SAMARKANDA

SAMARKANDA
Bienvenido al karavansar. No por casualidad he llamado así a mi blog, puesto que en alguna lengua de Oriente se llama de este modo a la posada, la pensión, la fonda, donde descansar antes de seguir el camino. Decir que la vida es un tránsito no es descubrir América (que también se hizo en un tránsito, pero por mar), pues ya muchos autores lo expresaron. Pero sí quiero señalar la provisionalidad, el azar, la hospitalidad, el descanso, la cercanía que produce "pasar" por un sitio desconocido a algo más seguro, que es el fin del viaje. Desde Jorge Manrique hasta Antonio Machado se ha plasmado la imagen del hombre como viajero. Y este blog pretende que nos encontremos, "ligeros de equipaje", en esta parada y fonda virtual, que no virtuosa. Hasta pronto.

jueves, 21 de septiembre de 2017

EL FANTASMA DE SAN FELIPE SE MANIFIESTA



“Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”, escribió Dámaso Alonso en famoso poema. Madrid es una ciudad de más de cien cadáveres artísticos destruidos, afirmo yo. Por no ir muy lejos, obras del arquitecto Miguel Fisac han desaparecido sin más. La capital es una metáfora de las Españas, continuamente haciéndose y deshaciéndose con tenacidad ibérica. Un cadáver arquitectónico que ha permanecido apareciéndose como el fantasma de Hamlet es el del convento de San Felipe el Real.
Un monumento que fue buque insignia de la monarquía y la política, las ciencias, las letras y las artes, del encuentro y labor social para los madrileños, cayó por la picota de esa historia escrita a trompicones, de ida y vuelta tal que el telar de Penélope. Aunque existe numerosa bibliografía sobre el edificio que lo ha mantenido “vivo” como un fantasma, carecíamos de un libro monográfico que ahora sale publicado por Benito Mediavilla, en la Editorial Agustiniana (2017), con el título de EL CONVENTO DE SAN FELIPE EL REAL DE MADRID, volumen que colmará las expectativas de historiadores, arquitectos y público interesado.


San Felipe el Real fue un convento de religiosos agustinos situado en la Puerta del Sol, al inicio de la calle Mayor. Su existencia (1547-1836) se mantuvo “viva” salvo durante la invasión francesa (1808-1814) y, en alguna medida, durante el trienio liberal (1820-1823). De su vitalidad dio cuenta Mesonero Romanos: “Las Gradas de San Felipe, reunión de noticieros y gente desocupada, como ahora la Puerta del Sol, juegan un papel muy importante en las novelas de Quevedo, Vélez de Guevara, Zabaleta, Francisco Santos, José Pellicer, don Diego de Torres y demás escritores de costumbres de los siglos XVII y XVIII” o en autores del XX (Gómez de la Serna, Pedro de Répide, Pérez Reverte en su famoso ALATRISTE…)”. 
Porque la lonja y gradas que rodeaban el edificio en las calles Mayor y Esparteros fueron muy populares y han pasado al recuerdo colectivo de la ciudad como “mentidero de la Villa”, donde se propagaban noticias, rumores y hasta calumnias, siempre llenas de gente, bien para acudir a los oficios religiosos bien hombres sin trabajo, soldados repatriados, pícaros buscones, ociosos a la caza de noticias y rumores, holgazanes, petimetres, beatas, histriones…  Era el balcón del “todo Madrid”, más aún porque las más de treinta covachuelas construidas en el desnivel con la calle eran tiendas de lo más variopinto: juguetes y chucherías infantiles, calzas y hasta cilicios y disciplinas. Yo hubiera dado cualquier cosa por conocer los chismes generados por el escabroso asesinato del Conde de Villamediana (tan amigo de Góngora),
sucedido a escasos metros del edificio y reflejado por Manuel Castellano en un célebre cuadro conservado hoy en el Museo de Historia de Madrid. También los oficios religiosos: misas, novenas, procesiones, funerales… contaban con numeroso público, a veces encabezado por los propios Reyes y aristócratas, dada la fama de sus predicadores. La comunidad llegó a contar con poco más de cien religiosos, muchos de ellos muy bien preparados, aparte de otros transeúntes que se alojaban al venir a la Corte para gestionar asuntos desde toda España y de las provincias de ultramar. 
Por estar edificado en pleno centro de la capital, carecía de huerta y ello fue causa de adquirir algunas fincas rurales no lejos de Madrid para la provisión de aceite, trigo, vino, etc., donde trabajaban algunos religiosos allí desplazados con operarios contratados. “Esta es una de las mejores pruebas –afirma Mediavilla-, de cómo en los conventos no existía lo que tan cacareadamente se ha llamado las manos muertas de las órdenes religiosas y que fue también una de las disculpas para la desamortización de las mismas” (p. 238). Dichas posesiones fueron vendiéndose para paliar los muchos gastos del convento.


