SAMARKANDA

SAMARKANDA
Bienvenido al karavansar. No por casualidad he llamado así a mi blog, puesto que en alguna lengua de Oriente se llama de este modo a la posada, la pensión, la fonda, donde descansar antes de seguir el camino. Decir que la vida es un tránsito no es descubrir América (que también se hizo en un tránsito, pero por mar), pues ya muchos autores lo expresaron. Pero sí quiero señalar la provisionalidad, el azar, la hospitalidad, el descanso, la cercanía que produce "pasar" por un sitio desconocido a algo más seguro, que es el fin del viaje. Desde Jorge Manrique hasta Antonio Machado se ha plasmado la imagen del hombre como viajero. Y este blog pretende que nos encontremos, "ligeros de equipaje", en esta parada y fonda virtual, que no virtuosa. Hasta pronto.

sábado, 30 de marzo de 2013

SEMANA SANTA INCOMPLETA

En la mayor parte de las ciudades, las procesiones de Semana Santa concluyen con la del Santo Entierro. Después de ella, volverán a sus altares las imágenes de Vírgenes Dolorosas, de Jesús Nazareno, Crucificados y Cristos yacentes. Los tronos, palios, mantos, túnicas... regresan a sus armarios, hasta el año próximo. Por eso, la Semana Santa, así contemplada, refiere en las calles de modo iconográfico la historia de un fracaso. Un rebelde que paga con su vida un mensaje de salvación. No hay más horizonte. Por mucha imaginación que le pongamos, por todas las saetas, lágrimas conmovedoras y penitencias que añadamos, no tiene vuelta de hoja. Y, sin embargo, religiosamente, evangélicamente, no es así. Sin la Resurrección, la Semana Santa no tiene sentido. Nos pasa como a los discípulos que, desde Getsemaní hasta el Calvario, lloran, se esconden, temen, se conmueven por su Maestro. Será a partir del tercer día cuando comiencen a comprender, cuando el Resucitado dé un giro de ciento ochenta grados a todo lo que creyeron y entonces, ellos mismos estén dispuestos a predicar y dar testimonio con sus propias vidas.
Por ello, bastantes cofradías se han creado ya y sacan sus imágenes el Domingo de Resurrección, con o sin la compañía de imágenes de la Virgen vestida con un manto blanco o azul. Porque Jesús, ya sin sangre ni escupitajos, sin corona de espinas, sin clavos, sin vendajes y sudarios de muerto, debe manifestarse ante los fieles desnudo, en su plenitud hermosa, inocente, liberada, exultante de vida de quien ha triunfado sobre la muerte y el pecado. Como un héroe olímpico de aquellos que sublimaban los griegos en sus estatuas. "¿Dónde está, muerte, tu victoria?", pregunta San Pablo a los Corintios en su primera carta. Jesús ha vencido en combate a la muerte perpetua,  a la que todos estábamos condenados. Jesús ha resucitado ¡Aleluya!.

martes, 26 de marzo de 2013

SOLEDAD SONORA

No soporto a esos músicos que invaden los vagones del Metro interpretando músicas de salsa o boleros a todo volumen que salen de unos aparatos rodantes a modo de karaoke. Impiden al viajero pensar, leer o conversar si viaja en compañía. Sin embargo, siento una admiración llena de ternura por esos músicos que, en las galerías del mismo Metro o en las calles, tocan sus instrumentos sin molestar, a veces con su violín desgastado o su acordeón superviviente de países y lenguas lejanas. Me da igual si interpretan las CZARDAS de Monti con su modesto instrumento de cuerda, una melodía parisina con su nostálgico acordeón, o un jazz de poca monta al saxo. A todos ellos suelo dejarles monedas lo más generosa que permita mi maltrecha economía. Echo de menos en las calles de Madrid, los famosos organillos que, a veces, se pueden escuchar en verbenas veraniegas del Madrid castizo. El ayuntamiento debería fomentar la música callejera de organilleros en el centro como una atracción turística más, sin duda, atractiva. No deberíamos dejar morir al chotis, un ritmo tan chulapón y pinturero. En ocasiones, me quedo con la curiosidad de saber qué hay detrás de esos maduros intérpretes (bastantes de ellos muy buenos), con rasgos de la Europa del Este. De qué filarmónica habrán descendido hasta los sótanos metropolitanos de Madrid. Pero la interrogación se me queda siempre en el aire por timidez, por no molestarles y, cómo no, para no herirles en su dignidad. Detrás de cada instrumento musical, existe una persona con su propio pentagrama. Quizás ese violín o ese acordeón sean su confidente, su paño de lágrimas, la sola compañía en una soledad sonora.

jueves, 21 de marzo de 2013

TERMITAS


Según ciertas crónicas, hubo un tiempo en que una ardilla podía cruzar la Península Ibérica sin necesidad de tocar suelo, saltando de árbol en árbol. Una hipérbole que me permito lanzar es que, hoy día, nadie puede atravesar España, desde Cadaqués hasta las marismas del Guadalquivir sin dejar de oler basura moral por todos los territorios. Políticos, sindicalistas, empresarios, banqueros, gobernantes de casi todos los partidos y niveles en esta red compleja, innecesaria e inexplicable que se ha convertido el Estado… llenan de estiércol los tribunales donde no todos los jueces están libres de sospecha. En mayor o menor medida, desde algún miembro de la Familia Real hasta el último y humilde Guardia Civil, la sospecha se ha extendido como epidemia por todas partes. Evasiones de capital, “tapabocas” en forma de billetes, sobres bajo cuerda. Bolsas negras llenas de dinero tan negro como sus conciencias, procesos judiciales que se alargan hasta su inmediata caducidad, como los yogures. Sentencias, testimonios, perjurios, indultos como ejercicios de prestidigitación… Y, mientras tanto, las cifras del paro, las familias deshauciadas, los ancianos, niños y urgencias faltos de rápida asistencia… El informe anual de CARITAS pone los pelos de punta. Los pobres (cada día más) son más pobres. Los ricos (cada día menos) son más ricos.
A los ciudadanos nos convencieron de que podíamos vivir, por un módico alquiler, en una enorme casa llamada España, donde todo era bucólicamente perfecto. Con apretar unos botones del cajero automático, con echar unas firmitas en un papel de la entidad bancaria te salía el dinero para un piso, un crucero de verano, un cursillo en Irlanda para los niños, unos teléfonos móviles de última generación, un televisor de plasma, incluso para una segunda vivienda en la playa o en la montaña,... un subsidio de dinerito público para completar el trabajo privado “en negro”. Lo que a nadie dijeron es que bajo los suelos de maderas finas de la “casa España”, cubiertos de mullidas alfombras clásicas y moquetas de diseño, trabajaban unas voraces termitas en la oscuridad, que se iban comiendo la madera. Unos suelos de nogal, terebinto, ébano, boj, cedro, naranjo,… Los ciudadanos residentes de la casa, todos ellos “españolitos” de a pie, no podían escuchar el ruido de las termitas porque atronadores equipos de música y enormes pantallas de televisión ofrecían bailes incesantes, imágenes de ligas y campeonatos sin cesar, programas de “realismo sucio” donde se vendían intimidades, cuerpos y almas sin descanso.
Poco a poco los suelos comenzaron a crujir. Las primeras inquietudes de los residentes fueron rápidamente soslayadas por los medios informativos: “esto es cosa de cuatro días, de cuatro gotas de agua, todo está seguro”. Pero las tarimas siguieron crujiendo y ya nadie se creyó el cuento. La mansión se hundía. Los dueños de la casa echaron la culpa a los usufructuarios y éstos a la gestoría del contrato, que, a su vez, señaló a la agencia de alquiler. Estos reaccionaron a tiempo acusando a la compañía de seguros, que había desaparecido del mapa. El caso es que los inquilinos se hundieron en un socavón inmenso, como un volcán al revés, que engullía muebles, televisores, documentos y, finalmente, a ellos mismos. En una playa lejana del Caribe, donde los bancos saben guardar los secretos de las cuentas bancarias, unos miles de golfos y golfas pasaban sus días de esplendor en la hierba. También las erupciones del Vesubio pillaron de sorpresa, plácidamente dormidos, a los habitantes de Pompeya.

