SAMARKANDA

SAMARKANDA
Bienvenido al karavansar. No por casualidad he llamado así a mi blog, puesto que en alguna lengua de Oriente se llama de este modo a la posada, la pensión, la fonda, donde descansar antes de seguir el camino. Decir que la vida es un tránsito no es descubrir América (que también se hizo en un tránsito, pero por mar), pues ya muchos autores lo expresaron. Pero sí quiero señalar la provisionalidad, el azar, la hospitalidad, el descanso, la cercanía que produce "pasar" por un sitio desconocido a algo más seguro, que es el fin del viaje. Desde Jorge Manrique hasta Antonio Machado se ha plasmado la imagen del hombre como viajero. Y este blog pretende que nos encontremos, "ligeros de equipaje", en esta parada y fonda virtual, que no virtuosa. Hasta pronto.

viernes, 11 de noviembre de 2016

FRANCISCO NIEVA



(Por encargo del Ministerio de Cultura, escribí este artículo para su Anuario Teatral 1997, editado y disponible en el Centro de Documentación Teatral. Se nos acaba de ir Francisco Nieva el 10 de noviembre. Antes se marcharon el gran iluminador Josep Solbes y aquel gran actor que era Paco Maestre, que bordó el papel de “corifeo” del Ciego en la “reópera” de Nieva.)




“PELO DE TORMENTA”, ACONTECIMIENTO ESCÉNICO



El estreno de Pelo de tormenta (20 de marzo de 1997), "reópera" de Francisco Nieva, llegó precedido de mayor curiosidad, si cabe, de la que siempre suscitan las obras del autor manchego. El nuevo Director del Centro Dramático Nacional, Juan Carlos Pérez de la Fuente, acariciaba el sueño de estrenar Pelo de tormenta desde sus tiempos como alumno de Nieva en la RESAD, y eligió dicho título para mostrar su primer trabajo como director de escena en el Teatro María Guerrero, de Madrid, tras la profunda renovación de su escenario. Esta obra escrita en los primeros sesenta como posible libreto de ópera, publicada en los primeros setenta, pero después vetada por la censura y, por tanto, desconocida en los teatros comerciales (aunque sí en montajes de aficionados) ofrecía, pues, novedades sobradas para

crear expectación. 
Conscientemente, Pérez de la Fuente asumió retos y riesgos, sumados al hecho de que las obras de Nieva, sin olvidar montajes de José Luis Alonso y William Layton, han puesto en un brete a directores famosos. Que Pelo de tormenta no se hubiera estrenado aún en la democracia, siendo obra tan temprana y magnífica del autor, habla de sus dificultades. Pelo de tormenta es, como dice en ella el Ciego de la Guitarra de Pino, una "festosa reópera, género intemporal, difícil y caro", "auto sacramental al revés" (Nieva), "gran carnaval" (Pérez de la Fuente), retablo de maravillas donde se ironizan los tópicos y tabúes del español en religión y en sexo, como castradores o liberadores, respectivamente. O, considerando al ciego- corifeo como hilo conductor de la historia, una "aleluya" voceada por esquinas, cuyo cartelón permite animar sus viñetas, al tiempo que se anuncia su venta, como por magia.

Toda la sala del María Guerrero (escenario, patio de butacas, palcos...) fue convertida en espacio escénico helicoidal: una mezcla de coso taurino, patio de vecindad, corral de comedias, plaza de pueblo, pista de circo, huerta de convento, pozo réplica del que sirve como cueva subterránea al Mal-Rodrigo, ese dragón que tiene confundido y fascinado al pueblo de Madrid y cuyo voraz apetito no se sacia sino con mozas de buen ver. Al prescindir del escenario a la italiana, el público entraba hasta su localidad por vericuetos y gradas casi iniciáticos, creándose un inquietante clima previo de prodigios y extrañezas por contemplar. La gran ceremonia barroca se transmutaba en sainete pues se avisaba, desde el comienzo, que "se va a armar la gorda". Después, el espectador podía ver, cruzando su mirada por los lugares de la acción, cómo sus propios contemporáneos aparecían de telón de fondo entre humos, alguaciles, penumbras, majas, planetas, vencejos monaguiles y obispos, como parte integrante de un lienzo disparatado o de una caricatura de Goñi. Desmesuradas tocas monjiles de ayer, superpuestas a

