SAMARKANDA

SAMARKANDA
Bienvenido al karavansar. No por casualidad he llamado así a mi blog, puesto que en alguna lengua de Oriente se llama de este modo a la posada, la pensión, la fonda, donde descansar antes de seguir el camino. Decir que la vida es un tránsito no es descubrir América (que también se hizo en un tránsito, pero por mar), pues ya muchos autores lo expresaron. Pero sí quiero señalar la provisionalidad, el azar, la hospitalidad, el descanso, la cercanía que produce "pasar" por un sitio desconocido a algo más seguro, que es el fin del viaje. Desde Jorge Manrique hasta Antonio Machado se ha plasmado la imagen del hombre como viajero. Y este blog pretende que nos encontremos, "ligeros de equipaje", en esta parada y fonda virtual, que no virtuosa. Hasta pronto.

domingo, 5 de junio de 2022

UNA PAELLA PARA CHARLIE CHAPLIN

 

La incorporación del sonido sincronizado con la imagen, cuyo primer estreno reconocido fue la película El cantor de jazz (Nueva York, 1927), significó un terremoto en la industria cinematográfica mundial. No era un milagro sino el final de muchos intentos que se venían realizando tanto en Europa como en América desde finales del siglo XIX. En 1923 se había estrenado, en Nueva York, Concha Piquer, una película con la cantante española recitando y cantando en español y en portugués. (Hora sería de resaltar el papel de los españoles en todo ese mundo creativo, como fue el protagonismo de los hermanos Elisa y Eduardo Cansino, bailarines españoles, tía y padre de la que luego sería estrella mundial Rita Hayworth, en el primer corto sonoro de la historia (Fiesta, 1927). 



Concha Piquer, en el documental de su nombre 1923

   A nivel artístico, las empresas productoras se encontraban con una papeleta, aparte de resolver problemas técnicos: ya no bastaba que los actores fueran guapos ni que hicieran aspavientos. Ya no eran necesarios los rótulos de sus frases a pie de la escena con el texto en diversos idiomas para tantos países. Ni siquiera se necesitaba el pianista que acompañara la proyección en la sala. ¿Cómo sonarían las voces de los idolatrados Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, Fatty Arbuckle, (quien se hundió él solito a consecuencia de un escándalo), de la pareja Laurel y Hardy, Douglas Fairbanks, Rodolfo Valentino, Ramón Novarro, de las hermosas Greta Garbo, Mabel Normand, Bebe Daniels, Pola Negri, Gloria Swanson, Marion Davies, Mary Pickford y todo un larguísimo etcétera?


De izquierda a derecha: Eduardo Ugarte, Stan Lauesl, Oliver Hardy, José López Rubio y Edgar Neville (1930)

   Muchas estrellas se apagaron del firmamento porque su voz no correspondía a su físico, su forma de actuar tampoco se adaptaba a la nueva contención gestual. Otras, sobrevivieron a las exigencias del cine sonoro. Habrá que recordar Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses, 1950), donde Billy Wilder reflejaría como nadie el declive de una estrella, Gloria Swanson haciendo de sí misma. Posteriormente realizó Fedora (1978), intento frustrado de volver al mismo asunto.

   Pero con el cine sonoro, surgía otro problema: ¿cómo mantener el mercado mundial de habla no inglesa si las voces que se escuchaban en las películas eran en inglés? En ese mercado, figuraba el hispano en primerísimo lugar, ya que se trataba de conservar a millones de espectadores. Algunas productoras de Hollywood (entre ellas, United Artist, Metro Goldwyn Mayer y Fox), idearon una solución: volver a rodar ciertas películas habladas en inglés, una vez traducidos y adaptados los guiones a otros idiomas, aprovechando los decorados y el vestuario, pero con actores contratados de otros países. Y la delantera la tomaron los mexicanos, enchufados por el bello Ramón Novarro. De este modo se podían ver películas ambientadas en Andalucía, en las que los personajes hablaban con el mismo acento de “Cantinflas”.

 

Montaje fotográfico donde Edgar Neville finge sostener a Douglas Fairbanks sobre sus hombros.


   Hasta que llegó el madrileño Edgar Neville, se metió a todo el mundo en un bolsillo y pronto consiguió contratos para sus amigos. Así llegaron, tirando unos de otros como cerezas, López Rubio, Eduardo Ugarte, Antonio de Lara y Jardiel Poncela. No obstante, algunos intérpretes españoles ya se habían abierto camino en la Meca del Cine: Antonio Moreno, María Alba, José Crespo, entre otros.


En primer término, José López Rubio como guionista en la versión española de Mary Dugan (1930), su primera colaboración en MGM.

   Las copias filmadas en lenguas vernáculas se convirtieron, a la larga, en un grave inconveniente por la cantidad de departamentos, los contratos de traductores y guionistas, generosamente pagados, se multiplicaron hasta hacer insostenible la situación y los estudios fueron cerrando los departamentos extranjeros.

   De la bibliografía sobre este asunto, yo destacaría dos títulos: Cita en Hollywood (Bilbao 1990), de Juan B. Heinink y Robert G. Dickinson, estudio y catálogo de los españoles allí, y el ameno ¡Nos vamos a Hollywood!, de Jesús García de Dueñas (Madrid 1993), listado alfabético con sabrosos comentarios.




   Pero temo haberme ido por los cerros de Hollywood. Y vuelvo al tema que nos ocupa.

   Alfonso Vázquez ya había demostrado su agudo sentido del humor en Teoría del majarón malagueño (2007), su imaginación al crear un país africano (Livingstone nunca llegó a Donga (2011) y su talento para usar a personajes históricos como muñecos de guiñol. Inolvidables su Crimen on the rocks (2014) y El fantasma de Azaña se aparece en chaqué (2019) deliciosas narraciones ambientadas en San Roque, peñón ficticio que España tiene en Gran Bretaña, contrapunto paródico de nuestro Gibraltar.