lunes, 18 de marzo de 2013

PAPA FRANCISCO

Una vez más, la elección del nuevo Papa me pilló de sorpresa. Una sorpresa muy agradable al tratarse del primer no europeo de la Historia, de habla hispana y jesuita, por más señas. Los primeros gestos del nuevo Pontífice han sido acogidos con entusiasmo: su gesto afable, su humildad, sus espontáneos abandonos del protocolo, etc. han creado una imagen de persona asequible, decidida, cariñosa... una personalidad muy diferente a Juan Pablo II y a Benedicto XVI, aunque en ciertos gestos me recuerda al efímero Juan Pablo I. Cada papa aporta su "carisma", su sello personal, como suele decirse.
No obstante, yo espero de él mucho más que una cruz pectoral de hierro, en vez de oro, sobre su pecho. Espero un retorno al Concilio Vaticano II en muchos temas que han sido "sepultados", como potenciar de nuevo las Conferencias Episcopales, unos nombramientos episcopales más selectos y menos "sumisos", un abrir ventanas a la investigación teológica y bíblica, y un auténtico diálogo con el mundo de hoy. Revisar temas como el uso de la píldora, la adecuación de la liturgia a un mundo en cambios rapidísimos, etc. En cuanto a la mujer, abrir espacios para su real colaboración. Por hacer una propuesta, no creo que fuera un disparate que accediera al diaconado, por lo menos. La Iglesia jerárquica no debería hablar de libertad a muchos regímenes políticos, cuando dentro de ella no existe ninguna libertad de opinión, sin que te venga rápidamente un emisario del señor obispo.
En cuanto a los gestos del Papa Francisco, pronto tendrá que asumir que algunos de ellos no sólo ponen en peligro su vida (los Papas últimos han sufrido atentados) sin necesidad, sino que el gesto de ver al Papa un día sí y otro también por las calles de Roma o por las del Vaticano, trivializaría su figura, un desgaste de imagen que tampoco sería muy positivo. Le guste o no, es el Papa de todos los católicos del mundo (no el arzobispo de Buenos Aires) y, por si fuera poco, un Jefe de Estado.
Dejemos, por tanto, un tiempo prudencial para que se informe de asuntos graves y urgentes, como parece ser el estado de la Curia y qué cambios realiza. Y, si fuese necesario, que convocara un Concilio. Porque tengo para mí que los cambios que necesita el Vaticano no los puede hacer él solo ni siquiera con la ayuda de un puñado de buenos colaboradores.
De momento, le deseo larga vida y fortaleza al Papa Francisco.

lunes, 18 de febrero de 2013

PICARESCA

El gitano ha aparcado su furgoneta en la calle sin poner tarjeta de estacionamiento y está bajando las cajas de su puesto ilegal de frutas junto a la entrada del metro. Al lado de la furgoneta se detiene un coche de la policía municipal. "Se te va a caer el pelo con las dos multas", pienso para mis adentros. Se baja del coche uno de los dos policías. Abre el maletero. El gitano introduce dos cajas de kiwis en él. El policía lo cierra, se monta de nuevo en el vehículo, que arranca y se va. Me quedo perplejo. Más abajo, otro gitano vende en su kiosco flores desde hace tiempo. Tiene aparcada su furgoneta, también sin ficha de aparcar. La vigilante municipal sube por la acera y llega hasta el vendedor, que le regala dos rosas. La vigilante ni se molesta en comprobar que esa furgoneta carece de tarjeta de aparcamiento. Y es la misma celosa trabajadora que acude presurosa a multar coches particulares que no la tienen. La inclinación a ser corrompidos va desde el político más encopetado hasta el anónimo ciudadano.
Voy a escribir una maldad, pero me viene rondando la cabeza: yo creo que, de algún modo, robo y corrupción están relacionados con el catolicismo, donde la moral (o "moralina"), se fijó secularmente en el sexo, dejando a un lado la ética en la administración pública o en los negocios privados. En cambio, en los países protestantes, la ética en el trabajo ha sido fortísima. Y la prueba está en que los países donde se mantiene una honradez pública en política y negocios son mayoritariamente protestantes.
Sin tener que remontarnos a sesudos estudios sobre la relación entre el protestantismo y el capitalismo, en su vertiente de ética de los negocios y del comercio (comenzando por Max Weber), sí podemos recordar cómo el catolicismo (especialmente mediterráneo), se fijó más en los aspectos litúrgicos, rituales (la práctica de la Misa dominical, la confesión periódica y las devociones), así como en una moralidad de sexto y noveno mandamientos. Solía decirse de un buen hombre que era "de Comunión diaria" o de "la Adoración nocturna" o de una cofradía. Pero si era empresario, pocos valoraban su justicia o injusticia social. Incluso en la confesión, se acusaban de no ir a Misa o de ser infiel a su mujer, pero rara vez, por no decir ninguna, de estar pagando sueldo(s) mísero(s) a sus empleados. Si a ello añadimos la vertiente "picaresca" del carácter español, que produjo todo un ciclo de narrativa y de tipos populares, nos explicaremos bastante bien el panorama de hoy.
Hace unos años, subía yo por una acera hacia la entrada de la Alhambra de Granada. Por la paralela descendían un ciego y un niño que mendigaban. El chavalillo cruzó para pedirme algo. Le di una moneda de un euro. La guardó en su bolsillo y volvió hasta el ciego, que le interrogó mientras seguían bajando. El muchacho respondió: "No m'ha dao ná". Puro LAZARILLO DE TORMES redivivo, pensé yo.

miércoles, 23 de enero de 2013

EL HOMBRE PARADOJA

Posiblemente haya sido el hombre más pintoresco que he conocido en mi vida. Muchos recordarán sus frases, fruto de metáforas, hipérboles, comparaciones que han divertido a alumnos y conocidos. Su imaginación para crearlas (aunque respondiendo a clichés repetidos) lo hubieran convertido en un importante poeta satírico, en autor celebrado de epigramas, si se hubiera dedicado a ello. Pero era imposible mantenerlo atado a un sillón escribiendo. Era fugaz como una estrella que huye de la constelación. Incluso sus muchísimos viajes consistían en un trotar de ciudad en ciudad, de monumento en monumento, resumiendo al final todo ello en un garabato gráfico. Se escapaba cuando la conversación se deslizaba hacia terrenos que no le interesaba tratar: su propia personalidad, su carácter, sus excesos, sus complejos. Tuve la suerte de conocer a la familia y el ambiente en que nació y se crió. Me contó muchas cosas de sus antepasados, pero ninguna de sí mismo. Por desgracia, fui testigo de alguna anécdota suya un tanto incómoda. La descripción más fácil sería definirlo "como una cabra". Otros, más científicos, optarían por esa expresión tan de moda: bipolaridad. Pero no. Es todo más sencillo. Para Freud hubiera sido un caso bastante fácil.
Había nacido en el seno de una familia de burguesía adinerada. El hijo menor de varios hermanos. Tal vez el "ojo derecho de su madre", a la que idolatraba sin reconocerlo. Su vida transcurrió queriendo "ser diferente" a sus hermanos, incluso superior a ellos, hasta que el intento evidenciaba la imposibilidad,  un juego que se le disparó, lo alejó de su familia (un alejamiento buscado por él una vez que no lograba ocupar el puesto ambicionado)  y lo convirtió a él mismo en víctima de su propio papel, en prisionero de su carcasa, en máscara sin carnaval. Su vida fue una lucha violenta interior entre lo que era y lo que quería ser. Y pretendió resolver el dilema creando ese personaje célebre que lo acompañó desde su juventud. En caminar por la existencia arrastrando la pesada carga de su verdadero "yo", como la tortuga soporta a su caparazón. Se evadía de sí mismo por todos los medios posibles, saltando de lado a lado entre dos abismos. Varias veces estuvo a punto de precipitarse en el vacío, logrando sobrevivir cada vez más maltrecho. Y para no ser objeto de observación, disparaba a diestro y siniestro una artillería verbal, a veces hiriente y sarcástica, a veces ingeniosísima, sobre los demás. Todo valía para alejar el foco de atención cuando amenazaba iluminar los entresijos de él mismo.
Cuando llegó el momento de la verdad (enfrentarse a un cáncer en estado muy avanzado), sorprendió a todos los que le rodeaban con una gran serenidad. Era como el actor veterano, el payaso enfermo que, una vez en el camerino y mirándose por fin en un espejo, decide que ha llegado el momento definitivo de quitarse el maquillaje, la máscara, y abandonar para siempre el escenario. Al comentarle yo lo tranquilo con que veía llegar su previsible futuro inmediato, me dijo: "Es una cuestión de dignidad. Sólo pido no sufrir en los últimos momentos". Ahora sólo me resta su recuerdo eligiendo los capítulos positivos entre tanto borrón y cuentas nuevas. Ahora habrá comprendido que dilapidó parte de su vida intentando ser "el otro", ignorante de que Dios lo aceptaba como él era: el hombre paradoja.