corbatas de hoy. Acabadas las letanías de santos insólitos, no está de más oír un fandango popular o la seguidilla del sacristán sarasa. 
Más aún, presenciar la función desde diferentes ángulos -como hizo quien firma-, ofrecía perspectivas nuevas cada vez. No obstante, y en primer término, Pelo de tormenta es uno de los más brillantes textos de nuestro teatro contemporáneo. En él se dicen, vocean y cantan, las transgresiones más insólitas del lenguaje: paradojas, ultracorrecciones, metáforas, neologismos, bordan réplicas y acotaciones convirtiendo su lectura en un ejercicio de hallazgos tan fascinante como el tapiz drapeado que el monstruo despliega sobre las tapias de las monjas Sublimitas.

Para la puesta en escena, el director eligió un equipo artístico no sólo de gran calidad, sino muy próximo al universo estético de Nieva. José Hernández, pintor, escenógrafo (que ya está decorando el Cielo), figurinista e ilustrador de prestigio

internacional, captó la truculencia barroca y neoclásica en un Madrid de ensueño, muy antiguo y muy apocalíptico. El cartel anunciador, también obra suya, resultaba sobrio e impactante. Los figurines de Pedro Moreno, realizados por Eva Arreche y Rafael Garrigós, aportaron un vestuario deslumbrante, imaginativo, ribeteado de humor. 
Josep Solbes, frecuente colaborador del director de la obra, afrontó dificultades que parecían insalvables, gracias a su buen hacer y al uso de aparatos no convencionales. La música de Manuel Balboa y la coreografía de Ramón Oller, dos profesionales con una larga ficha de trabajos y premios, convirtieron Pelo de tormenta en esa "reópera" inventada por Nieva, llena de música y movimientos muy españoles y muy cosmopolitas. Juan Carlos Pérez de la Fuente, al dirigir el grupo de más de treinta actores pareció tener por brújula eso que distingue a Nieva y que Angélica Bécker ha destacado: la actuación realista de teatro, nada difícil para el actor español (la tradición gestual del drama barroco y romántico y el desparpajo del "género chico") sostenida en dos actitudes aparentemente opuestas: identificación con el papel y distanciammiento del personaje.
Paco Maestre, actor muy experimentado en la obra de Nieva, bordó un Ciego perfecto, la profesionalidad de Juan Carlos Martín se puso a prueba en un dificilísimo Sacristán Raboso, la veteranía de Pilar Bardem interpretando a la beligerante abadesa, al frente de un coro de monjas a cuál más disciplinada y sorprendente. 
El papel de la duquesa, "guapa. tonta y popular", fue estrenado por Rossy de Palma, actriz que cumple el último adjetivo y cuya personalidad daba el tono surrealista al papel, luego interpretado por Carmen Conesa en perfiles más aristocráticos y musicales. Ceferina, la maja desdeñada por el monstruo, fue encarnada al principio por la temperamental Agata Lys y, después, por Isabel Serrano, 
y Alfonso Vallejo compuso un estupendo alguacil. Todo el elenco funcionó como reloj sin fallos en una complejidad de luces, oscuros, golpes, pirotecnias, caídas, máquinas y trampas, en ocasiones de notorio riesgo físico. Desde la manipulación subterránea del Mal-Rodrigo (por Trajano) a la ascensión a los cielos del Santo Obispo (Fernando Chinarro), pasando por el Enano Deletéreo (Emilio Gavira), sin olvidar efectos especiales en vivo y la música en directo, puede afirmarse sin exageración que Juan Carlos Pérez de la Fuente dio volumen y fantasía a la partitura teatral de Nieva. 
Como el Sebastián de
La historia interminable, el espectador se sentía inmerso en la aventura, casi tentado de participar en el bailoteo general.


