SAMARKANDA

SAMARKANDA
Bienvenido al karavansar. No por casualidad he llamado así a mi blog, puesto que en alguna lengua de Oriente se llama de este modo a la posada, la pensión, la fonda, donde descansar antes de seguir el camino. Decir que la vida es un tránsito no es descubrir América (que también se hizo en un tránsito, pero por mar), pues ya muchos autores lo expresaron. Pero sí quiero señalar la provisionalidad, el azar, la hospitalidad, el descanso, la cercanía que produce "pasar" por un sitio desconocido a algo más seguro, que es el fin del viaje. Desde Jorge Manrique hasta Antonio Machado se ha plasmado la imagen del hombre como viajero. Y este blog pretende que nos encontremos, "ligeros de equipaje", en esta parada y fonda virtual, que no virtuosa. Hasta pronto.

viernes, 15 de noviembre de 2019

LA SEMÁNTICA EN LA POLÍTICA


Cada vez que escucho o leo cómo los líderes de cierta izquierda autodescriben sus políticas como “progresistas”, me acuerdo de mi aprendizaje de la asignatura de Semántica en la Facultad, una rama de la Lingüística que estudia la significación, el sentido e interpretación de los signos lingüísticos (palabras y expresiones) en su correspondencia con el mundo real, ya sea el físico o el abstracto. Es decir, los mecanismos mentales por los cuales los individuos atribuyen significados a las expresiones lingüísticas. Pero también existe la Semántica lógica, que desarrolla una serie de problemas lógicos de significación, estudia la relación entre el signo lingüístico y la realidad. Las condiciones necesarias para que un signo pueda aplicarse a un objeto, y las reglas que aseguran una significación exacta. La cuestión no es baladí porque un término puede convertirse en un talismán gracias a su influencia en el campo semántico del discurso. Voy a poner un ejemplo: cuando yo estudiaba esa materia en la Facultad hice un trabajo de campo semántico en la poesía de Sagrario Torres, descubriendo que la palabra “boca” se convertía en el eje de toda una semántica usada muy sutilmente por la escritora en sus versos y que le confería un toque distintivo con respecto a la obra de otros poetas. La palabra “boca” era la columna vertebral de todos sus libros (“Catorce bocas me alimentan” fue el título de su primer libro de sonetos) y la corporeidad de sus versos están en relación con ella.


   La palabra “progresismo” ha servido como talismán para cierta izquierda española. No me refiero al PSOE de los tiempos de Felipe González, que, efectivamente, hizo lo posible por hacer “progresar” a España, recién nacida a la democracia, en muchos asuntos ya solventados en otros países europeos de nuestro entorno. Me refiero más bien al neocomunismo de nuestros días, que ha sabido manejar muy hábilmente la semántica. Lo primero fue enviar al desván la palabra “comunismo”. Una vez que cayó estrepitosamente la URSS, el conjunto europeo de países bajo el yugo comunista, corría prisa en llamarse de otro modo: Izquierda Unida, Podemos, y toda la larga lista de etiquetas locales de grupos afines, muchas veces bajo nombres ecologistas. Saben muy bien (son maestros de la semántica y la retórica), que “comunista” es un término viejuno, casposo y fracasado. No hay un solo país en el mundo donde el comunismo (llámese como se llame) haya llevado a sus ciudadanos al progreso, al desarrollo, a la libertad.


   Pero el término “progresista” sigue tercamente ahí en sus discursos. Todo lo que ellos ofrecen es progreso, evidentemente para el pueblo. Basta con adjetivar a un programa, a una escuela, a una sanidad, a un proyecto de ley como “progresista” para convencernos de que, efectivamente, vamos a progresar. ¿Y quién no se apunta a ese banderín? Si miramos al mapamundi, podemos observar que los países que han progresado realmente no lo han sido, precisamente, por la aplicación de las doctrinas comunistas, sino, en todo caso, por las social-demócratas o las liberales. El progreso, para esos ámbitos políticos “progresistas” consiste en alcanzar el poder. Y, después, en convertir a los ciudadanos en dóciles votantes pues para saber cómo van a ser mejores, obtener un sueldo, decidir, ya está el Partido, a ser posible único, el Papá Estado, como ha sucedido en todos los países donde alcanzaron el gobierno… para no volver a soltarlo, ciertamente.


   La política, en general, es una prenda colgada al sol en un alambre de la terraza, al aire libre. Y la sujetan dos pinzas llamadas libertad y justicia. Si los regímenes de derecha se preocupan únicamente de la primera, pueden generar sociedades capitalistas donde los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más necesitados. Si los regímenes de izquierda cargan las tintas en lo que consideran justo para todos, pueden desembocar en regímenes totalitarios donde no exista libertad y, en consecuencia, tampoco justicia. (Ninguno de los dos está libre de un enemigo común: la corrupción). Por ello, que el socialismo comunista se autoproclame como “progresista”, por sí mismo, no deja de ser una falacia, un espejismo, un trampantojo. Pero de momento, ahí siguen cultivando subliminalmente la propaganda que les da el reclamo del término “progresista”, como si garantizaran un progreso que, fuera de ellos, ningún otro gobierno puede conseguir.
    En el equilibrio de una sociedad realmente libre con correctores sociales justos, está la solución para que la camisa se seque y oree al sol. Para que una sociedad verdaderamente sea progresista. Acabadas estas líneas, os invito a echar un vistazo al mapamundi de los países y sacar conclusiones.

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