lunes, 21 de enero de 2013

BAJAR LOS HUMOS

Cuando comento en mi entorno que he bajado el número de cigarrillos diarios, desde veinte (de Marlboro normal) a diez o menos (de Marlboro corto), casi siempre escucho la misma respuesta: "Así no se deja de fumar. O se suprime del todo o con ese sistema no conseguirás nada".  Dan por supuesto que yo pretendo dejar el tabaco, lo cual no es cierto. Yo no quiero dejar de fumar, únicamente deseo mantener un consumo diario sostenible desde el punto de vista económico y, sobre todo, de la salud. Ya me daría yo con un canto en los dientes si logro dejarlo en tres o cuatro cigarrillos diarios. Como mi método, hasta ahora, me va dando buenos resultados, voy a explicarlo aquí por si alguna persona más se anima.
Lo primero de todo es no obsesionarse con el asunto ni pensar demasiado en ello. Yo aconsejo retirar la cajetilla, el mechero y el cenicero de las habitaciones donde se trabaja, se vive o se duerme. "Ojos que no ven, síndrome que te evitas". Yo tengo una minúscula terraza cerrada en mi habitáculo y he evitado que huela a tabaco en él. Aparte de que salir a fumar a esa terraza, con un poco de ella abierta para echar el humo fuera, con el frío que hace, no me anima demasiado a interrumpir lo que esté haciendo.
El segundo paso, muy importante, es organizar el consumo diario de cigarrillos, portando cada mañana en la cajetilla o en la pitillera el número fijo de ellos para la jornada. Y esa cantidad, mantenerla durante el tiempo necesario, sean semanas o meses, hasta que el cuerpo se habitúe. O sea, no fumar "sin ton ni son". Después ir bajando lentamente el número de cigarrillos diarios sin cambiar la cantidad de cada mañana en la cajetilla. Por ejemplo, cuando yo estaba introduciendo quince de ellos cada mañana en una pitillera o en un paquete controlador, ya habia alcanzado la cantidad de trece o de doce consumidos cada día. Eso anima bastante para el descenso del consumo. De este modo, al ir a acostarme, podía comprobar con cierto gozo que caminaba en la buena dirección.
En definitiva, se trata de acostumbrar el cuerpo a un rito cada vez de menor presencia en la vida cotidiana. Ir fijándolo, por ejemplo, a los momentos de sobremesa o de un café. El cuerpo acaba por acostumbrarse a todo. Y si alguna vez se sienten ganas de fumar, ocuparse en otra cosa, retrasarlo lo más posible. El síndrome desaparecerá en unos minutos.
También ayuda evitar los cafés o bebidas excitantes. Antes tomaba seis o siete al día. Ahora no pasan de dos y otra innovación: en mi cafetera pongo media ración de café molido normal y la otra media de descafeinado. Eso, sí: ambos de muy buena calidad.
En los momentos en que escribo esto, me encuentro en las semanas de los doce cigarrillos que coloco cada mañana en la pitillera. Puedo reconocer que sin gran esfuerzo he alcanzado la cantidad de nueve o diez fumados al cabo del día. Mi alegría por las noches, al ir a acostarme, es grande. He llegado a la mitad del camino. Y ahora, con el permiso de ustedes, voy a echarme el pitillo último, el que hoy hace número nueve del día. Que ustedes pasen una buena noche.

jueves, 6 de diciembre de 2012

RÉGIMEN

Según mis últimos análisis, tengo un poquito elevados el colesterol, el ácido úrico y las transaminasas. No en cantidades preocupantes, pero sí el médico me ha puesto un régimen de comidas y unas pastillas. Observando las tres dietas ("tres eran, tres, las hijas de Elena, y ninguna era buena"), resulta que puedo comer poquísimas cosas, salvo verduras, pescados y frutas. O que no debo tomar ciertas cosas como carnes rojas, cerdo, huevos, mariscos, vinos tintos de crianza, bollería industial etc. Mirar en Internet esto de mis tres dietas es una locura: en cada web dicen una cosa. Es como el cuidado de mis orquídeas. En unos se dice lo que hay que regar y cómo pero no coinciden unos autores con otros. Pues igual sucede con el colesterol "malo", el ácido úrico y las transaminasas. En lo que sí se pone todo el mundo de acuerdo es en hacer ejercicio, en dar caminatas. Así que hice acopio de ropa deportiva suficiente y a caminar se ha dicho (cuando puedo) arriba y abajo de la avenida de la Ilustración, o por el vecino Parque Norte, o por la Dehesa de la Villa, trasladándome hasta allí en mi viejo R-5 color melocotón, pues aunque tiene muchos años y pocos kilómetros (está muy bien conservado, como el dueño), conviene hacer kilómetros por su colesterol. O sea, su batería.
Son muchas las personas que caminan o corren, especialmente los fines de semana. Por la avenida de la Ilustración hacen su "ejercicio" personas mayores, algunas muy mayores, unas solas o acompañadas por empleados y empleadas de rasgos iberoamericanos. Otras, en cambio, son parejas de matrimonios que viven apoyados el uno en el otro, recordándome a mis padres. Un grupo de jubilados que juegan a la petanca. En cambio, por la Dehesa de la Villa abundan más bien jóvenes corredores con mallas ceñidas, auriculares, zapatillas de marca. Algunos días se cruza conmigo la jubilada recepcionista con su enorme perro que la comprende como nadie. O el ex-ministro de corta duración, que lleva a su lado al joven amigo y, según dicen, igualmente joven amante. El político se conserva muy bien. Le favorece el cese. O el amante, vaya usted a saber. El grupo de cinco amas de casa, de mediana edad, camina rápidamente intercambiando formas de cocinar, de planchar, y hasta de eludir a la gruñona suegra. La Dehesa de la Villa es un lujo vegetal y humano, siempre interesante y diverso según las horas, según los soles.
Hace frío pero el cuerpo siente calor. Las fuerzas se han renovado y hasta tomar una pastilla se vuelve gratificante.

domingo, 18 de noviembre de 2012

MI GENTE (VII) SERGIO

Todavía lo recuerdo cuando era un adolescente y ocupaba una plaza en mis clases de Literatura. Su pupitre coincidía en diagonal con mi mesa en una esquina del aula. El en un extremo y yo en otro. Me acostumbré a ver sólo su medio rostro vertical porque, dada su timidez, se escondía detrás del compañero que ocupaba el pupitre delante de él. Por eso, cuando quería verlo, y hacerle vencer esa timidez característica, lo sacaba a la pizarra y allí, de pie, le preguntaba el tema o el comentario encargado. Después, nos fuimos del Colegio. El a otro lugar y yo a otro cargo. Pero el azar (siempre mejor que una cita), nos llevó a encontrarnos algunas veces. Él, camino de su gimnasio y yo, camino de cualquier gestión en la Ciudad Universitaria. No cambiaba su aspecto. No cambiaba su carácter. No cambiaba su sonrisa. Nuevamente la vida nos ha acercado. Seguimos siendo los mismos. No exterioriza sus emociones, pero yo las percibo. Yo exteriorizo emociones pero no todas. Su compañía es cómoda como un sillón anatómico. Su silencio es cómplice como el colega que comparte secretos no enunciados. Sus ausencias no lo son, porque "está ahí", escondido ahora en los pliegues virtuales de Internet, sin perder ni ripio de lo que digo o escribo. Sus diálogos precisan una gramática. Su gestos necesitan otro diccionario.
Una de las muchas cualidades de Sergio es su dualismo, que él hace compatible sin esfuerzo alguno. Es capaz del perdón sin olvidar. Es posible que no pierda la sonrisa escondiendo un cabreo soberano. Es probable que parezca indiferente cuando está enormemente interesado. Es verosímil que sea amante y amado a la vez. Es factible que sea sin parecer y que esté fingiendo no estar. Vive en relación con el deporte y el cultivo del cuerpo aunque tiene sed de ampliar sus sentimientos y su espíritu (por eso se mantiene joven). Sabe combinar ser marido y amante, padre y amigo, amante y amigo, empresario y empleado, patrón y marinero. Mira una obra de teatro con el mismo interés que unas zapatillas deportivas. Goza y sufre a la vez sin demostrarlo. Tiene algo de flauta estrechísima y de acordeón que se abre. Y todo eso lo consigue porque vive la existencia sobre dos ruedas. De bicicleta, claro.