Alfonso Vázquez y un servidor de ustedes en la Feria del Libro (2022), el día en que firmó ejemplares de esta novela


   En Una paella para Charlie Chaplin (2022), toma como asunto al grupo de autores que fueron contratados a Hollywood para trasladar películas americanas de éxito a versiones españolas: Edgar Neville, José López Rubio, Enrique Jardiel Poncela, Antonio de Lara (“Tono”) y Luis Buñuel. Miguel Mihura no llegó a ir por estar aquejado de una dolencia en la cadera, pero sí aparece como personaje madrileño en la novela, y Eduardo Ugarte, que no es mencionado en el libro. Otros muchos personajes encontramos en la novela (Charles Chaplin, Albert Einstein, Louis B. Mayer, los hermanos Marx, el “Gordo y el Flaco”, Alfred Hitchcock, Greta Garbo, Clark Gable, Marlene Dietrich, Buster Keaton, Cary Grant…) hasta componer un elenco de más de cincuenta personajes. Me permito añadir al título de la novela una anécdota poco conocida pero que referí en otras publicaciones: Antonio de Lara (“Tono”) cocinó una tarta para Chaplin como obsequio para su cumpleaños. En la parte superior elaboró una caricatura tan exacta de “Charlot” que Chaplin lo animó a que dibujara el cartel de Luces de la ciudad, su película recién acabada. Pero Tono, con su habitual indolencia, no llegó a hacerla. Se habría hecho millonario.



   La novela se estructura en cuarenta escenas de diversa longitud, en forma de secuencias cinematográficas. O más bien, de álbum de fotos en blanco y negro, con todo el contraste y el “glamour” de aquellos tiempos, con situaciones reales o inventadas pero verosímiles, con diálogos y peripecias hilarantes.

   Así, las alusiones a la Ley Seca, la creación del logotipo del león de la Metro Goldwyn Mayer, la proclamación de la república española, la introducción del cuplé La violetera, del maestro Padilla, en la película Luces de la ciudad, de Chaplin, las reuniones en San Simeón, la megamansión propiedad del multimillonario William Hearst, donde se mezclaban “el gótico, el románico y el renacimiento europeo en un inculto y millonario caos”.



Uno de los salones de la mansión San Simeón, propiedad de William Hearst.

   Alfonso Vázquez ya ha adquirido suficientes recursos estilísticos para usarlos con soltura, a veces poéticos (“vestido de encaje que las olas dejaban en la arena”), comparaciones históricas y artísticas (“un camarero de inmaculado negro Habsburgo”, “levantó el índice como un pantocrátor”, “tumbonas que no habrían desentonado en el senado romano”, “los estudios de la Paramount, hortera reproducción de un palacio del Quatrocentto”,  “una tortilla de patatas con cebolla del tamaño del disco solar azteca”, “Mayer separó en dos sus cejas con la misma eficacia que Moisés las aguas”… ). Con sutileza, el autor coloca a algunos personajes en situaciones que serán desarrolladas, después, en películas firmadas por ellos. Es el caso de Alfred Hitchcock y cuya explicación se cumple en la página 272.



   La novela, no lo olvidemos, es de humor. Por tanto, la hipérbole y la caricatura están muy presentes en metáforas y comparaciones, muchas de ellas con animales. El duque de Alba tiene “perfil equino”, “Neville sonrió como Alía Babá ante la cueva”, “la nariz arponera de Jardiel”, “Joan Crawford, sensual actriz con ojos de vaca”, “Hitchcock acompañó el pésame con una mueca de muñeca pepona”, Groucho “parecía un afinador de pianos”, “los ojos de quelonio de Luis Buñuel”, Hearst pone “ojos de ciervo sumiso”, etc. Pero el humor de Vázquez no es corrosivo, como el esperpento de Valle-Inclán, sino en la línea del humor que cultivaron Jardiel, Antonio de Lara y Mihura en “el otro grupo del 27” y, más tarde, La Codorniz, Mingote y Álvaro de laiglesia.

   Si se despoja el libro de la deliciosa cubierta dibujada por José Mª Gallego, la portada y la contraportada lucen fotos de varios protagonistas.





   Una buena novela es la que comienza atrapando al lector y termina dejándole buen sabor de boca por un cierre cierre cumplido. El último renglón y medio de Una paella para Charlie Chaplin cumple las dos condiciones pero su final no puede ser más brillante, como el de un soneto. Chapeau!

 

                                        José Mª Torrijos

Gracias por la dedicatoria impresa, Alfonso. Me siento como un personaje más de la novela.

lunes, 30 de mayo de 2022

RODRÍGUEZ LLAMOSÍ: UN JUEZ QUE SE PARECE A ULISES

La lectura de este libro se parece a un viaje marítimo, acompañando a un juez que navega por mares procelosos, como Ulises en su regreso a Ítaca. “La figura de Ulises errante, solitario, bien pudiera simbolizar el peregrinar del juez en su lucha diaria con la conciencia buscando la decisión correcta, la decisión justa” (p.  284). Lo leo en Casos difíciles de conciencia judicial, Madrid 2020 (Ed. Dykinson), cuyo autor es Juan Ramón Rodríguez Llamosí.



   El libro  es fruto de treinta años de experiencia como juez, pero igualmente, de reflexión y de amplísimas lecturas. No de un juez cualquiera, sino de un magistrado que es Decano de los Juzgados de Alcorcón y lleva a sus espaldas una amplísima formación humanística, literaria y, sobre todo, una muy responsable labor judicial, que ha sido reconocida con varios premios y medallas. La propia edición de esta obra lo confirma. Además, durante treinta años ha publicado libros, artículos en revistas especializadas y participado en diversos foros. Pero estas páginas son las más personales de toda su bibliografía porque desnuda su alma como ser humano y como jurista que asumió, con el juramento y la toga, unas responsabilidades jurídicas y morales: ”impartir justicia al mismo tiempo que practicar la misericordia supone dar a la ética y al amor un puesto preeminente en  la fundamentación última de la justicia”, afirma Manuel Suances Marcos, catedrático de Filosofía, en el Prólogo Ético. Una justicia sin misericordia se convierte en crueldad pues no hay ley superior al amor. Más aún, el autor eleva la belleza de la justicia al mismo nivel que la bondad. Los trascendentales del ser han sido durante siglos el unum, verum, bonum, aunque desde Platón hasta Umberto Eco, pasando por Nietzche y Maritain, el pulchrum (lo bello) sea añadido o considerado sinónimo del bonum. En los casos más complejos, el autor ha buscado la belleza de la armonía entre todas las partes y entre todas las soluciones legales posibles. 