Madrid había pasado de contar unos 20.000 habitantes en la primera mitad del XVI, mayoritariamente agricultores y artesanos, a unos 100.000 a finales de la misma centuria, con motivo de elegirla Felipe II como capital del reino (1561) y el aumento de la población burocrática y cortesana. 
Nuevos edificios, entre ellos, algunos conventos que se añadieron a los nueve existentes. Los agustinos contaban entre sus miembros a algunos religiosos que venían siendo confesores y predicadores de los reyes y de la familia real. Ya tenían el convento de Chinchón y el de Alcalá de Henares pero pareció interesante tener otro en una capital que aumentaba en población y en importancia incluso a nivel europeo. En las gestiones para un nuevo convento participó Santo Tomás de Villanueva, lo cual aprovechó el ayuntamiento para conceder la licencia si este fraile iba a residir permanente o transitoriamente en él. La elección de Fray Tomás como arzobispo de Valencia anuló dicha condición, aunque le sucedió en las gestiones San Alonso de Orozco, quien ya gozaba de tanta fama como el otro en sus virtudes y oratoria. El arzobispo de Toledo, en cambio, negó y resistió para dar el permiso.  Tuvieron que intervenir el propio príncipe Felipe y toda la familia real para que, al fin lo diese. Los agustinos, en agradecimiento dieron el nombre de San Felipe al convento y al que luego se le añadió el adjetivo Real por el apoyo y donaciones que dio a la institución.


La construcción de todo el edificio, sencillo y sobrio de cuatro plantas y buhardillas, en una línea semejante al escurialense, se prolongó más de medio siglo por escasez de recursos económicos. En la iglesia no se escatimaron calidades y artistas, entre ellas la rareza de nueve estatuas en madera de Pompeyo Leoni, lienzos, objetos e imágenes (de las cuales hoy sólo sobrevive la escultura de Nuestra Señora de Consolación, de Pascual de Mena, en la parroquia de Valdeluz). 
El complejo de San Felipe abarcaba celdas, claustros, refectorio, cocina, sala capitular, botica, tahona, almacenes, pajares, caballerizas, locales comerciales en el exterior, etc. La biblioteca personal del P. Flórez ocupó varios locales llenos de libros, documentos, monedas, etc. Precisamente el claustro, de granito cárdeno, con veintiocho arcos en el piso bajo (donde se pintaron veinticuatro frescos sobre la vida de San Agustín y que hoy se guardan en depósitos del museo del Prado), era uno de los mejores de Madrid. En el patio principal se instaló una bellísima fuente que, después, fue trasladada a la plaza de Santa Ana y cuyo paradero se desconoce. El espléndido zócalo de azulejos con escenas historiadas, alrededor de todo el claustro, fue desvalijado.

En 1718 se propagó un incendio que destruyó la iglesia. Y volvió a reconstruirse en el plazo de siete años gracias a las donaciones de personas, cofradías (allí tenían su sede veintiocho de ellas), conventos agustinianos y los propios frailes de su peculio. Entre las cofradías cabe mencionar la de Ntra. Sra. De la Asunción, transformada más tarde en Ilustre Colegio de Abogados de Madrid. O la de Santo Tomás de Villanueva, creada por manchegos.  En el interior del templo fueron sepultados algunos religiosos y nobles: Magallanes, Aragón, Osuna, Mendoza, Altamira… y una dama de honor de la reina María Estuardo.