miércoles, 31 de octubre de 2012

FLORES (MARCHITAS) PARA ANTONIO MACHADO

En 1912 se publicó el libro más emblemático de Antonio Machado: Campos de Castilla. Aunque no me considero un admirador incondicional de su poesía, yo esperaba noticias de este primer centenario durante todo el año pasado. Pero un clamoroso silencio, salvo contadísimas menciones, ha pesado sobre el autor y sobre su libro. Y ahora, en vísperas llegar la primavera a los campos sorianos, me viene a la memoria el cementerio de Collioure donde yacen los restos de ese sevillano cantor de Castilla. Murió el 22 de febrero de 1939, tres días antes que su anciana madre, quien le había acompañado en aquel "último viaje" del destierro: "Y cuando llegue el día del último viaje,/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar". Esto había escrito premonitoriamente treinta años atrás. Se fue al exilio, como tantos miles de compatriotas desde los tiempos de los Reyes Católicos. Ninguna nación del mundo ha expulsado tantas veces, como España, a sus hijos "diferentes": moriscos, judíos, erasmistas, ilustrados, heterodoxos, afrancesados, liberales, demócratas, emigrantes... España no ha sido "mater et magistra", sino madrastra. "La madre en otro tiempo fecunda en capitanes,/ madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes." No hay que echar la culpa solamente al dictador de turno. Está, también, en un pueblo inculto, insolidario entre sí, autodestructivo. Un hilo fratricida ha cosido los retales de la historia hispana. Es España "un trozo de planeta/ por donde cruza errante la sombra de Caín."
Durante cuarenta años, Antonio Machado fue convertido en bandera política y social de un sector "culto" de la izquierda española. El famoso disco de Joan Manuel Serrat contribuyó a divulgar algunos de sus poemas, que han pasado ya al acervo popular. Llegó la democracia, con sus elecciones, sus dos cámaras, la Constitución de 1978, la alternancia de los diferentes partidos tanto en el ámbito estatal como en el autonómico, dilatándose en el tiempo hasta constituirse (en algunos casos) casi en regímenes imbatibles, la entrada en la OTAN (justamente por parte de quienes poco antes se oponían a ello), el ingreso en la Unión Europea, la cultura del bienestar, incluso del "pelotazo"... y, paralelamente, pero en sentido inverso, el progresivo olvido de Antonio Machado, especialmente por parte de quienes se consideraban "los suyos". Y, no obstante, en Juan de Mairena dice cosas políticamente incorrectas como: "Al hombre público, muy especialmente al político, hay que exigirle que posea las virtudes públicas, todas las cuales se resumen en una: fidelidad a la propia máscara. Decía mi maestro Abel Martín [...] que un hombre público que queda mal en público, es mucho peor que una mujer pública que queda mal en privado."
Pero que no cunda el pánico. Los jóvenes de ahora, convertidos en ágrafos de humanidades, letras y arte, es decir, de raíces, difícilmente van a acceder a párrafos como los que les dedicó don Antonio: "Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancia y colocar parientes Vosotros debeis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretender hacerla sin vosotros y, naturalmente, sin vosotros."
El español de hoy tiene escasas inquietudes porque fue convenientemente anestesiado y venera a los nuevos "dioses" que le ofrecen la televisión, el fútbol, los medios digitales. Pero toda anestesia tiene un final. Y el español comienza a despertarse, indignado, con razón.
Yo, que nunca he sido un ferviente lector de los poemas de Antonio Machado, hoy quiero mirar a ese "olmo viejo" al que "algunas hojas verdes le han salido." Invito a leer sus poemas, algunos de ellos de impresionante actualidad. Siempre que haya un lector de su obra, nunca serán marchitas las flores sobre su tumba.

miércoles, 17 de octubre de 2012

EL SHOW DE KAFKA

El cambio climático, del que ahora tanto se escribe, no es otra cosa que una "respuesta" de la Naturaleza a la agresión que recibe del ser humano. La incomprensión del hombre hacia el reino animal del que procede y forma parte, en muchas ocasiones, materializan esa agresión. El animal se convierte, así, no sólo en servidor sino en víctima del capricho humano. Una mascota, un animal "domesticado", enjaulado, transgrede la libertad de ese ser que nació libre. Y es de libertad de lo que habla el Informe para una academia (1917), texto escrito por Kafka, seguramente inspirado en el monográfico "La mentalidad de los simios", de Wolfgang Köhler, que había aparecido en ese mismo año. Un simio capturado en su entorno natural es enjaulado con destino, tal vez, a la exhibición en un zoológico, un circo o en un music-hall. El simio capta que, si quiere recuperar la libertad no tiene otro camino que imitar al hombre. No "domesticado", sino convertido en un ser humano. Y él mismo expone las vicisitudes, sufrimientos, humillaciones que vive ante un docto público que aplaude ese proceso de "humanización", quizá sin ser consciente del espectáculo de verse reflejado en él. La Academia asiste impávida, aplaudiendo, al proceso de cinco años que le cuenta este simio, y hasta puede reir, por ver cómo lo imita o, tal vez, cómo pervive el simio en la raza humana. Es un espejo que devuelve una "historia", como lo haría un "boomerang".
Este texto de Kafka ha sido llevado en diversas ocasiones al escenario en España. Al tomarlo en sus manos, Juan Carlos Pérez de la Fuente da otra "vuelta de tuerca": lo interpretará una mujer y lo titula El show de Kafka, en versión libre del autor Ignacio García May. Y encomienda el papel a Luisa Martín en un dificilísimo monólogo, que precisaba eso, una actriz extraordinaria como ella. Los movimientos, los gestos (miradas, gruñidos, modos de caminar y desenvolverse, la ingesta de una botella de agua mineral sin pausa), el vestuario  sobrio y evocador... todo ello se convierte en un espectáculo digno de correr a verlo en el Teatro Amaya, de Madrid, donde se acaba de estrenar. Una escenografía muy simple, pero eficacísima, una luz, un sonido, unas proyecciones que subrayan el texto recitado sin restarle a este ningún protagonismo. Se acierta de lleno en incorporar en algunas funciones (como así ha sucedido en la noche del estreno oficial) a la Escolanía del Real Monasterio del Escorial. Las voces y la presencia de los niños cantores dan un empaque ceremonial acertadísimo hasta el mismo final de la obra. Es la primera vez (hecho histórico) en que esta escolanía actúa en un teatro comercial para colaborar en una obra de la literatura contemporánea. Mi felicitación más sincera y cariñosa al equipo artístico y técnico que nadie, interesado en el buen teatro, debe perderse.

lunes, 27 de agosto de 2012

CABARET CANALLA


Cuando yo era niño tuve ocasión de ver películas y actuaciones de variedades en el Cine-Teatro San Miguel de mi pueblo, pues mi familia tenía acceso gratuito no sólo por el puesto de mi padre (al frente de la comarca eléctrica), sino por amistad con el propietario. Por tanto, en el local cubierto de invierno y en el local al aire libre de verano (al que teníamos acceso también desde una terraza de mi casa), pude ver cientos de películas y muchísimos espectáculos de teatro. Cantaores flamencos, bailarinas de jotas, cantantes de boleros, folklóricas, volatineros, prestidigitadores llenan todavía las pupilas de mi infancia. Coristas con pocas ropas y muchas plumas en la cabeza, chotis madrileños, cuplés de letras  picantes y vestiditos sugerentes, pasodobles con castañuelas, estudiantinas portuguesas, aún pueblan las pupilas de mi infancia. Al término del espectáculo, toda la compañía interpretaba una especie de "fin de fiesta" en apoteosis donde la supervedette salía triunfante, enjoyada de bisutería a tope y alicatada de lentejuelas, sonriente y coronada de unas plumas más altas que ella misma. Con motivo de un viaje a Madrid, acompañé a mi padre, enamorado seguidor de Celia Gámez, a un café en la Puerta del Sol ("Bar Flor" creo que se llamaba), con mesas de mármol y un pequeño escenario donde unas señoras vestidas de negro interpretaban piezas de un repertorio conocido para ambientar el local. Luego, el cine resucitó muchos de aquellos números musicales (Sara Montiel, Maruja Díaz, Lilian de Celis...) y la revista después de la Gámez, decayó lentamente dejando atrás una estela de brillos diferentes (Tania Doris, Norma Duval, Lina Morgan, Esperanza Roy...) y nombres míticos como el Teatro chino de Manolita Chen. Hoy día triunfa un tipo de teatro musical clónico de los grandes espectáculos americanos. La Gran Vía se ha convertido en una sucursal de Broadway. Muchos años después, pude ver la comedia ORQUESTA DE SEÑORITAS, de Jean Anouilh, interpretada por los COMEDIANTES DE SANTELMO (1974). Me impresionó enormemente aquel conjunto de desventuradas mujeres (interpretadas por hombres vestidos con trajes negros de mujer) que formando parte de una pequeña orquesta en el restaurante de un balneario, entre pieza y pieza, se referían confidencias, se intercambiaban recetas de cocina, se peleaban, se detestaban... ante el público que lo era a la vez de un comedor y de un teatro convencional. El juego entre ficción y realidad que tanto agradaba al propio Anouilh y a Pirandello. José López Rubio, que me había hablado mucho del autor francés, me introdujo en la lectura de algunas de sus obras, varias de las cuales he visto representar. Su habilidad para pasar de la comedia a la tragedia, o de la risa a la ironía más corrosiva, las considero como una de sus mejores virtudes. Jean Anouilh no es demasiado conocido de nuestro público en España, aunque varios de sus títulos se han representado con éxito: Antígona, La alondra, Los peces rojos, Beckett o el honor de Dios, esta última llevada al cine, con aplauso de público y crítica en España cuando fue estrenada. Claro que contaba con dos intérpretes de excepción: Peter O'Toole y Richard Burton en los papeles principales. Un día lejano ya, comenté con Juan Carlos Pérez de la Fuente la oportunidad de reponer Orquesta de señoritas y me dijo que la tenía en mente. Según me fue comentando el proyecto, yo temblaba cada vez más. No sólo porque reiteraba su deseo de que los papeles femeninos de la obra fuesen interpretados por varones, sino porque comprobaba que iba dando vueltas de tuerca al montaje al tiempo que preparaba concienzudamente (como hace siempre) hasta el más mínimo detalle de la versión y de la escenografía a base de libros, catálogos, ilustraciones de la época. Iba a llevar a las "señoritas" desde el plácido restaurante del balneario al cabaret canalla de los años cuarenta de la posguerra española, en ese ejercicio de travestismo fantástico y burlesco que es esencial a la obra de Anouilh, según críticos solventes (Jacques Monférier, Jacques Brenner...). Componer un reparto adecuado fue tarea muy difícil. Actores que querían figurar en el reparto no podían por otros compromisos, actores que no se arriesgaban a hacer de mujeres precisando desenvolverse perfectamente sobre tacones, soportando corsés y altos tocados de plumas, necesitando aprender a tricotar, actores que nada comprendieron de la maqueta artística por timidez inconfesada, actores (como el malogrado Paco Valladares, que falleció cuando había aceptado...). Organizar una escenografía con material reciclable para reproducir telones y estalactitas luminosas (80.000 botellas de plástico de agua mineral), que Juan Carlos me mostró experimentando en las ventanas de su casa), un riesgo añadido. Seleccionar las piezas musicales ya era el colmo y, por si fuera poco, que con la voz humana se simularan los instrumentos musicales. Llegué a pensar que se había vuelto loco y que el proyecto caminaba a un suicidio artístico. La camisa no me llegaba al cuerpo en los varios ensayos que contemplé. Pero la noche del estreno en Santander, me quedé petrificado en la butaca. Juan Carlos y su compañía habían logrado la perfección. Eran "mujeres" interpretadas por hombres, no una exhibición de mariconeo fácil. Eran seres humanos en una posguerra española (gran acierto situar la acción en nuestros años cuarenta), en una suerte de "cabaret Chicote" madrileño: cuplés, pasodobles, melodías todas llenas de picardía, cantadas por esas mujeres subidas en tacones inverosímiles, alternando sus miserias, frustraciones, soledades y desengaños amorosos con rivalidades artísticas, recetas de cocina o manualidades caseras. En aquellos lejanos tiempos, los camerinos de los teatros resultaban oscuros, exiguos, "cutres" como se dice ahora. Todo el boato y el esplendor se dejaba para el escenario. Una dialéctica del contraste. En esta comedia, lo que pasa en camerinos y lo que pasa en escena, quedan fundidos en un mismo plano. "Real como la vida misma". Ante el espectador, un hombre y unas cuantas compañeras, van a desnudar sus almas más que sus cuerpos. Cada una de ellas es una artista frustrada que soñó con actuar sobre escenarios con orquestas sinfónicas y a su vez, cada una aspiró un día a ser simple mujer de su casa, esposa de un hombre pero, al fin, todas, condenadas a sobrevivir en una soltería o en una promiscuidad no deseada, de amante en amante. Es la lucha por la vida, usando el título barojiano, lo que ha llevado a esas mujeres a las candilejas, bajo la mirada inquisitorial de un empresario invisible y la batuta inmisericorde de una Doña Hortensia (insuperable Juan Ribó) que no les deja respiro hasta el límite mismo. Víctor Ullate Roche interpreta a una desgarrada y desengañada Susana Delicias. Emilio Gavira, bajísimo de estatura y altísimo en interpretación de una Hermenegilda inolvidable, Juan Carlos Naya posiblemente en el mejor papel de su carrera artística, borda su Pamela. Luis Perezagua en una espléndida Patricia entre lo doméstico y lo cruel, Zorión Eguileor, navegando equilibrios físicos y mentales entre tanta histérica suelta, como Leo, Francisco Rojas encarna en El pianista su doble condición de músico y de actor, en el único papel masculino de la obra.
Juan Carlos Pérez de la Fuente arrima la escenografía al mismo vestíbulo de la calle: piernas y lentejuelas, "pasen y vean", ofreciendo un espectáculo con idénticos entusiamo, calidad e imaginación con que se arriesgó en Pelo de tormenta, de Nieva, al inicio de su gestión en el Centro Dramatico Nacional. Pero ahora con mucho más mérito al realizarlo desde la empresa privada en estos tiempos también de crisis política y económica, con un horizonte de color morado y una guillotina de impuestos al teatro a cargo de un partido que prometía el oro y el moro y se quedó en moneda de cobre y polvos de purpurina. Y es que el teatro de la vida no se diferencia demasiado de la vida del teatro.
 