   En las casi trecientas páginas del libro se recogen muchos casos de los que preocupan actualmente a la sociedad: aborto, crimen, divorcio, eutanasia, acoso sexual en el trabajo, secreto de confesión, enfermedades mentales, bienestar de los menores, drogadicción, medio ambiente, suicidio, trasplantes (con una casuística variadísima de supuestos), indultos, homicidio involuntario, los problemas del jurado (en cuyo apartado cita la obra de André Gide, uno de mis autores preferidos), contagios del SIDA, fratricidio infantil, etc. Son catorce casos donde el autor nos muestra las vísceras de unos hechos reales, cambiando nombres para salvaguardar la identidad de sus protagonistas. Algunos de esos casos ponen los pelos de punta porque muestran qué es capaz de cometer el ser humano cuando la maldad o la perturbación se adueñan de su espíritu. Y podemos ver cómo funciona la justicia a la hora de aplicar sus sentencias, así como el modo de armonizar o coincidir la conciencia judicial y la conciencia moral de una persona: el juez que tiene que dictar una sentencia.

   La lectura de esos casos se comprende mucho mejor gracias a dos textos previos de Rodríguez Llamosí: la Presentación y “El juramento y la conciencia”. Este último título ocupa 60 páginas muy oportunas, esclarecedoras y brillantes porque son el andamio que sustenta todo el relato posterior.

   “Al juez le corresponde escarbar en medio de la maraña de mentiras que se declaran en un juicio para poder buscar esa verdad, tan necesaria para poder construir un razonamiento jurídico, y tan difícil de hallar a pesar de las serias advertencias que se hace a los testigos, a los peritos y a las partes de la obligación que tienen de decir verdad bajo pena de cárcel.” (p. 171)




   Extraordinarias descripciones de los personajes y de las situaciones. Por poner un ejemplo, el caso titulado “Mirando al mar soñé”: el lector visualiza el encausado, comprende su situación y la del propio juez, quien confiesa “se pueden encontrar hechos idénticos, pero no personas que lo sean. En un delito, es preciso investigar el hecho, pero hay que comprender al inculpado, y para ello hay que conocerlo y tratar de ponerse en su lugar. El juez tiene que ser muchas veces un psicólogo. Aplicar las leyes es una función judicial, es cierto, pero cada vez que un juez las aplica lo hace con individuos diferentes”. La intensidad de sucesos y de sentimientos que provocan en el autor le lleva a lograr felices imágenes literarias: “Era finales de otoño. La carretera estaba alfombrada de hojas secas que se levantaban a mi paso con el coche”. Este “caso 14, el último del libro, es enormemente conmovedor, bellísimo a pesar de la tragedia. Y todo ello se consigue cuando, además de autor técnico, además de vivir intensamente cada una de las experiencias como juez, se posee una gran soltura de estilo.

Si tuviera que definir las sensaciones que me ha producido la lectura de estas doscientas ochenta y siete páginas, diría que están reunidas en uno de los mejores libros que he tenido en mis manos en estos últimos años de pandemias, reclusión, despedidas, ausencias y reflexiones personales.

miércoles, 4 de mayo de 2022

LA "MATER ADMIRABILIS" DE JAIME ALEJANDRE

En la narrativa debemos distinguir al escritor, que es quien firma la obra y aparece en su portada, y al narrador, que es quien cuenta la historia. El narrador es la figura ficticia y vicaria a quien el autor encomienda la tarea de narrar, describir, reproducir escenas y diálogos. Puede ser un narrador omnisciente (que sabe todo de todos los personajes en el pasado, en el presente y hasta en su futuro) y omnipresente (puede estar en varios sitios a la vez por muy lejos que se encuentren los personajes). Esta clase de narrador es la más habitual en la novela hasta el siglo XX. 



   Una de las formas novelescas es la primera persona de un narrador que suele ser (aunque no siempre), el protagonista de la historia contada. Puede ser en forma de carta (Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar), de relato dirigido a otra persona (La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela), de diario (El diario de la duquesa, de Robin Chapman), una obra híbrida con elementos de unas memorias, diario personal, monólogo, prosa poética… (Mortal y rosa, de Francisco Umbral) o un narrador de sexo diferente al autor (La torre vigía, de Ana Mª Matute o Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes)). De este modo, la figura del narrador se desdobla: uno es quien escribe la obra y otro es quien deposita el texto en las manos del autor.

   Este último caso es el elegido por Jaime Alejandre en su obra Buen viaje, compañero (2018). La obra es el soliloquio de una mujer abandonada con dos hijos a su cargo. Estela y Gabriel. De ella no llegamos a conocer su nombre. Pero sí su personalidad, su calidad de madre amantísima.

   Javier es el padre. Pero él se da de baja en sus papeles de padre y de marido: “Decidió decidir que no podía seguir ascendiendo una montaña sin cima […]  Se marchó de sí mismo hacia un lugar donde el tiempo le quemaría el único soplo vital que da vida a los humanos, la dignidad, ardida para siempre en su cobardía”. Estela es la hermana que sí cuida y acompaña al chico, hasta que sus estudios la llevan a casi dos mil kilómetros. Gabriel es el hijo que nace discapacitado. 



   La primera reflexión de la madre narradora fue contra Dios, que permite el mal en una persona inocente. Al cabo de los años entiende que la vida en general y la de Gabriel en particular, merece la pena, exista o no exista Dios. “El hijo es un relámpago de futuro que nos deslumbra. Por él, por mi hijo, he visto más allá, más adentro, y más lejos, y quizás, ay, eso basta”, había escrito Francisco Umbral en su mencionada novela.