La comunidad agustiniana tuvo como fin primordial el estudio, por eso San Felipe fue un centro de investigación y sabiduría como no existía otro en la capital y, en algunos aspectos, en toda España por la cantidad y calidad de muchos religiosos. Si en el siglo XVII abundaron historiadores, predicadores, confesores reales, en el XVIII, varios formaban parte de las Sociedades Económicas del País, que contaban con los mayores ilustrados de su tiempo. Fray Diego Tadeo González, creador de la llamada Escuela Salmantina de poetas donde también destacó fray Juan Fernández de Rojas, autor de la CROTALOGÍA O CIENCIA DE LAS CASTAÑUELAS y al que retrató Goya… Pero si hubiera de destacar un nombre sobre todos, sería el del P. Enrique Flórez, historiador, traductor, geógrafo,

numismático, paleógrafo, arqueólogo, etc., quien inició la magna obra ESPAÑA SAGRADA. Viajero por todo el país en busca de documentos que recogió en veintisiete volúmenes de los cincuenta y seis que llegaría a alcanzar hasta el siglo XX. La Orden agustina se encargó de preparar a jóvenes que siguieran sus pasos para dar continuidad a esa obra: Manuel Risco, Antolín Merino, José de la Canal, quien llegó a ser Director de la Real Academia de la Historia y testigo de la rapiña de las tropas napoleónicas. El P. Flórez es una figura de la historiografía española, así reconocido por el P. Feijóo, Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal y muchos más. Bastaría echar un vistazo a cualquier enciclopedia virtual para conocer la importancia de esta colosal figura.


En este sentido, si el fuego había devastado la iglesia, la invasión napoleónica significó la destrucción del gabinete de historia natural, de muchísimos manuscritos, lápidas, monedas, relieves, cuadros, destrozos por todas partes mientras el templo servía de cuadra para los caballos. El ejército francés, por orden de José I, expulsó a los novicios, invitó a los religiosos a abandonar la vida religiosa e impuso la reducción de conventos. Concretamente, en Madrid se suprimieron veinticinco de los treinta y siete existentes. Al decretar la supresión de las órdenes religiosas se dio carta blanca al saqueo y muchos cuadros acabaron subastados o en museos de Francia y de España. En total, más de 1500 cuadros de dieciocho conventos, ochenta de ellos de San Felipe.  Los religiosos fueron ahuyentados o asesinados y se dio al traste con aquel florecimiento científico y literario. Al regreso de Fernando VII se intentó volver y reparar lo destruido, incluso se juró la Constitución de 1812. Pero un nuevo mazazo aguardaba. El trienio liberal dictó diez leyes que asfixiaron los conventos (enajenación de fincas, expulsión de los jesuitas, supresión de conventos, apropiación de edificios por parte del Estado, etc.)

Exclaustración es la salida voluntaria o forzosa de religiosos que viven en un convento. Desamortización es la usurpación de bienes propios de un convento u Orden religiosa. “Ahora bien –declara Mediavilla-, si el Estado persigue apoderarse de los bienes materiales, principalmente de fincas rústicas o urbanas con el fin de recaudar fondos para ajustar sus cuentas, no era necesaria la exclaustración. Luego de donde se deduce que, además de la usurpación de estos bienes materiales, se escondía también otra intencionalidad menos manifiesta, es decir, el anticlericalismo” (p. 318).
Juan Álvarez Mendizábal, de origen comerciante y posiblemente judío, entendía la política como negocio (no para sí mismo pues murió en la pobreza) y vendió muy bien la imagen de la desamortización.   El procedimiento fue de subasta de propiedades en grandes bloques con lo que fueron a parar a manos de la aristocracia y de especuladores. Los pobres no saldrían de su pobreza. Saltándose el derecho a la propiedad privada, lo que era “de manos muertas” pasó, como suele suceder, a “manos ricas”. Expulsados los religiosos, incautados sus bienes, robados sus bienes artísticos, se procedió a subastar unos edificios y al derribo de otros, entre ellos San Felipe, a pesar de la opinión en contra de la Academia de San Fernando, de varias instituciones y de intelectuales. 
Su demolición sirvió para perder un patio y claustro únicos, ensanchar la calle y vender toda la finca a un precio mucho más bajo de su valor. Fue adquirida por Santiago Alonso Cordero, concejal del ayuntamiento madrileño, quien edificó un inmenso bloque de viviendas. Sin comentario. Hoy día, en la planta baja del edificio, bajo arcos que formaron parte de un convento tan señero en la Historia, se encuentran instaladas máquinas tragaperras y electrónicas. Todo un símbolo.