 

miércoles, 4 de abril de 2012

ANTONIO MINGOTE QUE ESTÁS EN LOS CIELOS


No recuerdo cuándo y dónde conocí personalmente a Antonio Mingote. Seguramente fue a través de nuestro común amigo José López Rubio. Este habitaba, en sus últimos años, un pequeño apartamento atestado de libros desordenadamante repartidos por estanterías y por el propio suelo del salón. Para ir de un lado a otro era preciso sortear montañas de volúmenes, de revistas y diarios atrasados, de cartas olvidadas sin responder. Uno de los montoncitos era el compuesto por seis o siete libros de dibujos comprados en el Este europeo cuando aún existía el bloque comunista. López Rubio me repetía: "El día que yo falte, estos libros se los das a Antonio Mingote". Hasta que una tarde le dije: "¿Y por qué no se los das en vida?". La idea le gustó, los tomé y me presenté en el piso del dibujante, muy próximo al Retiro. Agradeció mucho el inesperado obsequio de su amigo (quien años más tarde sería impulsor de la candidatura de Mingote a su ingreso en la Real Academia) y, desde entonces, siempre que lo encontré, me mostró mucho afecto. Entonces yo vivía en el Colegio Valdeluz y resultó que la papelería frente al edificio, donde yo venía comprando cuanto necesitaba, era propiedad de Tino, el hermano de Isabel Vigliola, la esposa de Mingote, su inseparable compañera. Y a través de él mantuvimos un contacto indirecto. Pero a mí no me gusta molestar, y más cuando algún conocido es suficientemente famoso. Por tanto, sólo recurrí a él cuando en los primeros años noventa, organicé el ciclo HOMENAJE AL HUMOR ESPAÑOL DEL SIGLO XX (conferencias, exposición, teatro, cine...), en el Colegio Mayor Elías Ahuja, y le ofrecí la presidencia de honor. Aceptó encantado. Le impuse la Beca del Colegio Mayor y le regalé, en nombre de los colegiales, lo que su mujer me había sugerido: un atril de madera antigua, para leer, que busqué por todo el Rastro. Nos regaló un enorme dibujo dedicado que reproduce la CREACIÓN DEL HOMBRE, de Miguel Ángel, en la cual el hombre desnudo está sustituido por un payaso. Es la CREACIÓN DEL HUMOR. Y estampó en él una cariñosa dedicatoria. Hoy adorna las paredes de la sala de conferencias de aquel Colegio Mayor, así como (en otro lugar) se luce su autocaricatura dedicada. Pocos años después, le pedí permiso para reproducir un dibujo suyo como felicitación navideña del Colegio Mayor y me lo concedió inmediatamente, comentando: "haz lo que te dé la gana". He asistido a algunos actos culturales sobre su obra, tengo varios libros dedicados por él y, sobre todo ello, el recuerdo de una persona sencilla, humilde, entrañable, encantadora. Como artista, le debo la carcajada matinal diaria al encontrarme con su viñeta en ABC. Siempre me preguntaba cómo un nonagenario era capaz de esa imaginación, esa mirada a la realidad, esa ternura y, en definitiva, esa cualidad "poética". No puedo glosar en pocas palabras su obra porque, además, otros lo han descrito mejor que yo en los diarios con motivo de su muerte. Pero sí quiero apuntar dos cosas que a él le hicieron mucha gracia cuando se lo comenté: una es que me fascinaban los personajes anónimos, secundarios, figurantes casi siempre al fondo de sus viñetas porque tenían vidas propias, y otra es que el humor de Mingote es el eslabón más directo con el de Cervantes. Esto último le hacía ruborizarse pero es una enorme verdad. Quien lea, por ejemplo, HISTORIA DE LA GENTE, uno de esos libros que deberían ser de obligada lectura en las escuelas, o se detenga a lo largo de una antología de sus dibujos, está preparado para reirse y comprender mejor DON QUIJOTE DE LA MANCHA. Tengo muchos dibujos suyos grabados en mi memoria. Aquél que representaba a Velázquez apoyado en un enorme caballete de un salón vacío, pensando: "Desde luego hay días en que no se le ocurre a uno nada". Y por la puerta del fondo entran los personajes retratados en LAS MENINAS. Es el minuto anterior a la la pintura del lienzo más universal. Ese dibujo debería ser colocado en el Museo del Prado junto al cuadro velazqueño. Otra viñeta es aquella que representa a dos damas del siglo XVI cruzando la plaza Mayor de Madrid. La una le dice a la otra: "Pues, hija, he oído decir que en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...". Y Cervantes, que cruza detrás de ellas, piensa: "¡Qué idea!". Y, por elegir una tercera, aquella que refleja la sensibilidad de Mingote a la vez que su ingenio: un grupo de desvalidos pide limosna, vestidos ellos con harapos, en la boca de una estación de Metro. En el rótulo se lee el nombre de la estación: "PROSPERIDAD". La realidad, la paradoja, el azar, juntos y revueltos.
Hace ya bastantes años, la editorial Prensa Española publicó dos volúmenes antológicos, uno de Miguel Mihura y otro de "Tono". El prólogo y el epílogo de cada uno fueron encargados a dos supervivientes de esa magnífica generación: José López Rubio y Antonio Mingote, quienes los escribieron en forma cruzada y epistolar. En el de "Tono", otra bellísima persona para quienes lo conocieron en vida, Mingote dice sobre su calidad humana: "no sé si nos lo merecíamos". Pues eso mismo pienso yo: no sé si nos merecíamos a alguien como Antonio Mingote. Su involuntario magisterio queda ahí, para mostrarnos cómo ser mejores españoles, para enseñarnos a ser mejores personas.

