SAMARKANDA

SAMARKANDA
Bienvenido al karavansar. No por casualidad he llamado así a mi blog, puesto que en alguna lengua de Oriente se llama de este modo a la posada, la pensión, la fonda, donde descansar antes de seguir el camino. Decir que la vida es un tránsito no es descubrir América (que también se hizo en un tránsito, pero por mar), pues ya muchos autores lo expresaron. Pero sí quiero señalar la provisionalidad, el azar, la hospitalidad, el descanso, la cercanía que produce "pasar" por un sitio desconocido a algo más seguro, que es el fin del viaje. Desde Jorge Manrique hasta Antonio Machado se ha plasmado la imagen del hombre como viajero. Y este blog pretende que nos encontremos, "ligeros de equipaje", en esta parada y fonda virtual, que no virtuosa. Hasta pronto.

jueves, 24 de noviembre de 2022

LA POESÍA DE MIGUEL CARLOS VIDAL

 Desde que Jorge Manrique introdujera el concepto del tiempo (“gran destructor” lo llamará siglos después Marguerite Yourcenar) puede afirmarse sin exagerar que, de una u otra forma, ha estado tan presente en la poesía española como el tema de la muerte o el del amor. “Tempus fugit”, dijo el clásico, y de ello se derivan actitudes diversas, desde el “carpe diem” hasta la visión más fúnebre del paso de los años:

   “Ayer se fue; mañana no ha llegado;

hoy se está yendo sin parar un punto:

soy un fue, y un será, y un es cansado.

 

   En el hoy y mañana y ayer, junto

pañales y mortaja, y he quedado

presentes sucesiones de difunto.”

   Esto leemos en el célebre soneto de Quevedo.

   Y habremos de llegar hasta Antonio Machado para que nos defina la poesía como “palabra esencial en el tiempo”.

   En abril de 2020, la Librería Follas Novas, de Santiago de Compostela, publicó Poesía (1956-2018), de Miguel Carlos Vidal, gran patriarca de la lírica gallega. Ya con el libro en las manos, advertimos la ausencia de prólogo, epílogo, notas en las solapas de la portada pues a un poemario le basta con su contenido. Salvo uno de los poemas, todos ellos ocupan una sola página impar. Son como fotografías de un álbum cuyo dorso aparece en blanco. Un libro verdaderamente minimalista, humilde, como la flor del tojo que adorna la portada. 



   Una primera lectura rápida nos descubre la presencia constante del tiempo, expresada en una inmensa variedad de sustantivos, adjetivos, verbos y adverbios (“¿o todavía ahora no es después?”). Sin embargo, este conjunto de poemas no nos revela a un Vidal senequista que busca una coartada moral en el devenir de su existencia. Tampoco una lamentación o un consuelo. Para ello, el poeta tiene que descubrirse a sí mismo. (Yo invito al lector a una trampa: ir a la página 145, la última del libro. Allí, agazapada en una nota a pie de página, está la frase clave sobre el “muy largo e inocente intento de encontrarme a mí mismo”). Y es esa búsqueda del yo lo que caracteriza sus poemas. Unos poemas que son fotografías, estampas, una anagnórisis aplicada a sí mismo, a través de los espacios, los objetos, los días. No es una poesía fácil porque el autor ofrece diferentes perspectivas, comentarios y señales que es preciso desmontar. Todo ello con cautela porque el poeta, desde sus paréntesis, sus pausas, sus saltos, sus omisiones, nos vigila y sonríe con benevolencia. 

   Yo resumiría la impresión que me causa este libro tergiversando la frase de Antonio Machado con otro sentido. Miguel Carlos Vidal nos apunta que el “tiempo es poesía esencial en la palabra.


   Nota: La fotografía que ilustra este comentario corresponde a la cena del día 4 de diciembre de 2021, fecha de la boda de su hija Carla. Fue una conversación que me deslumbró, descubriéndome  a un pensador más que a un poeta, un hombre con más de noventa años y una cabeza lucidísima a la hora de opinar sobre toda la literatura española. Fue una velada inolvidable. Gracias, maestro.

lunes, 14 de noviembre de 2022

UN CUADERNO PARA NAVEGAR POR LOS MITOS



He tenido la suerte de leer este libro en el lugar más apropiado: Sicilia. La mayor isla del Mediterráneo, a la cual los griegos llamaron Magna Grecia -no sin razón-, está bien provista de ruinas (acrópolis, templos, teatros), que evocan aquella cultura milenaria. Y si no bastara con todo ello, también los museos y palacios del lugar brindan lienzos, esculturas y tapices con motivos mitológicos. 



   En cuanto a los textos, el libro lo componen cuatro poemas largos: “La reina Eisa Dido”, “El sueño de Alejandro”, “Pigmalión y Galatea” y “Ulises”, precedidos de un poema introductorio, “Audentes fortuna iuvat”, formado por cinco poemas breves con los temas del valor, la constancia, la fama, la posteridad como asuntos que el poeta expone dirigidos a un “tú” impersonal, válido para el lector o para sí mismo. Se trata de un frontispicio, a manera de introito y aviso a navegantes. 



   El autor ha elegido a cuatro personajes que ejercen fascinación sobre él, cuatro figuras a caballo entre el mito, la leyenda y la historia, cuyas fronteras se confunden.

   Si un personaje resulta atractivo, es el de la princesa fenicia Elisa (más conocida como Dido), quien huye de su país, navega por el Mediterráneo, vive notables peripecias en diferentes puertos y países, y llega a fundar nada menos que una ciudad y un reino en la actual Túnez: Cartago. Mujer decidida, emprendedora, valiente, astuta. Según nuestro autor, no debemos dar crédito a historiadores y poetas romanos que le atribuyen, interesadamente, un romance con Eneas. Hasta aquí, la hermosa leyenda de Dido. 





