SAMARKANDA

SAMARKANDA
Bienvenido al karavansar. No por casualidad he llamado así a mi blog, puesto que en alguna lengua de Oriente se llama de este modo a la posada, la pensión, la fonda, donde descansar antes de seguir el camino. Decir que la vida es un tránsito no es descubrir América (que también se hizo en un tránsito, pero por mar), pues ya muchos autores lo expresaron. Pero sí quiero señalar la provisionalidad, el azar, la hospitalidad, el descanso, la cercanía que produce "pasar" por un sitio desconocido a algo más seguro, que es el fin del viaje. Desde Jorge Manrique hasta Antonio Machado se ha plasmado la imagen del hombre como viajero. Y este blog pretende que nos encontremos, "ligeros de equipaje", en esta parada y fonda virtual, que no virtuosa. Hasta pronto.

lunes, 9 de febrero de 2015

ESPECTACULAR



“Me acabo de comprar un bolso espectacular”, me dijo la amiga cuando la encontré a la salida de una tienda en la calle Serrano. “A Carlos le han ofrecido un puesto espectacular en Lima”, me comentaba el antiguo universitario. “La cena de la boda fue espectacular”, escuché al paso entre dos amigas. El adjetivo “espectacular” ha invadido nuestro léxico, como otros términos lo hicieron antes. El Diccionario de la RAE, en su primera acepción, define “Que tiene caracteres propios de espectáculo público”. Aquello del viejo dicho de “el buen paño, en el arca se vende” ha pasado ya a los pergaminos de la Historia. Si algo no se exhibe, no existe. O carece de valor, en esta sociedad en la que el significante ha sustituido al significado, el continente al contenido. Da igual que sea una prenda, una vida íntima, una opinión. La reflexión, el pensamiento, el programa, han sido sustituidos por el twit. Los argumentos en un diálogo, han sido marginados por la frase contundente, generalmente de acusación. La “economía” de la lengua y del tiempo, convierte en un relámpago cualquier noticia, que inmediatamente es sustituida por otro relámpago (o por un trueno) de la noticia o del rumor siguiente.

El problema es que la “espectacularidad” se está convirtiendo en el pasaporte de lo también efímero, en la autopista sin peaje de la banalidad. Hoy puedes construir una urbanización con materiales de la mejor calidad. Los posibles compradores buscarán, antes que nada, si hay pista de tenis, piscina, gimnasio (con o sin sauna)… Lo importante es que resulten unas viviendas “espectaculares” más que sólidas. Lo mismo puede decirse de un nuevo coche o de una relación.

¿Qué pasa en los partidos políticos? Tres cuartos de lo mismo. Las ideas y, lo que es peor aún, las acciones, no satisfacen. Se nutren de eslóganes y consignas en las tertulias y en los twitter. Y ese virtuosismo de ambigüedad, de eslogan, de frase hecha y de dominio del aparato publicitario de la red y de las tertulias (aparte de los errores de gobierno y de oposición) han colocado al partido PODEMOS en una expectativa de voto considerable. Hoy tenemos un catálogo “espectacular” de etiquetas como “facha”, “machista”, “peronismo”, “casta”, que muy bien manejan algunos líderes. En este mundo donde el partido gobernante aparece desgastado, con una estética desfasada y rancia y el mayoritario partido de la oposición no sabe muy bien por dónde anda ni quién lo dirige ni hacia dónde, la liturgia que exhibe el emergente PODEMOS,  especialmente en su líder (con gestos y ritos sospechosamente mesiánicos y hasta cristianos), resulta llamativamente “espectacular”.

miércoles, 18 de junio de 2014

TARDE TE AMÉ (SAN AGUSTÍN)