domingo, 18 de marzo de 2012

EL PESO DE LA PÚRPURA


El señor cardenal ordenó que llamaran inmediatamente a su vicario en aquella zona desde la cual había recibido dos cartas anónimas. Cuando lo tuvo al teléfono le ordenó que llamara la atención al párroco de Nuestra Señora de la Buena Guía y le prohibiera que se impartiera la absolución colectiva, sin confesión personal de los pecados, al comienzo de la Misa. Y, también, que se diera al pueblo la Eucaristía bajo las dos especies de pan y vino. Afortunadamente, no era una conducta habitual, sino dos ocasiones, según las cartas de esas almas piadosas sin firma. El vicario conocía sobradamente la trayectoria del párroco, un hombre de mediana edad, serio, piadoso, entregado a sus feligreses. Su parroquia destacaba por la cantidad de cursos, conferencias, acciones solidarias, atención del clero a todos los feligreses, incluso visitas a impedidos, enfermos y ancianos en sus domicilios. No es una parroquia de grandes ingresos pero tienen bien organizado el trabajo. El templo se halla en un extremo de su demarcación, limitando con un barrio y otra parroquia de alto nivel donde viven muchos miembros de un instituto seglar muy conocido, cuyos miembros están obligados a confesarse con los propios curas de su organización. Pero cuando esos laicos tienen pecados de los llamados "gordos", acuden a escondidas a Nuestra Señora para aliviar sus conciencias. El vicario sospecha que esas denuncias anónimas puedan haber nacido en el barrio lindante. Sin embargo, cuando expuso al cardenal la buena labor del párroco acusado (sin que sirviera de nada), se abstuvo de expresarle su sospecha, dadas las buenas relaciones del purpurado con esa clase de institutos.
El vicario, que es un buen hombre, tiene la esperanza (como otros muchos) de ser promovido al episcopado si el señor cardenal lo apoya, como hace con otros sacerdotes creando una tendencia de prelados adictos a su persona. El vicario no se tiene por una lumbrera, pero ni más ni menos que otros ahora en sedes episcopales. Y mientras viaja en metro para encontrarse con el párroco, recuerda sus tiempos de estudiante de teología en el seminario, cuando el ahora cardenal era su profesor de Derecho Canónico. Un hombre, doctorado en Alemania, con aureola de progresista. ¡Cómo le ha cambiado la mitra! Por otra parte, recuerda lo cuestionado entonces por otros profesores suyos: "¿tiene valor o no lo tiene el acto penitencial de la Misa? ¿perdona o no perdona los pecados, como se dice en la liturgia? si se repasan los evangelios, no se encuentra en ningún momento a Jesús perdonando los pecados con una confesión auricular previa de nadie y la lectura de la última cena del Señor muestra cómo Él mismo repartió el pan y el vino, encomendando que repitieran el gesto en memoria suya". Cómo han cambiado las cosas durante veinte siglos, acumulando ritos, complicando las cosas, volviendo la teología un laberinto de dogmas, doctrinas, tendencias, documentos, hasta asfixiar lo esencial. El señor vicario se hace cruces. Pero en esta mañana, mientras el tren metropolitano viaja por el laberinto subterráneo, no tiene que plantearse cuestiones, sino obedecer un mandato que le ha encomendado la púrpura cardenalicia.

domingo, 26 de febrero de 2012

PERSIGUIENDO A AMY

BUSCANDO EL COMPLEMENTO

Persiguiendo a Amy se me presenta como una película "de triángulo". Llamo así a aquellas en que una mujer aparece entre dos hombres, siempre que un flujo instintivo o sentimental fluya entre los vértices. A bote pronto se me ocurren los títulos de Casablanca y Más allá del bien y del mal.
La tercera película de Kevin Smith comienza en un congreso de dibujantes de cómics, en el que Holden y Banky firman ejemplares de su último éxito editorial: la "historia" de dos jóvenes tomados de la vida real (Jay y Bob), dos antiguos compañeros de instituto a quienes pagan derechos de imagen. Dichos personajes componen un díptico muy similar al tándem de caracteres de los propios dibujantes. Por su parte, Holden y Banky aparecen como dos amigos (compañeros, camaradas, casi hermanos) tópicos: el primero, creador y dibujante a lápiz de las historias, es el más inspirado, romántico, educado, sensible.
Banky, en cambio, da sombras, perspectivas y densidades a los dibujos de su amigo. Es impulsivo, simplista y simplificador: tiene las ideas claras y sabe dónde situar cada concepto y cada persona. Se mueve por etiquetas. Cree que la libertad sexual es unidireccional: el número de chicas a las que "beneficiarse".
El uno se complementa en el otro como persona y como profesional del cómic. Son como don Quijote y Sancho. El esquema de seguridades de Holden y Banky comienza a resquebrajarse con la aparición de Alyssa, también dibujante y
autora de cómics bastante edulcorados. Como autores, Holden y Banky dibujan la acción, la masculinidad tópica exacerbada, capaz de entusiasmar a esos lectores "planos" y viscerales que les demandan autógrafos. Alyssa diseña historietas rosas, cuando realmente tiene a sus espaldas un pasado bien poco inocente. Pero es la persona de Alyssa, precisamente, quien comienza a dar lecciones: al descubrir a Banky el falso mundo de tópicos en que vive (la conversación en un bar donde le diferencia los términos del acto sexual y compite con él en jactarse de aventuras, como si le dijera: "a tío no me ganas"), a Holden, rompiéndole el esquema de chico conoce a chica a su medida, se aman y ya está. Porque la aparición de Alyssa representará el catalizador de autonocimiento final de los dos varones. Eso que el refrán define como "dime de lo que presumes y te diré de lo que careces": Banky, de una virilidad de boquilla y Holden de una tolerancia de boquilla. Por su parte, Fan, el autor negro, es un representante del "black power" de boquilla. Con su perspicacia y astucia será el primero en descubrir los auténticos sentimientos de Banky por su amigo.
Holden y Banky están de ida. Alyssa está de vuelta. Por eso no quiere prestarse al ménage à trois que se le propone. Ella ya no está para enseñar a cada jovencito (aunque sea de su edad y compañero de instituto) las asignaturas que tiene pendientes consigo mismo. En esta escena, cuando Holden expone la posibilidad de experimentar los tres juntos, Alissa se niega porque, según dice, ella ya ha recorrido ese camino y ha
descubierto que ama a Holden y sólo a él. Sin embargo, ella ha experimentado en su última etapa sólo con chicas. ¿Se trata de ese motivo o de que ama a Holden sólo para sí misma? Banky se sorprende de la proposición pero hace un esfuerzo y acepta. ¿El esfuerzo es por iniciar una experiencia con su amigo o por tener
que compartirlo con la detestable Alissa?. Quizá el más honrado o consciente sea el propio Holden, personaje tolerante y abierto, dispuesto a asimilar cuanto por amor se le ponga en el camino.
Estamos ante una película con un adecuado planteamiento, un nudo correcto y un final espléndido. Un filme "de texto". El personaje "se hace" más por lo que dice que por lo que hace. Esto tiende a suceder en el teatro de "acción verbal" (¡cuántas buenas películas se han rodado sobre piezas teatrales!). Pero es que los temas de esta película precisan más palabra que acción. No obstante, tiene secuencias de buen uso de la cámara: cuando Alyssa y Holden lanzan dianas en el bar, la noche de lluvia dentro y fuera del coche...
Creo que la película no trata tanto de hetero, homo o bisexualidad cuanto de evolución hacia la madurez en el ser humano y su relación con el entorno. Más bien presenta la búsqueda de sí mismo en una sociedad de roles sociales y de
"guettos" aparentemente liberales. Como relato, no dudaría en
adscribirlo, en parte, al género (narrativo o fílmico, da igual) "de aprendizaje", sobre todo por la figura de Alyssa: aquél en el que su protagonista vive diferentes experiencias. En cuanto a los tres protagonistas, sería una película "de búsqueda": hallar la persona amada sin percibir que a lo mejor la tiene al lado, muy diferente a su imagen previa, a esa Dulcinea inexistente que
buscaba Alonso Quijano.
Al final, la película vuelve a su principio: un nuevo congreso, donde la realidad de ellos mismos ha sido convertida en el cómic "Persiguiendo a Amy". El cómic dentro del cómic. Nueva semejanza con el Quijote como novela dentro de la novela.
El cine cumple su esencia cuando aporta algo al conocimiento del ser humano. Incluso sin salir de una habitación (La ventana indiscreta). Incluso sin salir de nosotros mismos.