Esta madre escribe sus notas como desahogo y como posible información para sus hijos en el futuro, cuando ella ya no esté presente. No con amargura sino con haber llenado cada minuto incierto de la convivencia con los hijos, específicamente con el chico. 

   Los iniciales aprendizajes del chico para hablar, su lentitud para iniciar una frase, su mano vaga, su renqueante pierna, su pensamiento demorado, la propia aceptación de sí mismo, su valentía al afrontar situaciones injustas como la sucedida en la puerta de una discoteca. Y en paralelo, la angustia materna (que comparte con madres de otros niños en circunstancias similares) de imaginar qué será de ese hijo el día que ella (ellas) falte. Pero mejor aún, al desear que Gabriel se ausente de este mundo antes que ella y se evite la soledad que le aguarda como una sombra pegadiza, insistente. La soledad y el desamparo del enfermo indefenso e incurable, cosas que ha podido ya sufrir por las burlas y malos tratos de sus propios compañeros de clase, el hecho de verse impedido en tantas circunstancias de la vida cotidiana. “Que sea yo quien me quede sola en esta tierra”, escribe. El deterioro progresivo dentro de una mente lúcida como la de Gabriel le hará doblar el sufrimiento. 



   Ella no es una mujer religiosa pero sabe que Gabriel significa “Fuerza de Dios”. Y ese hijo, con su fuerza y su ejemplo, la ha ido tocando en el hombro para enfrentarse a la recta final, aquella en que se descubre que Dios es Amor. Que Él está presente en todas las circunstancias, acciones y sucesos de las personas, lo reconozcan o no. «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él», leemos en la primera epístola del apóstol San Juan. (4, 16)

   El libro es el breve acompañamiento de una “mater admirabilis” y el conocimiento de cómo ella afronta una situación tan compleja.

martes, 26 de abril de 2022

VILLENA LIBERA AL CAUTIVO GRANADINO

 Quiso la malaventura que Pedro Soto de Rojas (1584-1658) naciera en un siglo repleto de planetas literarios (Cervantes, Góngora, Lope, Quevedo, Tirso de Molina…), que, en vez de permitirle brillar como uno de ellos, quedara relegado casi al papel de satélite.  Esta novela biográfica ilumina adecuadamente una figura importante en su época y en el marco de una ciudad que ha sido incontables veces inspiración de artistas. El cautivo de su paraíso (2019), firmado por el escritor Fernando de Villena, vino a abrir de par en par dos jardines: el de la vida de Soto de Rojas y el de la propia ciudad de Granada. Naturalmente, una y otra seguirán siendo paraísos cerrados para muchos, pues la literatura ha sido desterrada de los programas bachilleres y no todos los excelentes poetas granadinos actuales cuentan con la difusión debida. La ciudad de Granada, a pesar del turismo invasor, seguirá siendo eso: un jardín abierto para pocos. 



   La fría y escueta nota biográfica de Wikipedia, sin embargo, aporta dos datos ilustrativos: el interés de la Generación del 27 por Soto de Rojas y los varios trabajos fundamentales de Antonio Gallego Morell, personalidad a cuya memoria está dedicado este libro.

   La obra está escrita en primera persona, con expresa mención al primer pícaro de nuestras letras pues algo tienen en común los dos personajes: el desengaño y el aviso a navegantes, desde el primer párrafo, que se cierra así: “[…] me propongo dar cuenta de todos mis descaminos para que quien lea estas planas no venga a padecer tropiezos semejantes a los míos”. La palabra “desengaño” aparecerá en bastantes páginas y situaciones, por diferentes motivos, como un recordatorio, además de subtitular así el capítulo segundo. También es el sentimiento que impregna toda la obra poética de don Pedro.

   Nacido y educado en familia granadina de cierto abolengo, aunque de recursos limitados, se graduó en Cánones, vivió un amor juvenil y sin futuro con Catalina (la Fénix inspiradora de sus primeras rimas), pues ella contrajo matrimonio con quien él consideraba su mejor amigo. Nueva decepción, que a la larga le llevará a buscar consuelo en la religión, en el apartamiento del mundo y a desconfiar en adelante de “femeniles pechos”, pues “así le sigue al ser mujer mudanza;/ no hay firmeza en mujer, no hay cosa estable”, se desahoga en uno de sus sonetos.



   Participó en Sevilla en las fiestas en honor de la beatificación de San Ignacio de Loyola, donde conoció a Luis de Góngora, al que ya admiraba como el “Píndaro español” y quien le informa de que el camino de la fama poética pasa necesariamente por la Corte. Y a Madrid llega con la esperanza de lograr algún puesto que le sostenga y algo de la fama que pretende. Pero con mal pie comienza su estancia en aquella Babilonia, siendo víctima de un robo. Poco apoco irá conociendo los lugares más importantes o más frecuentados: el mentidero de las gradas de San Felipe el Real, la colación de San Miguel, lols alrededores de Palacio… y abriendo los ojos gracias al encuentro providencial con el jurisconsulto y paisano Francisco Bermúdez de Pedraza, buen conocedor de Madrid, de la política y sus engaños: “no conviene fiar de los ministros porque todos son fáciles en prometer lo que luego no han de cumplir”. Así, irá pasando de un aristócrata a otro, de un escritor al de más allá, hasta llegar a la famosa Academia o tertulia literaria en casa del conde de Saldaña. 



   Allí se encuentra con Góngora, conoce a Lope de Vega, Bartolomé Leonardo de Argensola, Miguel de Cervantes, Luis Vélez de Guevara (con quien vivirá un enfrentamiento que pudo acabar en duelo si no hubiera sido aplacado por Cervantes), etc. Pero en esos salones, los poetas se pelean por obtener favor de alguno de los próceres, y “entre jícaras de chocolate y galletas, entre vasos de vino y encurtidos […] lo que regía casi todas las conversaciones eran los negocios de corte, las solicitudes de prebendas, la lisonja y la maledicencia”. Don Pedro se estrena con una disertación sobe Poética, que es celebrada por muchos de los presentes. Corren por Madrid unas copias, escritas por Góngora, con el título de Soledades. La opinión literaria se divide entre defensores y detractores, de modo que “la poesía castellana se vino a convertir en un divertido palenque”. Entre los primeros, se encuentra nuestro Soto de Rojas. Entre los segundos, el ácido y temido Francisco de Quevedo. Asiste a las funciones teatrales en los corrales de comedias, que describe con todo detalle. Acude a misa diaria, no solo por devoción, sino por ser los templos lugares donde concertar citas y lograr prebendas. Una corrosiva y sustanciosa descripción se hace en la página 60. Quien desee conocer con más amplitud la vida de la Corte, especialmente la mala vida, que no deje de acudir a las obras de José Deleito y Piñuela, un armario lleno de sorpresas. 