 
Unas cajas de cartón dan el contraste al espacio del siglo XVI de la capilla alcalaína de San Ildefonso. Un saxofón ofrece el contrapunto a las voces infantiles de la Escolanía del Real Monasterio del Escorial. Unos versos de comedias del Siglo de Oro suplementan ese maravilloso y único soliloquio de las Confesiones de San Agustín. En el imponente sepulcro vacío del cardenal Cisneros, las figuras en mármol de los cuatro grandes doctores de la Iglesia: San Gregorio, San Ambrosio, San Jerónimo y San Agustín. Y un actor grande como Ramón Barea, acerca e interpreta a un Agustín humano en el monólogo bordado con mimo por Juan Carlos Pérez de la Fuente. El poeta Luis Alberto de Cuenca ha hilvanado todo ese quehacer literario en una versión magnífica, incrustándola con textos de la Eneida, de Virgilio, y de comedias que firmaron Lope de Vega (El divino africano) y Calderón de la Barca (No hay instante sin milagro).
La puesta en escena es eficaz, en el sencillo laberinto de esas cajas de embalar, en cuyas paredes están pegados los folios de la confesión agustiniana. El actor los va arrancando, leyéndolos lleno de fuerza y de emoción.  Suenan las palabras del santo de manera natural, conversando consigo mismo porque el primer lector de las Confesiones sería el propio Agustín. Cuando Ramón Barea toma en sus labios los versos clásicos, el tono es otro, declamatorio y actoral. La iluminación también cambia según el instante. La búsqueda de la verdad, de la belleza, de lo absoluto de aquel hombre perdido, que dio bandazos carnales e intelectuales hasta encontrarla en Dios, suena en este espectáculo original y único. Un hombre en crisis (el Agustín del siglo IV) para un tiempo en crisis vivido por seres humanos (los de ahora), desorientados entre tantos espejismos que ofrece nuestro mundo. Se ha estrenado esta singular obra en el marco del festival de Alcalá de Henares y va a recorrer otros festivales y escenarios españoles. Esperemos que TARDE TE AMÉ. LAS CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN recale pronto en Madrid allá para el otoño. La Orden de San Agustín en España tiene ahora la oportunidad de servir como cauce de esta representación, cooperando de varios modos a que los españoles (y si fuera posible los iberoamericanos) contemplen y se acerquen a San Agustín, despojado del hieratismo y la lejanía de las estatuas. Un Agustín de carne y hueso. Como nosotros.