   En el segundo poema pasamos del mito a la historia, pero también con la fundación de una ciudad: Alejandría de Egipto, creada en el siglo IV a. C., por parte de Alejandro Magno. Una ciudad que llegó a tener la más alta torre que iluminara a los barcos, alzada en la isla de Faros (y de la cual tomó su nombre), sino también por su famosa biblioteca, que alumbró la sabiduría de Europa, hasta que fue quemada por fanáticos. Si bien la vida de Alejandro está suficientemente divulgada en biografías, novelas, películas, etc., está bien traído aquí porque introduce el tema del sueño de tanto valor mítico (que no escapa al autor del prólogo), pero también por la secreta admiración de Basilio (escritor, editor y bibliófilo) hacia el rey macedonio. Por algo, su hijo mayor se llama Alejandro. 



   La búsqueda de la belleza ideal está representada en la leyenda de Pigmalión, quien toma el níveo marfil y esculpe la estatua de la mujer físicamente perfecta. Insatisfecho porque se trata de una obra inanimada, consigue de Afrodita que le insufle vida. Pigmalión se ha convertido de mito en héroe que ha sobrevivido como símbolo del amor que todo lo puede. Galatea es la obra de Pigmalión. Es su creador y su pedagogo, en línea de lo que escribió Pedro Salinas: “Quiero sacar de ti/ tu mejor tú”. La figura del mecenas y protector generoso la hemos visto, después, inspirando el Pigmalión, de Bernard Shaw o la película Candilejas, de Charles Chaplin.

   ¿Quién no se ha sentido fascinado por la figura de Ulises, el protagonista de la Odisea, uno de los escasos supervivientes de la guerra de Troya? El viaje de su regreso a Ítaca, la patria que abandonó veinte años antes, tan lleno de peripecias increíbles, ha llenado páginas de libros, pinturas, películas, canciones y hasta series de televisión. Héroe astuto, brillante, versátil, no podía faltar en este libro. La evocación de su figura termina con el hermoso texto “Contera” donde diseña la figura de Ulises (Odiseo) y como él representa “la vida como una aventura total […] con la única certeza de que solo somos la dulce verdad de un engaño”. 



   Este libro de Basilio Rodríguez se coloca en la poesía épica, más que en la lírica, pues sus versos son narrativos. Mientras lo leía en la playa de Mondello, frente a ese Mediterráneo tan azul como transitado por héroes, aventureros y villanos, me vino a la memoria las pocas veces que alcancé en mi infancia a ver cómo llegaba un forastero a la plaza del pueblo, desplegaba un cartelón de hule con viñetas impresas y él iba recitando la historia de amores trágicos, niños abandonados, crímenes horrendos. Eran los descendientes del bululú clásico y el precedente del actual cuentacuentos. Basilio Rodríguez se coloca en esa tesitura pedagógica y nos cuenta esas leyendas subrayando cada página con una imagen del tema, como si nos las indicara con un puntero. Son más de setenta ilustraciones que lo convierten en un libro muy visual: desde mosaicos romanos a pintores del XVIII y del XIX o imágenes del cine. No será exagerado afirmar que el libro está editado con un gusto y un cuidado exquisitos. 



   Finalmente, quiero referirme a los dos textos que abren y cierran Cuaderno Mediterráneo: uno es el prólogo del hispanista tunecino (catedrático y escritor) Ridha Mami, quien conoce a la perfección nuestra literatura. Es una pieza documentada que apunta a aspectos esenciales del libro, como es la importancia de los sueños y el frecuente suicidio del héroe mítico. El epílogo de Nery Santos Gómez, también escritora, destila cariño y conocimiento de la materia y del autor. Felicidades a ambos por ofrecer un marco tan adecuado al libro.

Basilio Rodríguez, que ha cruzado este Mediterráneo “del uno al otro confín”, como el pirata de su paisano extremeño José de Espronceda,  se convierte en rapsoda  y pone a disposición del lector una mitología visual que le hará ir corriendo a buscar en las fuentes de esos mitos. 

miércoles, 9 de noviembre de 2022

LA FAMA

 Uno de los títulos musicales más recordados de la televisión y del cine para la juventud de los 80 es Fama. Primero fue película, dirigida por Alan Parker, ganadora de cuatro premios Oscar, tres BAFTA, tres Globos de Oro y un Grammy. Su mundial éxito animó a continuar el tema con una serie del mismo título y numerosos conciertos de sus intérpretes en todos los continentes. La versión última del producto fue el musical estrenado en Broadway en los años noventa. 



   Aparte de sus méritos artísticos, técnicos y musicales, esta obra mostraba el camino de la fama por parte de un grupo de jóvenes que aspiraban a ser artistas formándose duramente en la Escuela de Arte de Nueva York: danza, canto, literatura, interpretación. Pero, también, Fama mostraba sus orígenes familiares, sus sacrificios, sus ilusiones y sus frustraciones. La fama ansiada llegaría, si llegaba, como resultado de un trabajo continuado, de una entrega sin condiciones para un futuro incierto. 



   La Fama, como consecuencia de la celebridad ha sido conocida desde los tiempos más remotos. Incluso tiene su propia deidad en las mitologías griega y romana. La diosa Feme era la encargada de propagar los hechos o los rumores de los humanos, sin importar si eran ciertos o no, si eran positivos o negativos. Se la representaba con alas y una trompeta anunciadora. Los dioses la temían pues parece que el Olimpo también estaba lleno de cotilleos.

   Naturalmente, la fama podía ser buena o mala, dependiendo de la opinión de los demás, ya que en esta última se apoya esa corona de laurel o de espinas que puede llegar a ceñir una persona por sus éxitos o por sus delitos.