   Las albricias le llegan a través del duque de Lerma, a la sazón ministro de Su Majestad, en forma de canonjía en la colegiata granadina del Salvador, lo cual le obliga a ser ordenado sacerdote. Así entra a formar parte de un cabildo con el que tuvo sus más y sus menos a causa de unos canónigos que parecen escapados de La Regenta de Clarín. La vida de nuestro poeta es “un ir y venir continuo de los regocijos a las amarguras”, aunque “más al lado del dolor que al del gozo, más a las sombras que a las galas, más al recogimiento que a las fiestas y comedias”. Como abogado de la chancillería también se encuentra con la arrogancia y grosería de algunos oidores.

   La llegada del conde-duque de Olivares al poder gubernamental le trae un nuevo favor: ser nombrado abogado del Santo Oficio y si no llevaba consigo gran aumento del sueldo, sí el del respeto entre todos sus colegas. Y en el capítulo dedicado a la Inquisición refiere algunos casos sorprendentes de cómo se las gastaba el célebre tribunal, así como el inesperado reencuentro con la anciana esclava Nunona, la negra que entretuvo sus años de niñez y le inició en los secretos del sexo. El azar pone en su camino dos encuentros: sabedor que en una casa paredaña a las que ha comprado en el Albaicín se oculta un cofre de plata con gran valor, la adquiere lo encuentra y lo vende a un genovés que vive de eso. Y una noche en que no puede conciliar el sueño por el ruido de la carcoma en la vieja cama de su padre, un hachazo al cabecero le pone en las manos casi treinta ducados de oro.

 


   El capítulo séptimo describe el Carmen de los Mascarones y su maravilloso jardín que nuestro protagonista y narrador construye con los mejores materiales, distribuido en siete “mansiones”: toda suerte de estatuas alusivas al mundo bíblico y a la mitología. Los azulejos, pinturas, adornos, alberca, fuentes, alternan con un inmenso mundo vegetal hasta convertirlo en un jardín botánico. Es decir, un jardín para el disfrute de su propietario y para los escasos amigos que piensa convidar. En este capítulo deslumbrante, el escritor Villena echa por la ventana toda su sabiduría botánica que no es poca. Si Soto de Rojas se reconoce condenado a morir un día, al igual que su casa y su jardín, confía en que sobreviva su última creación: el libro Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos.



   Quiero detener aquí la descripción del contenido para animar a su lectura, llamando la atención sobre el aspecto literario: dentro de un estilo suficientemente claro para el lector medio, Villena reproduce con maestría el léxico clásico de un escritor que narra su autobiografía sin dejar arrinconado del todo el culteranismo que practicó en sus poemas. La riqueza de vocabulario es inagotable. Pocos libros tan bellamente escritos se han publicado recientemente en España. Es el libro firmado por un autor culto que hace hablar a un poeta culto. Y por volver de nuevo al contenido, es una obra que debería ser de lectura obligada a todo granadino que se precie de serlo, sea estudiante, profesor, ama de casa o dependiente de un mercado. Porque el mundo editorial nos tiene amansados con baratijas en forma de prosas y versos intrascendentes y, ante eso, la inmensa minoría ha de rebelarse.



   Y cierro mis opiniones revelando la causa de mi retraso en redactarlas. Lo leí de un tirón nada más recibirlo, fascinado por ese jardín en el que Villena me invitaba a entrar, tan absorto en el placer de la lectura que apenas tomé alguna nota. Y durante mis diez días de confinamiento por covid-19, volví a sus páginas más reposadamente. Los medicamentos, toses y soledad se me hicieron más llevaderos en mi paraíso cerrado para muchos, jardín abierto de libros para pocos.

 

martes, 15 de marzo de 2022

ASESINATO EN EL CASTILLO

 La narrativa inglesa frecuentemente ha ambientado sus novelas en grandes mansiones de la aristocracia o de la alta burguesía. De esta inclinación no se han librado ni siquiera los autores del género criminal, comenzando por la propia Agatha Christie, matriarca del mundo detectivesco. Pero ni ella ni nadie se atrevió jamás a situar un asesinato dentro del Palacio de Buckingham. En esta aventura se embarca la escritora S. J. Bennett quien elige como escenario no el emblemático edificio londinense sino el castillo-palacio de Windsor, residencia preferida de Isabel II (justo mientras escribo estas líneas, leo que ella se ha retirado a vivir allí). Y no solo eso, sino que entre aquellos muros sucede un primer asesinato -habrá dos más-, durante la estancia de Su Graciosa Majestad, con motivo de las vacaciones de Pascua. El título, pues, remite al escenario del primer crimen y donde se desarrolla gran parte de la novela. Pero también al “nudo Windsor” de la corbata, en el que han de encajar los pliegues de la corbata de un modo simétrico.



   En esas frecuentes estancias, Isabel suele organizar veladas con grupos reducidos de amistades o allegados que llevan consigo pernoctar en la mansión. Este fin de semana participan como invitados: un ex embajador de Rusia, el arzobispo de Canterbury, el caballerizo mayor de la reina, el embajador británico en Moscú, una reconocida arquitecta, un famoso presentador de televisión y un solvente hombre de negocios. Para amenizar la velada, es contratado un joven y agraciado pianista y dos bailarinas de danza clásica. El músico, de nombre Maksim Brodsky, es de nacionalidad rusa y fascina al auditorio por su virtuosismo y su encanto personal. Incluso la reina acepta bailar una pieza con él. 