martes, 10 de septiembre de 2013

CRISIS VOCACIONAL (II): FORMACIÓN

Habíamos dejado al candidato ya ingresado en ese seminario menor que será su casa durante bastantes años. Allí conoce a sus nuevos profesores, formadores, y, sobre todo, a nuevos compañeros con los cuales va a compartir, también durante años, aulas, capilla, dormitorios, deportes, rezos, etc. Los estudios de Humanidades (así llamados) abarcarían seis o siete años pero, aunque estaban reconocidos por el Estado español, carecían de convalidación legal. Por lo tanto, el muchacho recibía una densa formación en Letras (especialmente en latín), que poco le servía en caso de regularizar estudios si abandonaba el seminario.
Al acercarse el fin de ciclo, se les preparaba para ir al noviciado, lugar mucho más cerrado aún al exterior. Generalmente, el ingreso en dicho espacio llevaba consigo la imposición del hábito pero sin emisión de votos. Durante un año o más (dependiendo de las normas de cada congregación), se les instruía en historia de la Orden, en los múltiples significados y leyes sobre los votos, en espiritualidad... todo ello bien cargado de ceremonias religiosas, rezos en el coro junto con toda la Comunidad con quienes también se compartían las comidas en el refectorio. Era como un ensayo general de lo que vivirían en el futuro, a manera de "prueba". Digamos a modo de apéndice que también se les continuaba instruyendo en educación, urbanidad (como se decía entonces) y en comportamientos públicos variados. Los novicios llevaban una vida aparte no sólo con el mundo exterior (incluyendo la limitación de cartas) pues no podían salir del convento o monasterio sin permiso, y también casi aislados del resto de la Comunidad. Y llegaba el día de la "profesión" o emisión de votos temporales, una ceremonia litúrgicamente hermosa y en la cual el muchacho prometía obediencia, pobreza y castidad. Promesas nada difíciles de cumplir para jóvenes acostumbrados a obedecer desde niños sin haber ejercido jamás la capacidad de elegir libremente, una pobreza en la que venían desenvolviendo sus vidas desde siempre sin disponer de dinero y una castidad sin haber tratado prácticamente a ninguna mujer de su edad.
Tres años de Filosofía con materias como Teodicea, Crítica, Metafísica, Latín, Griego, Cosmología, Lógica... formaban al seminarista en las bases del pensamiento occidental, necesarias para los cuatro cursos siguientes de Teología: Dogmática, Moral, Sagrada Escritura, Derecho Canónico, Pastoral, Catequética..., muchas de ellas explicadas y examinadas en latín. A su vez, el Maestro o Rector del Seminario Mayor les impartía charlas variadas semanalmente. Todo ello salpicado de rezos del Oficio Divino en el coro y ceremonias litúrgicas convenientemente ensayadas. La vida de puertas adentro (ya que las salidas al exterior eran excepcionales y con permiso, así como los viajes para visitar a la familia en caso de fallecimiento directo), no dejaba tiempo de aburrirse. En los tiempos libres, paseos en común por algún huerto propio, partidos de fútbol (con el hábito recogido), funciones teatrales preparadas por Navidad, veladas literarias, ensayos para ser publicados en alguna revista del seminario o en tablones, etc., etc.
Llegado el momento de los votos solemnes o perpetuos, el seminarista prometía nuevamente obediencia, pobreza y castidad sin idea clara de qué era lo contrario. Igualmente, en los últimos cursos de Teología era ordenado por un obispo de modo progresivo: primero las órdenes menores, después, de Subdiácono, más tarde de Diácono y, por fin, de sacerdote, esto último coincidiendo con el último curso de la Teología. Si por azar, el candidato no deseaba llegar al sacerdocio, podía abandonar libremente el seminario (tras las pertinentes dispensas de votos), y tendría que buscar un trabajo comprobando que trece cursos de Humanidades, Filosofía y Teología le eran convalidados por un magro bachillerato civil de seis años. O sea, casi nada.
¿Carencias en la formación? Muchísimas. Aparte de disfrutar o padecer a profesores más o menos preparados, a superiores del seminario piadosos pero no siempre justos y objetivos, el candidato no salía preparado para AMAR, precepto básico del evangelio. El voto de castidad se ha convertido en un instrumento represor de afectos: la amistad más destacada con un compañero era tildada de "amistad particular" y perseguida como sospechosa. La pobreza no era ya un "desprendimiento" de los bienes, sino una austeridad espartana. La obediencia era simple "sumisión" a la voluntad o al capricho de superiores en bastantes ocasiones atrabilarios.
Con esa formación impregnada de Letras dogmáticas y cánones, el joven fraile salía destinado a un mundo en el que pocos aprendizajes le iban a ser útiles, especialmente quienes iban destinados a centros educativos (colegios menores y mayores), misiones, incluso parroquias. Las deficiencias de la formación se suplían a base de trabajo y buena voluntad.