   Con la aparición del cine, de la música en discos, de las cadenas de televisión y, recientemente, con las redes sociales la consecución de la fama ha pasado de ser una consecuencia a ser un fin. No pocos jóvenes de hoy en día, con el efímero patrimonio de su belleza física o sus lazos familiares o sus encuentros eróticos con una celebridad (torero, cantante, futbolista…), buscan una fama inmediata, ya sea en la música, el cine, la televisión o las pasarelas. Una fama que les dé dinero, obviamente. Y entran en un remolino del que les costará salir si es que, al cabo de muy pocos años, la vida no los ha destrozado y sustituido por otros nuevos cuerpos más jóvenes y osados. No importan los trapos sucios de familia o de parejas que se puedan airear. Lo importante será aparecer en los platós, en los eventos de la noche haciendo posados y sintiéndose felices en el fondo de que los persigan fotógrafos y reporteros.



   Hasta aquí todo normal si consideramos que cada cual puede hacer con su vida y con su cuerpo lo que le parezca. El problema surge cuando en los medios vemos que triunfan jóvenes sin preparación que, de la noche a la mañana, alcanzan notoriedad por lo anteriormente dicho. Y la comparación o el contraste nos viene de inmediato con los cientos y miles de jóvenes que estudian para ser abogados, economistas, jueces, médicos, arquitectos… con un futuro cada día más tenebroso. Ahí tenemos investigadores jóvenes y no tan jóvenes (auténtico cimiento de una sociedad desarrollada) que perciben becas magras y utilizan instrumentos y medios insuficientes. El desconsuelo no puede ser mayor. 



   La sociedad tiene que reaccionar si no queremos una juventud de pasarela que no tiene nada que decir y menos aún que aportar. Tenemos la obligación de apoyar a nuestros jóvenes científicos, artistas, trabajadores cualificados para que la auténtica fama -aunque sea la local-, sea la consecución de unas vidas fructíferas en sus proyectos.

   Tenemos que volver al concepto más clásico de la fama, aquel que significaba el delta de una vida donde se acumulan realidades positivas. Y la imagen del río nos trae el recuerdo de las Coplas de Jorge Manrique, quien tras enumerar los triunfos de su padre como persona y como militar, termina su largo poema con los versos: “nos dejó harto consuelo/su memoria”.

domingo, 5 de junio de 2022

UNA PAELLA PARA CHARLIE CHAPLIN

 

La incorporación del sonido sincronizado con la imagen, cuyo primer estreno reconocido fue la película El cantor de jazz (Nueva York, 1927), significó un terremoto en la industria cinematográfica mundial. No era un milagro sino el final de muchos intentos que se venían realizando tanto en Europa como en América desde finales del siglo XIX. En 1923 se había estrenado, en Nueva York, Concha Piquer, una película con la cantante española recitando y cantando en español y en portugués. (Hora sería de resaltar el papel de los españoles en todo ese mundo creativo, como fue el protagonismo de los hermanos Elisa y Eduardo Cansino, bailarines españoles, tía y padre de la que luego sería estrella mundial Rita Hayworth, en el primer corto sonoro de la historia (Fiesta, 1927). 



Concha Piquer, en el documental de su nombre 1923

   A nivel artístico, las empresas productoras se encontraban con una papeleta, aparte de resolver problemas técnicos: ya no bastaba que los actores fueran guapos ni que hicieran aspavientos. Ya no eran necesarios los rótulos de sus frases a pie de la escena con el texto en diversos idiomas para tantos países. Ni siquiera se necesitaba el pianista que acompañara la proyección en la sala. ¿Cómo sonarían las voces de los idolatrados Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, Fatty Arbuckle, (quien se hundió él solito a consecuencia de un escándalo), de la pareja Laurel y Hardy, Douglas Fairbanks, Rodolfo Valentino, Ramón Novarro, de las hermosas Greta Garbo, Mabel Normand, Bebe Daniels, Pola Negri, Gloria Swanson, Marion Davies, Mary Pickford y todo un larguísimo etcétera?


De izquierda a derecha: Eduardo Ugarte, Stan Lauesl, Oliver Hardy, José López Rubio y Edgar Neville (1930)

   Muchas estrellas se apagaron del firmamento porque su voz no correspondía a su físico, su forma de actuar tampoco se adaptaba a la nueva contención gestual. Otras, sobrevivieron a las exigencias del cine sonoro. Habrá que recordar Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses, 1950), donde Billy Wilder reflejaría como nadie el declive de una estrella, Gloria Swanson haciendo de sí misma. Posteriormente realizó Fedora (1978), intento frustrado de volver al mismo asunto.

   Pero con el cine sonoro, surgía otro problema: ¿cómo mantener el mercado mundial de habla no inglesa si las voces que se escuchaban en las películas eran en inglés? En ese mercado, figuraba el hispano en primerísimo lugar, ya que se trataba de conservar a millones de espectadores. Algunas productoras de Hollywood (entre ellas, United Artist, Metro Goldwyn Mayer y Fox), idearon una solución: volver a rodar ciertas películas habladas en inglés, una vez traducidos y adaptados los guiones a otros idiomas, aprovechando los decorados y el vestuario, pero con actores contratados de otros países. Y la delantera la tomaron los mexicanos, enchufados por el bello Ramón Novarro. De este modo se podían ver películas ambientadas en Andalucía, en las que los personajes hablaban con el mismo acento de “Cantinflas”.

 

Montaje fotográfico donde Edgar Neville finge sostener a Douglas Fairbanks sobre sus hombros.


   Hasta que llegó el madrileño Edgar Neville, se metió a todo el mundo en un bolsillo y pronto consiguió contratos para sus amigos. Así llegaron, tirando unos de otros como cerezas, López Rubio, Eduardo Ugarte, Antonio de Lara y Jardiel Poncela. No obstante, algunos intérpretes españoles ya se habían abierto camino en la Meca del Cine: Antonio Moreno, María Alba, José Crespo, entre otros.


En primer término, José López Rubio como guionista en la versión española de Mary Dugan (1930), su primera colaboración en MGM.