lunes, 16 de enero de 2012

MISION CUMPLIDA



El entierro terminó cuando pusiste un ramo de azucenas blancas sobre la tumba. Salíamos del cementerio, te agarraste de mi brazo y escuché que musitabas, para ti misma: “misión cumplida”. Habías atendido y cuidado hasta el fin a tu tía Dolores desde el momento en que no podía valerse soltera y sola en Alhambra. Ya tenías experiencia en cuidar ancianos: la tía Lola de tu marido, a Carmen, tu suegra (que te adoraba), a tu propia madre. Y, años después, sentías como un honroso e inevitable deber cumplir esa misión con tu marido: “Es ahora cuando él más me necesita”, dijiste recientemente. Pero yo temía que ibas a durar menos que él. Estabas demasiado quebrantada, sin reservas, sin fuerzas. Y aguantaste hasta pasada la Navidad para que esas fechas junto a tu marido, tus hijos, tus nietos, quedaran como un recuerdo bonito.
Eras la mujer de las contradicciones. Presumías de ser “libre e independiente”, pero tu sentido del deber te traicionaba, tu solidaridad te arrastraba impulsiva, te llevaba a vivir pendiente de los demás: en atender a tus padres, a tus hermanos, a tu propia familia, llegando siempre la primera en la ayuda. No importaba si, con equilibrios, tenías que hacer malabarismos o saltar por los aires como una trapecista sin red. Te advertíamos inútilmente de que, en la pista del circo, justo debajo de ti, no había arena, sino un foso de cocodrilos con alguna serpiente pitón. Tu respuesta habitual en esos casos era: “Bueno, ¿y qué?”. La generosidad te urgía al desprendimiento. Cuando yo te regalaba algo, siempre pensaba: “a ver cuánto tiempo dura en su poder sin que se lo dé a otra persona". No porque no valoraras un obsequio, sino porque en el mismo momento de recibirlo ya estabas pensando en alguien que lo necesitaría más. Pero como dijo aquel futbolista búlgaro, “la generosidad lleva a la perdición”.
Hubieras querido ser un personaje de novela de aventuras, pero acataste el destino de ser actriz de comedia de salón. Una primera actriz, desde luego, aunque no en una obra romántica. No estabas hecha para el melodrama, y menos aún para la tragedia. Odiabas el sainete de patio de vecindad. Te “escapabas” de la película, como el personaje de Woody Allen, para regresar finalmente al celuloide. Eras, por usar un título pirandelliano, “un personaje en busca de autor”. Resultaba desconcertante escucharte que no necesitabas cariño cuando eras, afectivamente, la persona más necesitada de él.
Allá por el mes de junio pregunté si tus hijos de América vendrían como todos los veranos. Y me respondiste que no, que en Navidad. Y añadiste en una especie de suspiro: “qué lejos veo la Navidad”. Estabas arañando días y meses al tiempo para llegar a diciembre. Y te saliste con la tuya, para bailar en Nochebuena el “Volare”, de Domenico Modugno,
con tu marido. Misión cumplida. Ahora ya no necesitas el trapecio. Ni tampoco la red. Ahora puedes volar todo el tiempo del mundo, simultáneamente, al lado de todos. Eres como una mariposa invisible. Un hada sin cuento de hadas. Puedes ir y venir, sin que nos demos cuenta, en esa ola anónima del mar que tanto te gustaba. Que yo me quedo escuchando aquella canción de otros tiempos, de tus tiempos, en la voz de Jorge Sepúlveda: "Mirando al mar, soñé/ que estabas junto a mí/ mirando al mar/ yo no sé qué sentí/ que acordándome de ti, lloré./ La dicha que perdí/ yo sé que ha de tornar/ y sé que ha de volver a mí/ cuando yo esté mirando al mar".

viernes, 23 de diciembre de 2011

JESÚS: CON ÉL LLEGÓ EL ESCÁNDALO


Jesús de Nazaret aparece en la historia de la humanidad en un momento muy interesante de la civilización europea. La República Romana lleva aún poco tiempo convertida en un Imperio cuyas conquistas se extienden por todo el mundo conocido. Las conquistas se han convertido en colonias o en protectorados que tanto da una cosa como la otra. Directa o indirectamente, es el gran emperador quien manda. Las religiones se han multiplicado, los dioses del Olimpo funcionan como clones de los hombres, con todas sus debilidades. Los dioses de Oriente compiten con ellos en sus propios excesos y ritos. El poder político en Palestina está encarnado en diversos "tetrarcas" de postín, que sólo son como "gobernadores civiles" del César Augusto. La religión judía tradicional se fragmenta en diferentes sectas: desde sus propios talibanes (los esenios) hasta sus jerarcas, pontífices, levitas, etc., ritualizados hasta la exasperación. Pero como sucede siempre, el pueblo sigue pobre, ignorante, machacado a impuestos, como si ellos no contaran en la tarta imperial ni en la "pastelería" palestina más que para pagar impuestos. Los dioses no reciben sus plegarias, sólo sus magros óbolos, donativos y sacrificios. Había profetas, falsos mesías que ponían el dedo en todas las llagas (no olvidemos a Juan el Bautista y cómo acabó). Pero nadie fue capaz de traducir en palabras y en hechos una actitud nueva: el amor de Dios justamente por aquellos olvidados del festín. Hasta que aparece Jesús, que sólo habla de AMOR. De un amor nunca escuchado hasta entonces porque iguala a todos los hombres. Un amor que debe luchar por la justicia, por el desarrollo de la persona, por la emancipación de la mujer. Quienes luego lo condenarán a muerte no saben aún que esa sangre se convertirá en catarata liberadora durante siglos y siglos. Nadie podía imaginar que ese niño, hijo de padres tan humildes, al que algunos tomaron por loco al principio, iba a contagiar esa locura comenzando por sus seguidores, que llegarían hasta el martirio por defender ese mensaje. Por eso, al celebrar el nacimiento de Jesús, debemos mirar lo más importante: su mensaje. El resto (los "belenes", las cabalgatas de Reyes Magos, las comidas y cenas de estos días, las compras desaforadas, las uvas de Nochevieja...) son únicamente un "envoltorio" del verdadero regalo: el Amor de Dios a sus criaturas, sobre todo a las más débiles. Y el más débil de todos es ese niño en un pesebre.