La elección de la obra no pudo ser más oportuna. Han pasado suficientes años para que el público de hoy pueda mirar con una sonrisa benevolente la trinidad temática de Nieva: España, religión y sexo. Y, sin embargo, la obra se presta a una lectura actual enriquecedora. No parece que el catolicismo, hoy, constituya una obsesión para el "españolito" de a pie, que sabe gozar ante una parodia como esta,

estrenada por azar en vísperas de Semana Santa. Por otro lado, "religiones", héroes, mitos y supercherías le fascinan ahora: el consumo disparatado, el enriquecimiento rápido y fácil, una inculturización progresiva, un Olimpo de nuevos dioses y diosas...

Por algún motivo inquietante, autor y director retocaron el final de la obra. La ruina del edificio (del teatro y del mundo), el largo aburrimiento a que estamos condenados tras la desaparición del monstruo, se debe a que, como ahora dice la derrotada abadesa, el mundo ha cambiado de dueño, que es peor aún en este final de siglo. La mirada muda de los actores hacia el público quedaba como útima instantánea de esa linterna mágica, esperando una respuesta activa y abierta.

La crítica fue sensible al esfuerzo y al resultado escénico: "Pocas veces el Centro Dramático Nacional ha sido tan centro y tan dramático y tan nacional como en esta representación de uno de los máximos autores de la segunda mitad del siglo XX". (J. Siles, ABC dominical, 25 de mayo); "uno de los mejores espectáculos teatrales que se han visto últimamente en España, y no sólo por la espléndida conjunción que ha logrado Pérez de la Fuente entre sus actores, la música, el movimiento, la escenografía, la misma y sorprendente transformación de la sala." (V. Molina Foix, El País, 22 de abril); "Es un montaje modélicamente espectacular, de los que se recordarán durante años" (J. I. García Garzón, ABC, 21 de marzo); "la palabra de Nieva, que tan bien ha apresado Pérez de la Fuente, es poética y profética; barroca, suntuosa, popular; coral y enjoyada" (J. Villán, El Mundo, 21 de marzo); "Estamos ante un espectáculo a la par visual y coral, que ni es un drama ni es una ópera. Que es una "reópera", o sea, lo que cualquiera de los chulos que se agitan en la gran plaza simbólica diría que es la releche" (L. López Sancho, ABC, 13 de octubre); "un montaje lleno de sabiduría, de conocimiento y de desentrañamiento, por qué no decirlo, inesperado y gratificante, a la altura de lo que debe esperarse de un Centro Dramático Nacional" (E. Centeno, Diario 16, 22 de marzo). El espectáculo gozó del aplauso del público hasta llenar continuamente butacas y graderíos, y se obtuvieron los siguientes galardones: dos premios a la dirección escénica de Pérez de la Fuente ("LA CELESTINA" y "ADE"), premio "ADE" a la escenografía de José Hernández, premio SGAE a la mejor composición musical para obra teatral (Manuel Balboa), dos premios "MAX": al mejor figurinista (Pedro Moreno) y al mejor actor de reparto (Francisco Maestre). El director, los técnicos y los intérpretes participaron en debates con los Colegios Mayores de Madrid, universitarios cada vez más inclinados al teatro. Por último, el Centro Dramático Nacional mostró en una exposición el proceso del montaje y editó un cuaderno pedagógico con información y esquemas útiles a profesores y alumnos. Sólo un espectador no pudo asistir físicamente a un estreno que le hubiera hecho feliz: Moisés Pérez Coterillo, cuyas palabras escritas y entusiasmo por la obra resultan inolvidables. Quizá el Santo Obispo de Alcalá de los Mares Secos, tras su muerte y asunción a los cielos, le refiriera el éxito con pelos de tormenta y señales de incienso.