   Las copias filmadas en lenguas vernáculas se convirtieron, a la larga, en un grave inconveniente por la cantidad de departamentos, los contratos de traductores y guionistas, generosamente pagados, se multiplicaron hasta hacer insostenible la situación y los estudios fueron cerrando los departamentos extranjeros.

   De la bibliografía sobre este asunto, yo destacaría dos títulos: Cita en Hollywood (Bilbao 1990), de Juan B. Heinink y Robert G. Dickinson, estudio y catálogo de los españoles allí, y el ameno ¡Nos vamos a Hollywood!, de Jesús García de Dueñas (Madrid 1993), listado alfabético con sabrosos comentarios.




   Pero temo haberme ido por los cerros de Hollywood. Y vuelvo al tema que nos ocupa.

   Alfonso Vázquez ya había demostrado su agudo sentido del humor en Teoría del majarón malagueño (2007), su imaginación al crear un país africano (Livingstone nunca llegó a Donga (2011) y su talento para usar a personajes históricos como muñecos de guiñol. Inolvidables su Crimen on the rocks (2014) y El fantasma de Azaña se aparece en chaqué (2019) deliciosas narraciones ambientadas en San Roque, peñón ficticio que España tiene en Gran Bretaña, contrapunto paródico de nuestro Gibraltar.


Alfonso Vázquez y un servidor de ustedes en la Feria del Libro (2022), el día en que firmó ejemplares de esta novela


   En Una paella para Charlie Chaplin (2022), toma como asunto al grupo de autores que fueron contratados a Hollywood para trasladar películas americanas de éxito a versiones españolas: Edgar Neville, José López Rubio, Enrique Jardiel Poncela, Antonio de Lara (“Tono”) y Luis Buñuel. Miguel Mihura no llegó a ir por estar aquejado de una dolencia en la cadera, pero sí aparece como personaje madrileño en la novela, y Eduardo Ugarte, que no es mencionado en el libro. Otros muchos personajes encontramos en la novela (Charles Chaplin, Albert Einstein, Louis B. Mayer, los hermanos Marx, el “Gordo y el Flaco”, Alfred Hitchcock, Greta Garbo, Clark Gable, Marlene Dietrich, Buster Keaton, Cary Grant…) hasta componer un elenco de más de cincuenta personajes. Me permito añadir al título de la novela una anécdota poco conocida pero que referí en otras publicaciones: Antonio de Lara (“Tono”) cocinó una tarta para Chaplin como obsequio para su cumpleaños. En la parte superior elaboró una caricatura tan exacta de “Charlot” que Chaplin lo animó a que dibujara el cartel de Luces de la ciudad, su película recién acabada. Pero Tono, con su habitual indolencia, no llegó a hacerla. Se habría hecho millonario.



   La novela se estructura en cuarenta escenas de diversa longitud, en forma de secuencias cinematográficas. O más bien, de álbum de fotos en blanco y negro, con todo el contraste y el “glamour” de aquellos tiempos, con situaciones reales o inventadas pero verosímiles, con diálogos y peripecias hilarantes.

   Así, las alusiones a la Ley Seca, la creación del logotipo del león de la Metro Goldwyn Mayer, la proclamación de la república española, la introducción del cuplé La violetera, del maestro Padilla, en la película Luces de la ciudad, de Chaplin, las reuniones en San Simeón, la megamansión propiedad del multimillonario William Hearst, donde se mezclaban “el gótico, el románico y el renacimiento europeo en un inculto y millonario caos”.



Uno de los salones de la mansión San Simeón, propiedad de William Hearst.

   Alfonso Vázquez ya ha adquirido suficientes recursos estilísticos para usarlos con soltura, a veces poéticos (“vestido de encaje que las olas dejaban en la arena”), comparaciones históricas y artísticas (“un camarero de inmaculado negro Habsburgo”, “levantó el índice como un pantocrátor”, “tumbonas que no habrían desentonado en el senado romano”, “los estudios de la Paramount, hortera reproducción de un palacio del Quatrocentto”,  “una tortilla de patatas con cebolla del tamaño del disco solar azteca”, “Mayer separó en dos sus cejas con la misma eficacia que Moisés las aguas”… ). Con sutileza, el autor coloca a algunos personajes en situaciones que serán desarrolladas, después, en películas firmadas por ellos. Es el caso de Alfred Hitchcock y cuya explicación se cumple en la página 272.



   La novela, no lo olvidemos, es de humor. Por tanto, la hipérbole y la caricatura están muy presentes en metáforas y comparaciones, muchas de ellas con animales. El duque de Alba tiene “perfil equino”, “Neville sonrió como Alía Babá ante la cueva”, “la nariz arponera de Jardiel”, “Joan Crawford, sensual actriz con ojos de vaca”, “Hitchcock acompañó el pésame con una mueca de muñeca pepona”, Groucho “parecía un afinador de pianos”, “los ojos de quelonio de Luis Buñuel”, Hearst pone “ojos de ciervo sumiso”, etc. Pero el humor de Vázquez no es corrosivo, como el esperpento de Valle-Inclán, sino en la línea del humor que cultivaron Jardiel, Antonio de Lara y Mihura en “el otro grupo del 27” y, más tarde, La Codorniz, Mingote y Álvaro de laiglesia.

   Si se despoja el libro de la deliciosa cubierta dibujada por José Mª Gallego, la portada y la contraportada lucen fotos de varios protagonistas.





   Una buena novela es la que comienza atrapando al lector y termina dejándole buen sabor de boca por un cierre cierre cumplido. El último renglón y medio de Una paella para Charlie Chaplin cumple las dos condiciones pero su final no puede ser más brillante, como el de un soneto. Chapeau!