sábado, 24 de agosto de 2013

PREGÓN DE FIESTAS DE MI PUEBLO

SEÑOR ALCALDE PRESIDENTE Y CONCEJALES DEL MUY ILUSTRE AYUNTAMIENTO, QUERIDOS PAISANOS:
Recibí sorprendido la invitación a pronunciar este pregón pues no estoy acostumbrado a que las instituciones de mi pueblo se acuerden de mí. Pero no es un reproche a nadie. Mis contadas presencias  en estas calles se vieron condicionadas durante los últimos años por obligaciones familiares y, por otro lado, mi timidez ha evitado que diera publicidad a mis actividades profesionales y literarias. Pero estoy muy agradecido al cariño que me demuestran mis paisanos y orgulloso de haber nacido junto a la cuna de Santo Tomás y la tumba de Quevedo, dos figuras que, por diferentes motivos, han trazado mi trayectoria personal y profesional. Quizás habría sido divertido lanzar el pregón a la manera antigua: con una trompetilla y un tambor, de esquina en esquina, voceando: “De parteeee, del señor alcaldeee, se hace sabeeeerrr….” Superada la sorpresa inicial, desfilaron por mi memoria multitud de imágenes, como si fuesen fotos en blanco y negro de Pinel.  Fui un niño afortunado en punto a ferias. Los días 24, 25 y 26 de agosto mi familia disfrutaba la de Alhambra y, como allí la casa de mi abuela materna estaba en la plaza del pueblo, participábamos en todos los eventos desde la primera fila. El día 27 nos veníamos a Infantes, porque entonces la feria de aquí se celebraba los días 28, 29 y 30. Las novenas y fiestas de nuestros patrones alternaban con las fiestas de los Desposorios de la Virgen del Espino en Membrilla, donde vivía mi abuela paterna, y allí nos desplazábamos a veces. Fui afortunado, repito, porque mi padre estaba al frente de la central y comarca eléctrica y los feriantes y atracciones le regalaban vales para subir gratis en toda suerte de columpios, caballitos, coches eléctricos y demás. Para el local cubierto y la terraza de verano del cine San Miguel no precisaba vales pues Fermín Cámara, el dueño, era íntimo amigo de la familia y tenía acceso gratis al cine durante todo el año. Seguramente, de aquellas películas en blanco y negro o en technicolor y de aquellas funciones de variedades, nació mi interés por el cine y por el teatro. Raquel Lucas, conocida bailarina de origen infanteño, actuó siendo yo muy niño. Mi padre me presentó a ella. Años después, yo escribí un cuento que fue adaptado a guión por Radio Nacional. Ella lo escuchó y logró localizarme por teléfono pues sintió que, aún cambiado el nombre, describía el incidente que sufrió por parte de un párroco. 
O sea, que agosto y septiembre era un no parar de festejos gratuitos.
Mi padre no era partidario de que pasáramos el tiempo con tanta juerga (sobre todo si había malas notas por medio), así que nos colocaba clases de dibujo con don Cipriano (frente a nuestra casa de entonces) o con Don Rafael Solera para mejorar lectura y escritura, un personaje entrañable éste, al que describí en un cuento años más tarde.
Las primeras imágenes que recuerdo de la feria de Infantes están vinculadas al pasacalles matinal de gigantes y cabezudos moviéndose al ritmo de la banda municipal de música y a una atracción de bicicletas eléctricas giratorias y unas sillas voladoras, ubicadas frente a lo que hoy es la alhóndiga. También a los puestos de chucherías (turrones, horchatas, almendras garrapiñadas, pasteles, churros…) en la plaza y en la calle Mayor. Comprarse algo en las tiendas de esta calle era un rito elemental del “feriarse” o premiarse. Aunque mis golosinas preferidas (fuese feria o no) siempre fueron los polos de Los Gabinos, las pastas y mazapanes de la confitería LA PROVIDENCIA (cuando aún estaba en la calle Quevedo) y las horchatas de Los Valencianos. También era costumbre ir a “la cuerda”, allá por el “pilancón”, donde tenía lugar la feria de ganado. Caballos, mulas y asnos que una vez al año, en el mes de mayo, desfilaban engalanados con carrozas en la procesión de San Isidro. La progresiva sustitución de animales por tractores habrá eliminado, supongo, ese mercado animal. Con los años, el real de la feria se trasladó a la Fuente Vieja, vecina de mi casa de entonces, cambio que supuso una ampliación de atracciones: el trenillo, con la bruja escondida en el túnel dando escobazos entre nichos de esqueletos (años después viví una experiencia parecida en el desierto tunecino), la noria y los columpios (donde te podías pasar un largo rato en las alturas sin poder bajar y acompañado de la niña que te gustaba), las rifas en las tómbolas, el tiro al blanco y, por supuesto, los coches de choque, furor de jóvenes y no tan jóvenes. Como mi casa se encontraba entre el cine de verano y la propia feria, teníamos ambiente ruidoso casi veinticuatro horas.
Muchos recordaréis que, también en el verano, se celebraba el “Día de la Provincia”, con un desfile de carrozas en Ciudad-Real. Y recuerdo a las chicas más guapas de nuestra localidad, subidas en decorados rodantes que diseñaba aquel hombre de exquisito gusto (y a quien el pueblo debe en gran parte su conservación), que fue D. Vicente López Carricajo.
La trepidante actividad de este servidor de ustedes en las ferias se recortó notablemente en la medida en que mis suspensos de bachillerato aumentaron. No sólo en matemáticas, sino en Historia y Literatura. Así que dejé de acudir a tantas diversiones y los feriantes en camiseta fueron sustituidos por D. Manuel García dándome clases particulares de Matemáticas, con el magro provecho del aprobado en septiembre, pues siempre he sido una calamidad con los números. Y dentro de casa, mis hermanas Primi y Mari Carmen, que me descubrieron los comentarios de texto y los análisis sintácticos, mejor que ningún libro de texto. Todavía soy capaz de recitar los títulos de novelas ejemplares de Cervantes de memoria. Naturalmente, mi padre era de un tiempo en que se nos exigía seriedad y compromiso en los estudios, estando siempre de acuerdo con los profesores. Más de una vez me amenazó con ponerme de aprendiz con los albañiles y más de una feria me perdí sin salir a la calle, teniendo que estudiar las obras de Tirso de Molina mientras escuchaba en mi habitación las músicas y danzas de la feria o del cine San Miguel. Bien es verdad, que me vengaba escondiendo debajo de los libros y apuntes, novelas de Agatha Christie, de Lajos Zilahy, de Knut Hamsum casi todas las novelas de Pearl S. Buck o de Salgari, sin ir más lejos. Porque si no encontraba a un autor en mi casa, tenía acceso libre a la Biblioteca Municipal, cuyo bibliotecario, Virgilio Cano, me permitía leer con absoluta libertad, revistas de cine y de letras, incluso novelas subidas de tono para mi edad. Nunca le estaré suficientemente agradecido a Virgilio y a la biblioteca el haberme formado o deformado en la lectura, sin remisión. Claro que, para ser justos, debo nombrar a quien más me animó a escribir desde mi más tierna infancia: a Pedro Fernández Pacheco, escribiente en la central eléctrica, que para nosotros era uno más de la familia. Supe de su muerte por teléfono estando yo en Rabat y bajé llorando toda la avenida Mohamed V. Gracias a él casi terminé mi primera novela: El asesinato de Emma Tressilian, que se quedó sin final porque yo no era capaz de cerrar aquella maraña de sospechosos y de coartadas para un solo crimen.
Con mi ingreso en la Orden de San Agustín, dentro de los graníticos muros del Real Monasterio de El Escorial, mis viajes a Infantes se interrumpieron. No del todo, porque tuve la suerte de vivir los vientos renovados del Concilio Vaticano II, cuando mis profesores agustinos nos hacían leer libros de autores protestantes y del mismísimo Lutero, nuestro hermano de congregación (porque no sé si sabréis que los agustinos tenemos una justa fama de rebeldes y aventureros que nos ha causado más de un problema con algún Papa reciente). Los frailes comenzamos a tener vacaciones anuales y permisos temporales para visitar a la familia. Pude descubrir que la feria se había trasladado al “Paseo”, con más abundancia, si cabe, de diversiones, comenzando por el baile popular, tenderetes variados, las incombustibles ancianitas vendedoras de exquisitas berenjenas, el circo con sus magias, payasos, acróbatas y animales, rodeando todo ese tumulto al sufrido y sufriente Cristo de Jamila. Me gustaba visitar este animado espacio que, en los últimos años hacía acompañando a mi madre ya viuda, con mi hermana Primi, dándonos ocasión de saludar a tantos paisanos amigos. Porque es de justicia reconocer que mi madre, aunque nacida en Antequera (donde su padre era maestro) y criada en Alhambra, era la más fiel admiradora de nuestro pueblo y de su feria. Más “infanteña” que nadie de la familia, incluido mi padre.
Ser agustino nacido en Villanueva de los Infantes es no pasar desapercibido en la Orden, al menos en mis círculos próximos. Muchos de mis compañeros más mayores que yo vinieron al pueblo en 1955 para la celebración del cuarto centenario de la muerte de nuestro patrón, una fiesta que apenas recuerdo pero que ellos han conservado como un tesoro, pues siendo seminaristas sin vacaciones entonces, pasaron una semana de maravilla en el pueblo y todavía ponderan la acogida que tuvieron, especialmente en las comilonas. El obispo de Tuy, José López Ortiz, agustino escurialense, predicó y celebró misa con el prelado de la diócesis. Ya muy mayor él también me comentaba lo bien que se le recibió en el pueblo y recordaba perfectamente la casa de Doña Rosario Melgarejo. Naturalmente, hay quienes gustan de tomarme el pelo diciendo que el santo limosnero nació en Fuenllana, a lo cual yo respondo con sabias palabras de mi antiguo profesor de Latín, Don Rogelio Sánchez.

