento (nunca mejor dicho) nombres, citas, fechas, pintores, libros, ciudades…, aunque sólo sea para retorcerlos como instrumento: la Historia, el Arte, el Derecho, la retórica y hasta la Química, pueden aportar elementos que, convenientemente usados, salpican de sal y pimienta el relato. Y en este sentido, Enrique Gallud posee un notable bagaje.
Yo invito, desde ahora, a que Enrique Gallud Jardiel haga lo contrario al mago del cuento “Tijeras y palabras”: que no borre nada, que siga creando textos, que siga poniendo su espejo deformado ante nosotros, que somos dobles seres, con las gafas del humorismo, porque como escribió Baudelaire, en Lo cómico y la caricatura: “ [los humoristas son] hombres que tienen la profesión de desarrollar en ellos el sentimiento de lo cómico y de sacarlo de sí mismos para diversión de sus semejantes, fenómeno que entra en la clase de todos los fenómenos artísticos que denotan en el ser humano la existencia de una dualidad permanente, la facultad de ser a la vez uno y otro”. Os animo a leer este libro, en una noche de primavera sin sueño y tú, Enrique: sigue sacando a luz historias, porque usted tiene ojos de observador cabal.

(Presentación del libro en el Café Libertad 8, de Madrid, junto con Luis Alberto de Cuenca y el editor y el autor del libro)

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