El libro de Mediavilla es mucho más que una historia. Es una reconstrucción virtual en toda regla, gracias a la colaboración del arquitecto José Mª Moreno García al confeccionar planos y documentos gráficos que han dado realismo al texto. También es un recordatorio. Cien años después de aquella puntilla que se dio a los conventos más ilustres de la capital, restaurados algunos, levantados otros nuevos, volvería la furia hispana a partir de 1931 en forma de república y de guerra civil. Pero esto ya sería motivo de otro libro.

martes, 1 de agosto de 2017

RAGAZZI



Me inicié en el amor a Italia con el cine: aquellas películas primeras en blanco y negro con Sofía Loren, Marcello Mastroiani, Alberto Sordi, Claudia Cardinale, Vittorio Gassman, Giulietta Masina, Mónica Vitti, Silvana Mangano y tantos otros que me fascinaban compartiendo sus pasiones, sus celos, sus conflictos familiares, su sentido social, su valor guerrero, su hedonismo, sus películas de romanos y hasta encarnando mitos greco latinos. En mis oídos aún resuenan las tarantelas,  las bandas sonoras y aquella escena de Sofía Loren en La chica del río bailando un mambo que hacía hervir las hormonas de los jóvenes espectadores.  Luego comencé a distinguir a los directores: De Sica, Rossellini, Antonioni, Visconti, Pasolini, Fellini, Scola, Risi, Zeffirelli, Bertolucci, Benigni… pero también se grabaron en mi memoria películas de firmas no italianas que se desarrollaban en este país: Vacaciones en Roma, La primavera romana de la señora Stone, Una habitación con vistas… por mencionar solo tres.

   La literatura italiana también ha llenado mis horas de lectura: desde Dante, Boccaccio y Guido Cavalcanti hasta Alessandro Baricco, muchos autores de teatro aplaudidos: Pirandello, Ugo Betti, Diego Fabri, De Filippo, Dario Fo, etc.
   Pero varias cosas me llamaban la atención en el cine: sus “mammas” siempre respetadas y obedecidas, sus niños pícaros, sus adolescentes y jóvenes inquietos, vivaces, enamoradizos y apasionados, amantes de la vida y sus placeres que aprendieron más en los billares, gimnasios, tugurios y cafetines que en las escuelas, muchos de ellos emigrantes desde un pueblo siciliano o calabrés.
Esos muchachos de belleza tosca, asequibles a cualquier propuesta que Pasolini y Visconti tanto conocieron. El mío fue un amor constante al séptimo arte cuando Paulino, el maquinista de mi pueblo, me regalaba trozos de celuloide, casi como vimos en Cinema Paradiso. Y, finalmente las motos Vespa. ¿Quién no recuerda a la “princesa” Audrey Hepburn, abrazada a la cintura de Gregory Peck, recorriendo de incógnito las calles de Roma sobre una de ellas?

   La Vespa parece perseguirme. Cuando en el invierno pasado visité la exposición de fotos de María José Valle, con una serie espléndida sobre la Toscana, me hechizó una calle con una Vespa roja aparcada. Y no me resisto a incluirla con el permiso de su autora. Este año, durante la Feria del Libro, una amiga versada en “lo último” me aconsejó Vidas erráticas, de Gianni Celati, autor muy conocido y premiado en Italia pero desconocido para mí. Su nacionalidad y la portada donde unas bellas muchachas aparecen cada una en su moto Vespa, me animó y lo compré.