Cuando yo era niño, escuché el legendario episodio en el que una mendiga, con un niño en brazos, pidió a cierto agricultor local que le diera algo para alimentarse. Junto a ellos había un gran montón de trigo y otro de cebada. El hombre no les dio nada y la mujer convirtió los dos montones de grano en cerros de tierra. Esa mujer, según la leyenda, era la Virgen de la Antigua en forma de mujer necesitada. Lo que no es leyenda sino historia es que fray Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia, a la hora de morir ya había dado todo a los pobres. A un mendigo que acudió a pedir algo cuando ya estaba muy mal le dijo que esperara a su muerte para que le diesen la cama. Santo Tomás está unido a la Virgen por la inmensa cantidad de homilías que escribió, pero también por la palabra limosna. María y Tomás se nos aparecen identificados a los indigentes. Para los infanteños, estos dos patrones tan vinculados a los menos favorecidos no puede ser solamente una estampa piadosa, un cortejo procesional hermosísimo y emocionante, sino un compromiso social y religioso, que en estos tiempos de crisis nos debe impulsar a ser más solidarios si cabe. Y por eso, me permito enviar un abrazo lleno de cariño y de esperanza a los ancianos y religiosas de la residencia (donde hice mi Primera Comunión), lanzando al aire la idea de que la calle donde se ubica el edificio u otra debería dedicarse a las Hijas de la Caridad por la doble y constante labor llevada a cabo en nuestro pueblo. Y quiero enviar desde aquí otro abrazo muy cariñoso a los enfermos, a los ancianos, a los sin trabajo, a los infanteños que estén pasando un mal momento de sus vidas.