 

                                        José Mª Torrijos

Gracias por la dedicatoria impresa, Alfonso. Me siento como un personaje más de la novela.

lunes, 30 de mayo de 2022

RODRÍGUEZ LLAMOSÍ: UN JUEZ QUE SE PARECE A ULISES

La lectura de este libro se parece a un viaje marítimo, acompañando a un juez que navega por mares procelosos, como Ulises en su regreso a Ítaca. “La figura de Ulises errante, solitario, bien pudiera simbolizar el peregrinar del juez en su lucha diaria con la conciencia buscando la decisión correcta, la decisión justa” (p.  284). Lo leo en Casos difíciles de conciencia judicial, Madrid 2020 (Ed. Dykinson), cuyo autor es Juan Ramón Rodríguez Llamosí.



   El libro  es fruto de treinta años de experiencia como juez, pero igualmente, de reflexión y de amplísimas lecturas. No de un juez cualquiera, sino de un magistrado que es Decano de los Juzgados de Alcorcón y lleva a sus espaldas una amplísima formación humanística, literaria y, sobre todo, una muy responsable labor judicial, que ha sido reconocida con varios premios y medallas. La propia edición de esta obra lo confirma. Además, durante treinta años ha publicado libros, artículos en revistas especializadas y participado en diversos foros. Pero estas páginas son las más personales de toda su bibliografía porque desnuda su alma como ser humano y como jurista que asumió, con el juramento y la toga, unas responsabilidades jurídicas y morales: ”impartir justicia al mismo tiempo que practicar la misericordia supone dar a la ética y al amor un puesto preeminente en  la fundamentación última de la justicia”, afirma Manuel Suances Marcos, catedrático de Filosofía, en el Prólogo Ético. Una justicia sin misericordia se convierte en crueldad pues no hay ley superior al amor. Más aún, el autor eleva la belleza de la justicia al mismo nivel que la bondad. Los trascendentales del ser han sido durante siglos el unum, verum, bonum, aunque desde Platón hasta Umberto Eco, pasando por Nietzche y Maritain, el pulchrum (lo bello) sea añadido o considerado sinónimo del bonum. En los casos más complejos, el autor ha buscado la belleza de la armonía entre todas las partes y entre todas las soluciones legales posibles. 



   En las casi trecientas páginas del libro se recogen muchos casos de los que preocupan actualmente a la sociedad: aborto, crimen, divorcio, eutanasia, acoso sexual en el trabajo, secreto de confesión, enfermedades mentales, bienestar de los menores, drogadicción, medio ambiente, suicidio, trasplantes (con una casuística variadísima de supuestos), indultos, homicidio involuntario, los problemas del jurado (en cuyo apartado cita la obra de André Gide, uno de mis autores preferidos), contagios del SIDA, fratricidio infantil, etc. Son catorce casos donde el autor nos muestra las vísceras de unos hechos reales, cambiando nombres para salvaguardar la identidad de sus protagonistas. Algunos de esos casos ponen los pelos de punta porque muestran qué es capaz de cometer el ser humano cuando la maldad o la perturbación se adueñan de su espíritu. Y podemos ver cómo funciona la justicia a la hora de aplicar sus sentencias, así como el modo de armonizar o coincidir la conciencia judicial y la conciencia moral de una persona: el juez que tiene que dictar una sentencia.

   La lectura de esos casos se comprende mucho mejor gracias a dos textos previos de Rodríguez Llamosí: la Presentación y “El juramento y la conciencia”. Este último título ocupa 60 páginas muy oportunas, esclarecedoras y brillantes porque son el andamio que sustenta todo el relato posterior.

   “Al juez le corresponde escarbar en medio de la maraña de mentiras que se declaran en un juicio para poder buscar esa verdad, tan necesaria para poder construir un razonamiento jurídico, y tan difícil de hallar a pesar de las serias advertencias que se hace a los testigos, a los peritos y a las partes de la obligación que tienen de decir verdad bajo pena de cárcel.” (p. 171)




   Extraordinarias descripciones de los personajes y de las situaciones. Por poner un ejemplo, el caso titulado “Mirando al mar soñé”: el lector visualiza el encausado, comprende su situación y la del propio juez, quien confiesa “se pueden encontrar hechos idénticos, pero no personas que lo sean. En un delito, es preciso investigar el hecho, pero hay que comprender al inculpado, y para ello hay que conocerlo y tratar de ponerse en su lugar. El juez tiene que ser muchas veces un psicólogo. Aplicar las leyes es una función judicial, es cierto, pero cada vez que un juez las aplica lo hace con individuos diferentes”. La intensidad de sucesos y de sentimientos que provocan en el autor le lleva a lograr felices imágenes literarias: “Era finales de otoño. La carretera estaba alfombrada de hojas secas que se levantaban a mi paso con el coche”. Este “caso 14, el último del libro, es enormemente conmovedor, bellísimo a pesar de la tragedia. Y todo ello se consigue cuando, además de autor técnico, además de vivir intensamente cada una de las experiencias como juez, se posee una gran soltura de estilo.

Si tuviera que definir las sensaciones que me ha producido la lectura de estas doscientas ochenta y siete páginas, diría que están reunidas en uno de los mejores libros que he tenido en mis manos en estos últimos años de pandemias, reclusión, despedidas, ausencias y reflexiones personales.

miércoles, 4 de mayo de 2022

LA "MATER ADMIRABILIS" DE JAIME ALEJANDRE

En la narrativa debemos distinguir al escritor, que es quien firma la obra y aparece en su portada, y al narrador, que es quien cuenta la historia. El narrador es la figura ficticia y vicaria a quien el autor encomienda la tarea de narrar, describir, reproducir escenas y diálogos. Puede ser un narrador omnisciente (que sabe todo de todos los personajes en el pasado, en el presente y hasta en su futuro) y omnipresente (puede estar en varios sitios a la vez por muy lejos que se encuentren los personajes). Esta clase de narrador es la más habitual en la novela hasta el siglo XX. 