   El conflicto arranca cuando al día siguiente de su actuación, el pianista aparece desnudo y ahorcado en su aposento, con apariencias de suicidio. Sorpresa y consternación general: lacayos, sirvientas, doncellas, ayudas de cámara… hasta la propia reina queda perpleja no sin ordenar que se localice a la familia del joven para enviar sus condolencias.

   Inmediatamente, las fuerzas de seguridad se ponen a la investigación, procurando que el crimen no salga en la prensa, justo en vísperas de la visita del presidente Obama al Reino Unido. Pero también por su parte, la reina comienza a tomar cartas en el asunto, emprendiendo una investigación paralela y personal sin contar con nadie más que con Rozie, secretaria adjunta de su gabinete. Rozie, de origen nigeriano, ha mostrado ya su eficacia, discreción y lealtad a ella. Hasta llegará a poner en peligro su vida durante las investigaciones. Como Isabel no puede desplazarse a ningún sitio sin llamar la atención, acarreando escoltas y periodistas, esta secretaria será sus pies y sus manos. Todo quedará entre Rozie y ella.



   Desde ese momento, el lector acompaña a la joven por calles londinenses, procurando buscar quiénes conocían o tuvieron contacto con la víctima: desde la arquitecta invitada en Windsor (tuvo un encuentro sexual con el pianista poco antes de su muerte), a las bailarinas que  actuaron con él en la velada o a su compañero de piso, amigos desde el colegio. Tampoco se libran de ser interrogados e investigados los huéspedes de Windsor. Las investigaciones se habrán de remontar hasta los tiempos del colegio. Todo con tal de esclarecer quién y por qué asesino a Maksim. Porque una de las pistas será el asesinato de una compañera de colegio de él.

   Isabel se entrevista en secreto, fuera de Windsor, con Henry Evans, quizá el mejor conocedor de la Rusia postsoviética, y en la conversación van saliendo las muertes sospechosas de rusos, sucedidas en suelo británico. Quedan claras las escasas simpatías por ese personaje siniestro llamado Vladimir Putin.

   La novela se va abriendo a nuevos personajes y nuevas hipótesis hasta encajar las piezas aclarando todo el conflicto a la reina y al lector, mediante una pirueta, un ingrediente que considero algo forzado.

   La historia está contada en tercera persona, a través de un narrador omnisciente, según el canon clásico de este género. No obstante, a veces utiliza el estilo indirecto libre, sobre todo para los personajes más importantes, tales como la reina o Rozie (“una cree que…”, “una tiene que hacer…”)

   Debo confesar que más que las peripecias de las distintas investigaciones acerca de los asesinatos, me han interesado las descripciones del castillo de Windsor y de las ceremonias, reuniones, entrevistas, protocolos. La autora parece conocer muy bien esos ambientes pues ha contado con muy valiosos colaboradores según reza la lista al final del libro, encabezada por sus padres. A ellos les debe muchas anécdotas reales.



   Y donde la novelista alcanza el retrato perfecto es en la protagonista: Isabel II. Su forma de vestir, de actuar, de expresarse y de moverse son extraordinarias en el libro. Hasta el sutilísimo, casi imperceptible, sentido del humor de la soberana. Todo ello sin olvidar las conversaciones de Isabel con su esposo, el príncipe Felipe, tan llenas de verosimilitud.

   La novela acaba con una escena enternecedora, al cumplirse una orden de Isabel II con el cadáver del pianista que amenizó una velada, que la invitó a bailar y que acabó sus días, tan injusta e inesperadamente, en la flor de la edad.

   Su Graciosa Majestad ha sido foco de atención en los medios por su larga vida, sus experiencias políticas, sus acontecimientos familiares. Pero no solo en los noticiarios y documentales sino también en películas y series de televisión: The Queen, The Crown, El discurso del rey, Churchill etc. Esta novela hará las delicias del lector para unas cuantas tardes de verano. God save the Queen.

martes, 1 de febrero de 2022

HÉRCULES POIROT, EL DETECTIVE ARTISTA

Allá en los lejanos años de mi adolescencia descubrí las novelas de Agatha Christie, gracias a la Biblioteca Municipal de mi pueblo. En ediciones individuales y en los dos tomos de sus obras completas (que no eran tales), me empapé de más de cincuenta títulos.  Y, naturalmente, el detective Poirot me resultó tan familiar que vino a sustituir a protagonistas de ficción de mis años anteriores: El Guerrero del Antifaz, El Capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín, etc. 


   Hércules Poirot aparece por primera vez en la novela El misterioso caso de Styles, publicada en Estados Unidos (1920). Su presencia circunstancial en las cercanías de la mansión donde se ha cometido un crimen, es aprovechada por su amigo, el capitán Hastings, convaleciente en esa casa de campo, Invitado por el propietario. Poirot acude, analiza los pormenores y descubre quiénes fueron los asesinos, con la presencia y colaboración de otro personaje que se hará presente en otras novelas: el inspector Japp, de Scotland Yard. Amigos desde que se conocieron en Bélgica, Hasting será, en adelante, confidente, compañero de vivienda y de peripecias investigadoras, testigo, recopilador y narrador de muchos de los casos protagonizados o contados a él por el detective belga. Así, en el volumen Primeros casos de Poirot, donde Agatha Christie recoge sus narraciones cortas, Hastings comienza afirmando en la primera de ellas:

   “Una pura casualidad impulsó a mi amigo Hércules Poirot, antiguo jefe de la Force belga, a ocuparse del caso Styles. Su éxito le granjeó notoriedad y decidió dedicarse a solucionar los problemas que muchos crímenes plantean. Después de ser herido en el Somme y de quedar inútil para la carrera militar, me fui a vivir con él a su casa de Londres. Y precisamente porque conozco al dedillo todos los asuntos que se trae entre manos, es lo que me ha sugerido el escoger unos cuantos, los de interés, y darlos a conocer.” (El caso del baile de la Victoria)

   Y pocas líneas después, en el mismo relato, el capitán narrador deja caer algunos rasgos de la personalidad de Poirot:

   “Una hermosa mañana de primavera me hallaba yo sentado en las habitaciones del detective. Mi amigo, tan pulcro y atildado como de usual, se aplicaba delicadamente un nuevo cosmético en su poblado bigote. Es característica de su manera de ser una vanidad inofensiva, que casa muy bien con su amor por el orden y por el método en general.” 