A todos los que habéis tenido la paciencia de escucharme os invito a cuidar de nuestro pueblo. El turismo acude si las casas, las calles, los establecimientos, etc. están limpios y conservados dignamente. Hace muchos años propuse que si Almagro tenía un festival de teatro clásico y La Solana su festival de zarzuela, Infantes posee sobrados escenarios (interiores y exteriores) para celebrar cualquier evento musical, teatral, artístico, incluso calculando las fechas para beneficiarse de los otros. A veces he imaginado la representación de un auto sacramental en el pórtico de la parroquia. O conciertos de orquestas o de bandas municipales en nuestra bellísima plaza. Infantes no debe ser sólo un museo de tiempos pasados, sino un espacio abierto al futuro. Y el futuro pasa por cuidar el presente. Infantes posee un espíritu festivo extraordinario. Basta mirar el número y calidad de sus fiestas, especialmente las gastronómicas. Y para eso se necesita creatividad y colaboración de todos. Los ojos de los forasteros ven cosas y detalles que nosotros, tal vez acostumbrados por la rutina, hemos asumido con normalidad y parsimonia. Con las redes sociales, todo lo bueno y lo malo se ve en los cuatro puntos cardinales. Gracias a una de estas redes yo sigo de cerca todo lo que se cuece por aquí y he entrado en contacto con personas muy preparadas, que quieren y desean conservar nuestro pueblo, leo páginas web y blogs interesantísimos, me informo (muchas veces con sana envidia por no poder asistir) de festejos o de iniciativas. Y por si acaso alguien nos está grabando para colgar luego un video o unas fotos en la red, que no me extrañaría nada, pongamos nuestra mejor sonrisa, como si Foto Pastor nos fuera a retratar, y digamos todos juntos: ¡Viva Infantes!