   Una de las formas novelescas es la primera persona de un narrador que suele ser (aunque no siempre), el protagonista de la historia contada. Puede ser en forma de carta (Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar), de relato dirigido a otra persona (La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela), de diario (El diario de la duquesa, de Robin Chapman), una obra híbrida con elementos de unas memorias, diario personal, monólogo, prosa poética… (Mortal y rosa, de Francisco Umbral) o un narrador de sexo diferente al autor (La torre vigía, de Ana Mª Matute o Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes)). De este modo, la figura del narrador se desdobla: uno es quien escribe la obra y otro es quien deposita el texto en las manos del autor.

   Este último caso es el elegido por Jaime Alejandre en su obra Buen viaje, compañero (2018). La obra es el soliloquio de una mujer abandonada con dos hijos a su cargo. Estela y Gabriel. De ella no llegamos a conocer su nombre. Pero sí su personalidad, su calidad de madre amantísima.

   Javier es el padre. Pero él se da de baja en sus papeles de padre y de marido: “Decidió decidir que no podía seguir ascendiendo una montaña sin cima […]  Se marchó de sí mismo hacia un lugar donde el tiempo le quemaría el único soplo vital que da vida a los humanos, la dignidad, ardida para siempre en su cobardía”. Estela es la hermana que sí cuida y acompaña al chico, hasta que sus estudios la llevan a casi dos mil kilómetros. Gabriel es el hijo que nace discapacitado. 



   La primera reflexión de la madre narradora fue contra Dios, que permite el mal en una persona inocente. Al cabo de los años entiende que la vida en general y la de Gabriel en particular, merece la pena, exista o no exista Dios. “El hijo es un relámpago de futuro que nos deslumbra. Por él, por mi hijo, he visto más allá, más adentro, y más lejos, y quizás, ay, eso basta”, había escrito Francisco Umbral en su mencionada novela.

Esta madre escribe sus notas como desahogo y como posible información para sus hijos en el futuro, cuando ella ya no esté presente. No con amargura sino con haber llenado cada minuto incierto de la convivencia con los hijos, específicamente con el chico. 

   Los iniciales aprendizajes del chico para hablar, su lentitud para iniciar una frase, su mano vaga, su renqueante pierna, su pensamiento demorado, la propia aceptación de sí mismo, su valentía al afrontar situaciones injustas como la sucedida en la puerta de una discoteca. Y en paralelo, la angustia materna (que comparte con madres de otros niños en circunstancias similares) de imaginar qué será de ese hijo el día que ella (ellas) falte. Pero mejor aún, al desear que Gabriel se ausente de este mundo antes que ella y se evite la soledad que le aguarda como una sombra pegadiza, insistente. La soledad y el desamparo del enfermo indefenso e incurable, cosas que ha podido ya sufrir por las burlas y malos tratos de sus propios compañeros de clase, el hecho de verse impedido en tantas circunstancias de la vida cotidiana. “Que sea yo quien me quede sola en esta tierra”, escribe. El deterioro progresivo dentro de una mente lúcida como la de Gabriel le hará doblar el sufrimiento. 



   Ella no es una mujer religiosa pero sabe que Gabriel significa “Fuerza de Dios”. Y ese hijo, con su fuerza y su ejemplo, la ha ido tocando en el hombro para enfrentarse a la recta final, aquella en que se descubre que Dios es Amor. Que Él está presente en todas las circunstancias, acciones y sucesos de las personas, lo reconozcan o no. «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él», leemos en la primera epístola del apóstol San Juan. (4, 16)

   El libro es el breve acompañamiento de una “mater admirabilis” y el conocimiento de cómo ella afronta una situación tan compleja.

martes, 26 de abril de 2022

VILLENA LIBERA AL CAUTIVO GRANADINO

 Quiso la malaventura que Pedro Soto de Rojas (1584-1658) naciera en un siglo repleto de planetas literarios (Cervantes, Góngora, Lope, Quevedo, Tirso de Molina…), que, en vez de permitirle brillar como uno de ellos, quedara relegado casi al papel de satélite.  Esta novela biográfica ilumina adecuadamente una figura importante en su época y en el marco de una ciudad que ha sido incontables veces inspiración de artistas. El cautivo de su paraíso (2019), firmado por el escritor Fernando de Villena, vino a abrir de par en par dos jardines: el de la vida de Soto de Rojas y el de la propia ciudad de Granada. Naturalmente, una y otra seguirán siendo paraísos cerrados para muchos, pues la literatura ha sido desterrada de los programas bachilleres y no todos los excelentes poetas granadinos actuales cuentan con la difusión debida. La ciudad de Granada, a pesar del turismo invasor, seguirá siendo eso: un jardín abierto para pocos. 



   La fría y escueta nota biográfica de Wikipedia, sin embargo, aporta dos datos ilustrativos: el interés de la Generación del 27 por Soto de Rojas y los varios trabajos fundamentales de Antonio Gallego Morell, personalidad a cuya memoria está dedicado este libro.

   La obra está escrita en primera persona, con expresa mención al primer pícaro de nuestras letras pues algo tienen en común los dos personajes: el desengaño y el aviso a navegantes, desde el primer párrafo, que se cierra así: “[…] me propongo dar cuenta de todos mis descaminos para que quien lea estas planas no venga a padecer tropiezos semejantes a los míos”. La palabra “desengaño” aparecerá en bastantes páginas y situaciones, por diferentes motivos, como un recordatorio, además de subtitular así el capítulo segundo. También es el sentimiento que impregna toda la obra poética de don Pedro.

   Nacido y educado en familia granadina de cierto abolengo, aunque de recursos limitados, se graduó en Cánones, vivió un amor juvenil y sin futuro con Catalina (la Fénix inspiradora de sus primeras rimas), pues ella contrajo matrimonio con quien él consideraba su mejor amigo. Nueva decepción, que a la larga le llevará a buscar consuelo en la religión, en el apartamiento del mundo y a desconfiar en adelante de “femeniles pechos”, pues “así le sigue al ser mujer mudanza;/ no hay firmeza en mujer, no hay cosa estable”, se desahoga en uno de sus sonetos.