   En efecto, orden y método son los instrumentos básicos de nuestro personaje. “El Orden y el Método son sus dioses. Y les atribuye todos sus éxitos”, escribe Hastings, en El rey de bastos. El orden hasta en lo más banal. No soporta ver inclinado un cuadro de la pared, o una figurita descolocada, un tintero desplazado en un escritorio, una diminuta miga de pan en el suelo o un alfiler de corbata sin centrar, manía tan inofensiva como su alergia a las corrientes de aire…, y eso mismo le pasa con las investigaciones, hasta lograr un encaje perfecto de todas las pistas, los indicios, las coartadas. Poirot se sitúa equidistante de los tres vértices precisos de un triángulo en la investigación de un crimen: el motivo, la ocasión y el arma. Naturalmente, contando con la presencia de un cadáver.

   Hércules Poirot no deja de ser un personaje pintoresco en la sociedad británica. Algunos lo toman por francés, dado su acento y sus frecuentes expresiones en este idioma, pero él corrige inmediatamente aclarando su origen belga. Es católico (a veces reza el rosario), en una sociedad mayoritariamente anglicana, como lo es su famoso predecesor y detective aficionado: el padre Brown, de Chesterton. Y, finalmente, es bajito: “hombrecillo” lo define alguna vez su colaborador. “Él medía apenas más de cinco pies y cuatro pulgadas, pero se desenvolvía con una gran dignidad. Su cabeza tenía exactamente la forma de un huevo y siempre la ladeaba un poco hacia un lado. Su bigote era muy tieso y militar. Incluso si toda su cara estuviera cubierta, las puntas del bigote y la nariz rosada serían visibles. La pulcritud de su vestimenta era casi increíble; creo que una mota de polvo le habría causado más dolor que una herida de bala. Sin embargo, este hombrecito de vestimenta pintoresca había sido en su tiempo uno de los miembros más famosos de la policía belga.” Así lo describe Hastings en Peligro inminente (1932). 



   Cuida su bigote con igual esmero que su abundante y pulcro guardarropa. Austero en sus bebidas, solo consume tisanas y chocolates (Hastings prefiere los ponches). Se desenvuelve con absoluta soltura en todos los ambientes: aristócratas, diputados, ministros o entre los empleados domésticos de ellos. Pero acepta cualquier encargo sin importarle la clase social. Basta que se le exponga un caso que despierte su curiosidad (en visita a su despacho, llamada telefónica, carta o telegrama), para que Poirot se lance a investigar arrastrando a Hastings tras él. Sabe despertar confianza lo mismo en un lord que es un ama de casa. “Su celebridad era la causa de que toda mujer rica que hubiera extraviado un brazalete o su perro favorito recurriera a los servicios del gran Hércules Poirot. Mi pequeño amigo era una extraña mezcla de hombre de negocios y romántico idealista. Lo segundo lo llevaba a la aceptación de muchos casos sin apenas interés profesional.


   Agatha Christie construyó este personaje y le dio nacionalidad  inspirada en un grupo de refugiados belgas que se exiliaban de su país, producto de la Primera Guerra Mundial. En el relato El misterioso caso de Styles, ya mencionado, aparecía el detective alojándose en pensiones, junto con otros compañeros de su misma nacionalidad. Pero la escritora no partió de la nada para crearlo. Ella misma reconoció haberse inspirado en Sherlock Holmes, el personaje de Conan Doyle, quien a su vez también confesó su deuda con el modelo del detective ficticio francés Auguste Dupin, de Edgar Allan Poe, quien en su empleo "de razonamiento" prefigura la confianza de Poirot sobre sus "pequeñas células grises".

   Estoy seguro de que Poirot es muy aficionado al teatro pues contempla y analiza todas las circunstancias de numerosos crímenes con lo que tienen de teatral, de puesta en escena. De hecho, algunos de los casos que investiga tienen relación con actrices, obras teatrales, bailes de carnaval, disfraces etc., ya que todo robo o asesinato premeditado lleva consigo una “puesta en escena” y el asesino es un buen fingidor a la hora de parecer quien no es o de ser quien no lo parece. En esas teatralizaciones, Poirot es maestro para ver entre bastidores el revés del decorado, pues no cree sino en lo que ve o en lo que le dicen sus infalibles células grises, sin dejarse sumergir en los trucos, disfraces y escenografías del culpable. Así sucede en La aventura del “Estrella del Oeste” o en El misterio de Hunter’s Lodge. Y si se tercia el momento de ser un director de escena y escenógrafo a la vez, Poirot superaría al más experto, como vemos en Tragedia en Marsdon Manor



   No siempre se trata de esclarecer un crimen. Puede investigar el robo de unos importantes documentos, de unas acciones o de unas joyas familiares de valor incalculable. Así ocurre en Doble pista relato donde la capacidad de observación y deducción de don Hércules le lleva a fijarse en algo desapercibido para los demás: las iniciales grabadas en una pitillera. O bien, la supuesta maldición que pesa sobre una familia y según la cual, ningún primogénito heredará (con una sorprendente solución en La herencia de los Lemesurier). Pueden ser las alhajas que desaparecen de una caja fuerte en una reunión de sociedad y hasta en un vagón de tren o bonos esfumados en el camarote de un trasatlántico.