   La obra se compone de tres narraciones breves cuyos protagonistas están entrelazados, a la manera que Visconti trató a Rocco y sus hermanos en inolvidable película. Si aquí son hermanos de sangre, en el libro de Celati pertenecen a la misma pandilla juvenil, incluido el narrador, quien, en primera persona, realiza un ejercicio de memoria, a veces difusa, para evocar a personajes y sucesos: “Ahora que está viniendo a la memoria”, “Luego vienen sus amigos, entre ellos el que suscribe”, “Conozco la historia de Zoffi de cabo a rabo”, “Pero me viene a las mientes”, “Me parece que también era un poco cojo, pero no puedo asegurarlo”… Dicho narrador se convierte en notario y guía del recorrido literario tal que en Amarcord (“Yo me acuerdo”), la bellísima película oscarizada de Fellini. Celati nos lleva de la mano por barrios, arrabales, casas, familias... No una, como vimos en la obra de Ettore Scola, titulada precisamente La familia (1987), sino varias más o menos relacionadas con los protagonistas.


   Durante la lectura nos vamos familiarizando con el esmirriado y distraído Pucci, sin aplicarse en los estudios como le aconseja su madre (viuda arrogante, rubia altanera de faldas ceñidas y  generoso escote) fracasado en sus intentos de conquistar a la hija del ingeniero Veratti. Su amigo el gordo y tosco Bordignoni, aprendiz de mecánico y obsesionado en lograr una mujer de carnes prietas aunque nunca tuvo suerte con las mujeres. Adelmo Zoffi, el muchacho serio, hipersensible y pesimista, filósofo de vocación, al frente del estanco que cae sobre sus hombros tras la muerte del padre y a quien su prima, la fresca Urania, casada, no logra seducir en el último momento, a pesar de que él la ama con locura. Descubrimos al experto tahúr Scagliarini asistente a la escuela tras una noche de timbas.  Conocemos a Malaguti, el bello joven que rentabiliza su atractivo en tratos con un viejo adinerado pero que también es capaz de defender en público ideas renovadoras de la novela. Otros personajes terminan siéndonos familiares: el campesino Musetto, el profesor Amos, bebedor itinerante de los bares, ex boxeadores, camaradas del partido. Tritone, el novelista reputadísimo, prolífico autor de novelas históricas, de figura física imponente, quien, no obstante, se sentía tímido y acobardado frente a su madre. Siempre las mammas. Tritone vive un enredo con la joven Rosana, quien, a su vez, bebe los vientos por el profesor Luciani. Ella servirá de modelo desnuda a Frangipane, pintor falsario que estafa vendiendo cuadros suyos como obras de un pintor que había vivido en París.


   Nos llegan a ser familiares los espacios: la escuela, los domicilios, las avenidas de la ronda donde algunas mujeres hacen la calle, todo el deteriorado barrio Carroze, muy diferente al próspero barrio Comboni, con abundantes villas en una de las cuales vive el abogado Annoiati, el cine (¡cómo no!) en cuyo gallinero los chavales disfrutan películas junto con hombres adultos en busca de chicos a los que seducir en los lavabos; los reservados del  Café Nacional, con sus estucos y dorados, donde la pandilla discute a veces sobre temas más o menos profundos con el profesor Amos, el estanco de Zoffi donde acuden a charlotear de fútbol y política “los viejos del barrio y cuyos ojos no dudaban lo más mínimo en posarse sobre el trasero de la señora Juno, que ella, al pasar, meneaba vigorosamente, como haciéndoles una caridad a los jubilados”; el Círculo de Cultura, la Academia del Billar, sitio ideal para tipos patibularios y tantos otros que, en las magras 129 páginas nos acercan a esa ciudad provinciana, quizá trasunto de Ferrara.
   Vidas erráticas consiste en una serie de ejercicios narrativos (así lo confiesa su autor al final), un tríptico que obtuvo en 2006 uno de los premios más importantes de Italia: el Viareggio. Y no sorprende. Es un hermoso ejemplo de taller de la memoria acerca de personajes que acuden al reclamo del narrador como fantasmas del ayer: “Me gustaría saber dónde han ido a parar todos ellos, y si hemos existido de verdad, si es ésta realmente la vida. O bien es todo un error, sólo destellos, escalofríos, no se sabe”.