   Participó en Sevilla en las fiestas en honor de la beatificación de San Ignacio de Loyola, donde conoció a Luis de Góngora, al que ya admiraba como el “Píndaro español” y quien le informa de que el camino de la fama poética pasa necesariamente por la Corte. Y a Madrid llega con la esperanza de lograr algún puesto que le sostenga y algo de la fama que pretende. Pero con mal pie comienza su estancia en aquella Babilonia, siendo víctima de un robo. Poco apoco irá conociendo los lugares más importantes o más frecuentados: el mentidero de las gradas de San Felipe el Real, la colación de San Miguel, lols alrededores de Palacio… y abriendo los ojos gracias al encuentro providencial con el jurisconsulto y paisano Francisco Bermúdez de Pedraza, buen conocedor de Madrid, de la política y sus engaños: “no conviene fiar de los ministros porque todos son fáciles en prometer lo que luego no han de cumplir”. Así, irá pasando de un aristócrata a otro, de un escritor al de más allá, hasta llegar a la famosa Academia o tertulia literaria en casa del conde de Saldaña. 



   Allí se encuentra con Góngora, conoce a Lope de Vega, Bartolomé Leonardo de Argensola, Miguel de Cervantes, Luis Vélez de Guevara (con quien vivirá un enfrentamiento que pudo acabar en duelo si no hubiera sido aplacado por Cervantes), etc. Pero en esos salones, los poetas se pelean por obtener favor de alguno de los próceres, y “entre jícaras de chocolate y galletas, entre vasos de vino y encurtidos […] lo que regía casi todas las conversaciones eran los negocios de corte, las solicitudes de prebendas, la lisonja y la maledicencia”. Don Pedro se estrena con una disertación sobe Poética, que es celebrada por muchos de los presentes. Corren por Madrid unas copias, escritas por Góngora, con el título de Soledades. La opinión literaria se divide entre defensores y detractores, de modo que “la poesía castellana se vino a convertir en un divertido palenque”. Entre los primeros, se encuentra nuestro Soto de Rojas. Entre los segundos, el ácido y temido Francisco de Quevedo. Asiste a las funciones teatrales en los corrales de comedias, que describe con todo detalle. Acude a misa diaria, no solo por devoción, sino por ser los templos lugares donde concertar citas y lograr prebendas. Una corrosiva y sustanciosa descripción se hace en la página 60. Quien desee conocer con más amplitud la vida de la Corte, especialmente la mala vida, que no deje de acudir a las obras de José Deleito y Piñuela, un armario lleno de sorpresas. 



   Las albricias le llegan a través del duque de Lerma, a la sazón ministro de Su Majestad, en forma de canonjía en la colegiata granadina del Salvador, lo cual le obliga a ser ordenado sacerdote. Así entra a formar parte de un cabildo con el que tuvo sus más y sus menos a causa de unos canónigos que parecen escapados de La Regenta de Clarín. La vida de nuestro poeta es “un ir y venir continuo de los regocijos a las amarguras”, aunque “más al lado del dolor que al del gozo, más a las sombras que a las galas, más al recogimiento que a las fiestas y comedias”. Como abogado de la chancillería también se encuentra con la arrogancia y grosería de algunos oidores.

   La llegada del conde-duque de Olivares al poder gubernamental le trae un nuevo favor: ser nombrado abogado del Santo Oficio y si no llevaba consigo gran aumento del sueldo, sí el del respeto entre todos sus colegas. Y en el capítulo dedicado a la Inquisición refiere algunos casos sorprendentes de cómo se las gastaba el célebre tribunal, así como el inesperado reencuentro con la anciana esclava Nunona, la negra que entretuvo sus años de niñez y le inició en los secretos del sexo. El azar pone en su camino dos encuentros: sabedor que en una casa paredaña a las que ha comprado en el Albaicín se oculta un cofre de plata con gran valor, la adquiere lo encuentra y lo vende a un genovés que vive de eso. Y una noche en que no puede conciliar el sueño por el ruido de la carcoma en la vieja cama de su padre, un hachazo al cabecero le pone en las manos casi treinta ducados de oro.

 


   El capítulo séptimo describe el Carmen de los Mascarones y su maravilloso jardín que nuestro protagonista y narrador construye con los mejores materiales, distribuido en siete “mansiones”: toda suerte de estatuas alusivas al mundo bíblico y a la mitología. Los azulejos, pinturas, adornos, alberca, fuentes, alternan con un inmenso mundo vegetal hasta convertirlo en un jardín botánico. Es decir, un jardín para el disfrute de su propietario y para los escasos amigos que piensa convidar. En este capítulo deslumbrante, el escritor Villena echa por la ventana toda su sabiduría botánica que no es poca. Si Soto de Rojas se reconoce condenado a morir un día, al igual que su casa y su jardín, confía en que sobreviva su última creación: el libro Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos.



   Quiero detener aquí la descripción del contenido para animar a su lectura, llamando la atención sobre el aspecto literario: dentro de un estilo suficientemente claro para el lector medio, Villena reproduce con maestría el léxico clásico de un escritor que narra su autobiografía sin dejar arrinconado del todo el culteranismo que practicó en sus poemas. La riqueza de vocabulario es inagotable. Pocos libros tan bellamente escritos se han publicado recientemente en España. Es el libro firmado por un autor culto que hace hablar a un poeta culto. Y por volver de nuevo al contenido, es una obra que debería ser de lectura obligada a todo granadino que se precie de serlo, sea estudiante, profesor, ama de casa o dependiente de un mercado. Porque el mundo editorial nos tiene amansados con baratijas en forma de prosas y versos intrascendentes y, ante eso, la inmensa minoría ha de rebelarse.



   Y cierro mis opiniones revelando la causa de mi retraso en redactarlas. Lo leí de un tirón nada más recibirlo, fascinado por ese jardín en el que Villena me invitaba a entrar, tan absorto en el placer de la lectura que apenas tomé alguna nota. Y durante mis diez días de confinamiento por covid-19, volví a sus páginas más reposadamente. Los medicamentos, toses y soledad se me hicieron más llevaderos en mi paraíso cerrado para muchos, jardín abierto de libros para pocos.