(Escenas de Pelo de tormenta, de Francisco

Nieva. Fotos: Chicho. Centro de Documentación Teatral)

jueves, 6 de octubre de 2016

"PÍNTAME", EN EL ALFIL



Mientras esperaba el comienzo de la función en el Teatro Alfil, sentado en la primera fila por deferencia del productor Eduardo de los Santos, recordaba la noche del 28 de noviembre de 1975, con Franco recién enterrado y yo, estudiante de Filología Hispánica, asistía al estreno de Historia de unos cuantos, de José Mª Rodríguez Méndez, en la fila siguiente a donde se sentaban Massiel, Patxi Andion y otros. En la puerta, algunos coches de policías, los “grises” de entonces. La obra no merecía tal despliegue de fuerzas de seguridad, pero eran tiempos de imprevistos y sobresaltos.

   He acudido más recientemente al Teatro Alfil, que sigue resistiendo la crisis con una variedad de obras, autores, actores… todos ellos jóvenes, que lo mantienen como uno de los espacios más dinámicos y frescos de la ciudad, con una situación privilegiada en el corazón de Madrid. Ahora, las butacas rodean sendos veladores donde se puede consumir una cerveza o un refresco, a modo de café-teatro. En la tarde del 2 de octubre asistí al regreso de Píntame, comedia de David Ramiro Rueda, que también él ha dirigido, desde su estreno en Madrid y su rotación por varios escenarios españoles, recogiendo el aplauso de unos 10000 espectadores. Es la quinta temporada para la obra. La producción corresponde a SerieTeatro Talent. (Ya podemos adelantar que el 28 de octubre, David Ramiro Rueda celebrará el preestreno de su segunda obra: La cicatriz, en la sala principal de los Teatros Luchana de Madrid, contando de nuevo con la actriz Adriana Salvo). Es una tarde de amable otoño, con gente joven esperando a la puerta del teatro donde lucen carteles de obras, algunos con rebosantes bellezas ligeras de ropa, justo enfrente de un convento de monjas de clausura. Ora et labora, que dijo el otro.


En Píntame, dos jóvenes (Gonzalo y Diego) que comparten piso, entran en contacto con Elena. Diego, experto en juegos informáticos y de Internet, logra que, sin saberlo ellos, Gonzalo y Elena lleguen a conocerse por una “casualidad” que Diego ha preparado por su cuenta a través de una red social, haciéndose pasar por Gonzalo. Surge el amor entre aquéllos. Ella se instala en el piso y Diego se marcha, pues parece no soportar la intromisión femenina. Pero la vida es una mezcla de azares, y crea situaciones y sentimientos imprevistos, del mismo modo que los colores de una acuarela, mezclados, proporcionan tonos y matices que enriquecen el cuadro. De esto sabe bien Elena, pintora aficionada y abstracta que no logra el éxito perseguido con afán. Gonzalo, tierno y tímido, pintor de brocha gorda, también descubrirá que el arco iris va más lejos que el blanco “gotelet” de las paredes. Diego tendrá que asumir que el juego fue demasiado lejos pues el rojo corazón le gastó una mala pasada. Los tres acabarán aprendiendo algo nuevo en sus vidas. Y por encima del amor entre Gonzalo y Elena, aletea un amor sublimado de Diego por su amigo.

En una escenografía extremadamente sobria, por lo general ambientando el apartamento de los dos muchachos, la palabra ágil y rápida (especialmente de Elena) va creando situaciones de una comedia con “pinceladas” de humor, que camina hacia tintes dramáticos pero que, al final, deja la puerta abierta a la esperanza, la felicidad y la fidelidad a los principios. Es una obra optimista en la que muchos jóvenes se sienten identificados.


Los tres intérpretes están espléndidos en sus respectivos papeles. Adriana Salvo compone una Elena vivaz e inquieta pintora que lucha contra los elementos del fracaso para llegar a realizarse en su profesión. Es, tal vez, el personaje que menos ha de evolucionar en la obra. Iker Azcoitia, en un Diego vitalista (y tan versátil como el propio actor) al que la realidad le irá bajando los pies hasta tocar el duro suelo. Jon Rod, el tímido, generoso, decidido y consecuente en un Gonzalo muy personal que llenaba de luz todas sus escenas. Todo un descubrimiento para mí. El y sus dos compañeros nos hacían reír y, en los últimos momentos, reflexionar y sentir con ellos.

Una tarde de septiembre, pintada por ellos con la paleta del otoño.