 


   En una época en que el automóvil apenas está extendido entre la población, y solamente aparece en grades mansiones o en taxis, el medio más usado por el público (incluso por la aristocracia), es el tren. Y Poirot es un habitual del ferrocarril. Conoce los horarios, las líneas, los trasbordos y esa familiaridad con los ferrocarriles le hará coincidir con la comisión de algún asesinato durante un viaje (Asesinato en el Orient Expréss, El expreso de Plymouth, El tren de las 4.50, El misterio del tren azul…). Y en un país como Gran Bretaña, donde las clases acomodadas recorrían países mediterráneos en trenes y cruceros buscando clima, aventuras, placeres y descubrimientos, Poirot no es una excepción. Agatha Christie fue una incansable viajera por todo el ancho mundo, especialmente por esos lugares que le sirvieron de inspiración para relatos: La aventura de la tumba egipcia, Muerte en Mesopotamia, Asesinato en el Nilo, especialmente a partir de 1930, tras su segundo matrimonio con el arqueólogo Max Mallowan. 


   En algún ensayo sobre novela criminal leí que el lector va sabiendo lo mismo que el detective. No estoy de acuerdo, pues con Poirot, desde luego no es así. En todo caso, conocemos lo mismo que su compañero Hastings. Las células grises de Poirot trabajan en su interior, como un alambique y el detective nos va llevando en un juego malabar, como un prestidigitador, sin revelarnos sus trucos hasta el sorprendente final. Así sucede en El asesinato de Rogelio Acroyd, uno de los títulos emblemáticos de lady Christie, considerada la mejor novela de crimen de todos los tiempos, donde quedamos estupefactos en las últimas páginas.

   El nombre de Agatha Christie quedará vinculado siempre a su personaje más famoso: Hércules Poirot, el protagonista de 33 novelas y 50 relatos cortos, mundialmente conocido por la lectura, las películas, las obras de teatro, las series de televisión. Y es el único personaje de ficción que tuvo un obituario en el periódico The New York Times tras su última aparición en la novela Telón (1975).

   Cerca de veinte veces, los casos de Hércules Poirot han sido llevados al cine ente 1931 y 2017. El esmero con que los británicos tratan sus tradiciones y a sus celebridades se hizo real en la serie Poirot, de la cadena británica ITV y emitida entre 1989 y 2013, con unos extraordinarios medios artísticos y de producción. Se emitió en casi veinte países, alcanzando seis premios y dieciséis nominaciones. Por sugerencia de la Fundación Agatha Christie, el papel de Poirot fue encarnado con gran éxito por el actor David Suchet, quien previamente se leyó todas las novelas donde aparecía el detective. 



   Cuando su autora quiso poner punto final a su personaje, lo hizo con una compleja novela cuyo teatral título es Telón. Poirot ha vuelto a la vieja mansión de Styles, donde se inició, intrigado porque en ella se alojan varias personas que tuvieron algún nexo con víctimas de crímenes sucedidos. No porque piense que ellos sean criminales sino porque, seguramente, van a ser víctimas de un asesino que sí se aloja allí. Limitado por una supuesta artritis que le obliga a permanecer en carrito de ruedas y auxiliado por un criado, Poirot pasa el tiempo intentando colocar cada pieza en su sitio para atrapar al enigmático asesino. No da cuenta de nada a Hastings pero sí le deja una cartera llena de pistas por si a él le sucediera algo. Telón es una obra maestra del género, donde todas las tramas confluyen y funcionan como en un reloj, donde la autora muestra sus conocimientos éticos, científicos y psicológicos. Igual que un don Quijote vencido y derrotado, Poirot vuelve a sus orígenes profesionales, contándonos historias de sus personajes (como las novelas interpoladas en la obra cervantina), y dejando al final a un Hastigns completamente atribulado y solo, como Sancho Panza. Pero él ha dejado detrás de sí una estela y una última representación teatral que son una obra de arte.

TELÓN. 


jueves, 23 de diciembre de 2021

LA NAVIDAD DEL PAYASO

 


Una vez acabada la función, los aplausos cesaron, el público vaciaba el enorme graderío bajo la carpa del circo, los técnicos de luz y sonido, así como los empleados, recogían enseres, instrumentos, máquinas y apagaban los focos innecesarios. Y él se retiró a su caravana para despojarse del maquillaje y el traje de su actuación. Se quitó el chambergo estrafalario, los zapatones, los calcetines de colores, los pantalones, la camiseta de rayas verdes estridentes y frente al espejo, se quitó el sombrero adornado con una llamativa flor de papel. Después se deshizo de la peluca pelirroja de pelos largos y lacios, de la nariz esférica roja y fue borrando de su cara esa sonrisa de oreja a oreja que hacía feliz a los niños y a los adultos. 



La función se había adelantado dos horas para que el público volviera a casa con tiempo sobrado de cenar y cantar villancicos. También los artistas cambiarían sus mallas y vestidos de lentejuelas, sus uniformes de casacas, por otros más cotidianos y se irían a celebrar la Nochebuena a un restaurante o a bailar después. Se pasaba algodones con líquidos desmaquilladores, mirando su cara en el espejo rodeado de luces. Mientras se duchaba pudo escuchar las risas de los trapecistas rusos que marchaban a ingerir sus buenas dosis de vodka. Él pasaría la Nochebuena solo. Sus familiares estaban ya muertos o lejanos en el espacio y en el afecto. Hacía poco más de media hora, estaba rodeado de gente que reía y aplaudía con sus gestos en la pista. Pero ahora se encontraba solo, absolutamente solo, con su doble ante el espejo. Desfilaban por su memoria las gentes que habían sucumbido a la epidemia en el último año fatal, las personas que se quedaron sin trabajo o no podían comprar lo más necesario por la escandalosa subida de precios. Y le entró una enorme tristeza. 

 


Desde el día primero de diciembre ponía sobre su mesilla de noche la figura de un Niño Jesús recostado en una cuna formada de palotes, con una piernecita algo levantada, sobre un colchón de paja artificial que él amortiguaba con un paño blanco de algodón. En esa soledad que inundaba todo su habitáculo, tomó la imagen y se acostó cubierto por el edredón. Tenía al Niño en sus brazos como si fuera un bebé. Y pensó que también Jesús estuvo rodeado toda su vida de gente que le aplaudía, le reverenciaba, le admiraba aquellos prodigios. Pero a la hora de la verdad lo dejaron solo. Tan solo como él mismo. Y eso le consoló hasta que el sueño cerró sus ojos.