 

martes, 15 de marzo de 2022

ASESINATO EN EL CASTILLO

 La narrativa inglesa frecuentemente ha ambientado sus novelas en grandes mansiones de la aristocracia o de la alta burguesía. De esta inclinación no se han librado ni siquiera los autores del género criminal, comenzando por la propia Agatha Christie, matriarca del mundo detectivesco. Pero ni ella ni nadie se atrevió jamás a situar un asesinato dentro del Palacio de Buckingham. En esta aventura se embarca la escritora S. J. Bennett quien elige como escenario no el emblemático edificio londinense sino el castillo-palacio de Windsor, residencia preferida de Isabel II (justo mientras escribo estas líneas, leo que ella se ha retirado a vivir allí). Y no solo eso, sino que entre aquellos muros sucede un primer asesinato -habrá dos más-, durante la estancia de Su Graciosa Majestad, con motivo de las vacaciones de Pascua. El título, pues, remite al escenario del primer crimen y donde se desarrolla gran parte de la novela. Pero también al “nudo Windsor” de la corbata, en el que han de encajar los pliegues de la corbata de un modo simétrico.



   En esas frecuentes estancias, Isabel suele organizar veladas con grupos reducidos de amistades o allegados que llevan consigo pernoctar en la mansión. Este fin de semana participan como invitados: un ex embajador de Rusia, el arzobispo de Canterbury, el caballerizo mayor de la reina, el embajador británico en Moscú, una reconocida arquitecta, un famoso presentador de televisión y un solvente hombre de negocios. Para amenizar la velada, es contratado un joven y agraciado pianista y dos bailarinas de danza clásica. El músico, de nombre Maksim Brodsky, es de nacionalidad rusa y fascina al auditorio por su virtuosismo y su encanto personal. Incluso la reina acepta bailar una pieza con él. 



   El conflicto arranca cuando al día siguiente de su actuación, el pianista aparece desnudo y ahorcado en su aposento, con apariencias de suicidio. Sorpresa y consternación general: lacayos, sirvientas, doncellas, ayudas de cámara… hasta la propia reina queda perpleja no sin ordenar que se localice a la familia del joven para enviar sus condolencias.

   Inmediatamente, las fuerzas de seguridad se ponen a la investigación, procurando que el crimen no salga en la prensa, justo en vísperas de la visita del presidente Obama al Reino Unido. Pero también por su parte, la reina comienza a tomar cartas en el asunto, emprendiendo una investigación paralela y personal sin contar con nadie más que con Rozie, secretaria adjunta de su gabinete. Rozie, de origen nigeriano, ha mostrado ya su eficacia, discreción y lealtad a ella. Hasta llegará a poner en peligro su vida durante las investigaciones. Como Isabel no puede desplazarse a ningún sitio sin llamar la atención, acarreando escoltas y periodistas, esta secretaria será sus pies y sus manos. Todo quedará entre Rozie y ella.



   Desde ese momento, el lector acompaña a la joven por calles londinenses, procurando buscar quiénes conocían o tuvieron contacto con la víctima: desde la arquitecta invitada en Windsor (tuvo un encuentro sexual con el pianista poco antes de su muerte), a las bailarinas que  actuaron con él en la velada o a su compañero de piso, amigos desde el colegio. Tampoco se libran de ser interrogados e investigados los huéspedes de Windsor. Las investigaciones se habrán de remontar hasta los tiempos del colegio. Todo con tal de esclarecer quién y por qué asesino a Maksim. Porque una de las pistas será el asesinato de una compañera de colegio de él.

   Isabel se entrevista en secreto, fuera de Windsor, con Henry Evans, quizá el mejor conocedor de la Rusia postsoviética, y en la conversación van saliendo las muertes sospechosas de rusos, sucedidas en suelo británico. Quedan claras las escasas simpatías por ese personaje siniestro llamado Vladimir Putin.

   La novela se va abriendo a nuevos personajes y nuevas hipótesis hasta encajar las piezas aclarando todo el conflicto a la reina y al lector, mediante una pirueta, un ingrediente que considero algo forzado.

   La historia está contada en tercera persona, a través de un narrador omnisciente, según el canon clásico de este género. No obstante, a veces utiliza el estilo indirecto libre, sobre todo para los personajes más importantes, tales como la reina o Rozie (“una cree que…”, “una tiene que hacer…”)

   Debo confesar que más que las peripecias de las distintas investigaciones acerca de los asesinatos, me han interesado las descripciones del castillo de Windsor y de las ceremonias, reuniones, entrevistas, protocolos. La autora parece conocer muy bien esos ambientes pues ha contado con muy valiosos colaboradores según reza la lista al final del libro, encabezada por sus padres. A ellos les debe muchas anécdotas reales.



   Y donde la novelista alcanza el retrato perfecto es en la protagonista: Isabel II. Su forma de vestir, de actuar, de expresarse y de moverse son extraordinarias en el libro. Hasta el sutilísimo, casi imperceptible, sentido del humor de la soberana. Todo ello sin olvidar las conversaciones de Isabel con su esposo, el príncipe Felipe, tan llenas de verosimilitud.

   La novela acaba con una escena enternecedora, al cumplirse una orden de Isabel II con el cadáver del pianista que amenizó una velada, que la invitó a bailar y que acabó sus días, tan injusta e inesperadamente, en la flor de la edad.

   Su Graciosa Majestad ha sido foco de atención en los medios por su larga vida, sus experiencias políticas, sus acontecimientos familiares. Pero no solo en los noticiarios y documentales sino también en películas y series de televisión: The Queen, The Crown, El discurso del rey, Churchill etc. Esta novela hará las delicias del lector para unas cuantas tardes de verano. God save the Queen.