sábado, 19 de noviembre de 2011

MARÍA JESÚS VALDÉS EN EL ALBA



Conocí a María Jesús Valdés mediada la década de los años noventa, a través de Juan Carlos Pérez de la Fuente, durante algún ensayo que no logro recordar. Aunque yo nunca la había visto en escena, pues ella estaba retirada desde su matrimonio con Vicente Gil, el médico personal de Franco, no ignoraba encontrarme ante la que había sido primerísima figura del teatro español. Me llamó mucho la atención aquella mujer más bien menuda, con aire tímido, coqueta dentro de la educación más exquisita, prudente, con una mirada llena de ternura. Había regresado a los escenarios, convencida por el productor Juanjo Seoane, para interpretar el papel de la “dama” (la muerte) en La dama del alba, de Alejandro Casona, bajo la dirección del jovencito Juan Carlos Pérez de la Fuente, reposición que yo no alcancé a ver. Volvía con el miedo de no estar en condiciones, de haber sido olvidada. Pero aquello se le pasó pues, la noche del estreno, su primera salida al escenario fue recibida con una ovación. Tiempo después me contaría lo agradecida que estaba a Seoane y cuánto quería a esa especie de “hijo” en que se convertiría Juan Carlos. Lo adoraba, sencillamente. Ahora que ha muerto, algunos pretenden ponerse medallas de haber sido quienes consiguieron su vuelta. Yo conozco bien la verdad verdadera, incluso algunas opiniones personales de María Jesús sobre ciertos nombres conocidos que se jactan de su amistad. Ella admiró profundamente a dos directores teatrales: a José Luis Alonso y a Juan Carlos Pérez de la Fuente. Así, con todas las letras.
Por aquellos primeros años noventa, además de dirigir el Colegio Mayor Elías Ahúja, yo era coordinador de la Muestra de Teatro de los Colegios Mayores. Y, en 1992, organicé un cursillo para estudiantes (uno o dos de cada Colegio), aficionados a dirigir obras, con el fin de que mejoraran sus conocimientos, y que impartió Juan Carlos, con la colaboración de Rosario Calleja, su brazo derecho como persona, como actriz y, más tarde, como jefa de producción (yo opino que también es su brazo izquierdo). Recuerdo que se tomó como base de trabajo Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, de Lorca. Para la clausura y entrega de diplomas, Juan Carlos acudió acompañado de María Jesús Valdés y de María Kosty. Ellas dos trabajaban en La viuda es sueño, de Tono, con otras actrices, como Pilar Bardem (buena actriz secundaria que, entonces, aún no iba de “madre de…”, ni “militante de…”). La foto que ilustra este texto es, justamente a aquella entrega de diplomas. Poco después, fallecía la madre de María Kosty y acudimos varios amigos leales (más bien pocos) a la capilla del cementerio de la Almudena, donde se rezó un responso. Para ir hasta la sepultura, María Jesús subió a mi coche. Pero nos perdimos por los vericuetos de tumbas y cipreses y, tras dar vueltas y vueltas infructuosas, nos volvimos desconsolados al centro. La dejé en su casa de la calle Raimundo Fernández Villaverde y yo seguí hasta la Ciudad Universitaria. En ese trayecto, le conté que su casa estaba edificada sobre unos antiguos chalets, y en uno de ellos (edificado por el arquitecto Fisac), convertido en pequeña residencia de veintitantos estudiantes, yo había pasado mis años más jóvenes. Allí interpreté un papel en Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre.
Con el nombramiento de Juan Carlos como Director del Centro Dramático Nacional, la colaboración con María Jesús se volvió constante, de modo indirecto (por ejemplo, él mismo encargó a Calixto Bieito que dirigiera a la actriz como protagonista de un espléndido montaje de La casa de Bernarda Alba) o de forma directa (La visita de la vieja dama, de Dürrenmatt, Muerte de un viajante, de Miller, Carta de amor, monólogo de Arrabal), todas ellas grandes éxitos, pues a la batuta de Juan Carlos se unía la versatilidad, la clase, la profesionalidad, la categoría de una actriz que se adaptaba a cada papel pero dándole un estilo personalísimo. La recuerdo, también, en obras dirigidas por otros, como El cerco de Leningrado, de Sanchís Sinisterra, un dúo inolvidable con Nuria Espert.
En todos esos años, nunca me faltó su felicitación navideña, escrita con elegante caligrafía. Y vienen a mi mente algunas anécdotas esporádicas. Una mañana en que tomábamos un café en el bar del Colegio Mayor, le señalé discretamente a un colegial al otro lado de la barra, que pocos días antes había perdido a su madre. Ni corta ni perezosa fue hasta él, le dio un par de besos y le dedicó un cariñoso rato de consuelo. Uno de mis colaboradores en el equipo directivo, un palentino alto, delgado, de cabellos blancos, puntualísimo en sus horarios, que paseaba por el jardín de entrada leyendo el periódico siempre a la misma hora, para María Jesús era “alemán”. Estaba convencida de ello. No pocas veces comentó lo educados y cariñosos que eran los colegiales del Colegio Mayor Elías Ahúja. Y se le ocurrió traer a un nieto como residente, idea que Juan Carlos le quitó de la cabeza, pues viviendo el chico en Madrid, era absolutamente innecesario pagar un internado. Del paso de esta gran dama por el Colegio Mayor queda constancia en una foto dedicada por ella en el vestíbulo del teatro, junto a otras figuras de la escena. Espero que la conserven como oro en paño.
Otro día estaba yo en EL CORTE INGLÉS del Paseo de la Castellana, en la sección de perfumería probando el spray de un perfume bastante caro. Una mano tocó mi hombro. Me volví. Era ella. Nos dimos un par de besos. Tomó el frasco probador en su mano y le dijo a la dependienta: “Señorita, un frasco grande para el señor”. Yo me resistí inútilmente. Se empeñó y me lo regaló (desde entonces utilizo ese perfume y siempre me acuerdo de ella). Como iba al supermercado, la acompañé empujando el carrito de compra que luego le enviarían a su casa. Agarrada a mi brazo fue contándome confidencias de la profesión teatral, de la familia Franco y cómo se portaron con su marido, especialmente el marqués de Villaverde. Despidieron al doctor que había adorado y dedicado muchos días a Franco, regalándole un televisor en blanco y negro. Pero ella lo contaba sin rencor alguno. Con la misma naturalidad con que podía
recitar un poema de García Lorca.
Tras el rotundo éxito que Juan Carlos y ella alcanzaron con el monólogo de Arrabal, al primero se le ocurrió que podría encargarle otro monólogo, esta vez de una duración algo mayor. Se trataba de Oscar o la felicidad de existir, de Eric-Emmanuel Schmitt, el mismo autor de El señor Ibrahim o las flores del Corán. Yo no veía muy claro el proyecto, entre otras razones porque su duración era bastante más que la obrita de Arrabal y por María Jesús pasaban, como es lógico, los años. Efectivamente, tras los primeros ensayos en el escenario del Elías Ahúja, hubo que desistir (la obra sería estrenada por Ana Diosdado).
Ya no volví a verla. Me llegaban noticias sobre su estado de salud. Se iba apagando como una candela. Se iba llevando su luz a otros mundos, donde, con ella habrá llegado el alba. Y estará enseñando a los ángeles a recitar el GLORIA IN EXCELSIS DEO para la próxima Navidad.

lunes, 14 de noviembre de 2011

VIAJE



A Purina


Dame tu mano, hermana, para entrar en la góndola.
No temas. Luz de luna amiga alumbrará
cuando el crepúsculo se llene de violines.
No mires a las aguas oscuras del canal
donde rostros de ayer flotaban como cadáveres,
ahogado su dolor de almas en pena.
Yo tengo preparado para ti
un cortejo de damas y galanes
ataviados de seda, terciopelo, encajes.
Podrás reconocer figuras del misterio
bajo sonrisas de porcelana.
Pero no te detengas a mirar
la negra sombra de tricornio y manto.
Seduce a los arcángeles. Los lleva
de quimera en quimera eternamente.
Ya es tiempo de partir. La reina aguarda
con sus lazos azules, al final del trayecto,
donde serás la estrella incandescente
que soñaste cuando niña.

lunes, 17 de octubre de 2011

RELACIÓN ESOTÉRICA CON PÉREZ-REVERTE

Desde hoy, comienza a preocuparme la lectura de los artículos de Pérez-Reverte en su sección "Patente de corso", de XL SEMANAL. Me ha sucedido varias veces que, leído uno el domingo, a los pocos días me sucede exactamente lo mismo. Referiré sólo los dos últimos. En una de sus colaboraciones, fustigaba esos nuevos "servicios" de hostelería, modernísimos lavabos, donde mientras haces tus necesidades, una luz encendida automáticamente tocando un pulsador de la entrada, se te apaga en plena "faena", resultando muy difícil alcanzar de nuevo el puñetero botón, para terminar tus necesidades con cierto decoro. Pues bien: a los dos días fui a la Puerta del Sol a comprar varias cosas y entré a tomar un café en cierta cafetería de reconocido prestigio. Mientras me lo servían fui al urinario, que estaba vacío, toqué la llave mágica de la entrada y, cuando estaba en plena micción, se apagó la luz. Me vi negro para culminar la peripecia y salir de allí airosamente, sin mancharme o chocarme contra alguna de las paredes. Por azar (¿sería realmente el azar?), encontré al brillante escritor en la puerta de EL CORTE INGLÉS, junto a la Puerta del Sol y se lo comenté. Los dos nos reimos a gusto. El domingo pasado, él echaba sapos y culebras en lo que le había parecido muy sencillo de llevar a cabo: aparcar su coche en la puerta de una floristería y entrar para el encargo de unas flores que serían servidas ese mismo día a una amiga residente en otra ciudad importante. Algo aparentemente muy simple, que todos hemos hecho alguna vez, gracias a esas redes de floristería. Había dejado el coche aparcado en forma indebida por tratarse de dos minutos en día festivo y calle sin apenas tránsito. Relataba Pérez-Reverte la "odisea" de la dependienta con el ordenador averiguando si esas flores concretas existían o no en la ciudad de destino. Y lo que parecía un encargo de un instante se prolongó bastante más y Don Arturo, que salió echando "humo" de la tienda, encontró una multa en el parabrisas de su coche. Bien. Esta lectura la hice ayer, domingo. Y hoy yo tenía que sacar un billete de AVE. En vez de ir a la estación de Chamartín, como yo había programado, se me aconsejó hacerlo en EL CORTE INGLÉS de LA VAGUADA, centro comercial junto a mi casa. La agencia de viajes de dicho centro tenía tres filas de pensionistas del INSERSO, dispuestos a solicitar excursiones y viajes. En mi fila, un viejecito insistía en saber si el hotel de Ibiza ofrecía menú para celíacos; en la de al lado, una señora muy mayor refunfuñaba que si el hotel asignado en Benidorm no tenía "karaoke", prefería viajar a La Manga del Mar Menor, pues el hotel de esta playa sí lo tenía, por haberlo disfrutado en una ocasión anterior. Pasaron más de treinta minutos hasta que me llegó el turno. La empleada, muy amablemente me pidió todos los datos del billete de ida y vuelta en AVE. Pero el ordenador no le hacía ni caso a la joven, que tecleaba cada vez más nerviosa inútilmente. "Renfe está colgada", me decía con desconsuelo. Sus mandíbulas mascaban chicle al ritmo que sus dedos (de uñas pintadas con un rojo próximo al negro) tecleaban con desesperación. Se cambió varias veces de ordenador. Nada. Al fin, Renfe se dignó "descolgarse" y apareció en pantalla. Una vez obtenido el billete, le di mi tarjeta de banco. Nuevos nervios de la dependienta. "Nuestro sistema de cobro no responde". Total, que tras quince minutos, estábamos como al principio y sugerí irme a un cajero, sacar yo el dinero y volver allí a pagar en efectivo, como así tuve que hacer. Una gestión de cinco minutos se había convertido en más de cuarenta y cinco minutos entre unas cosas y otras. Mejor me hubiera ido si me hubiese desplazado a la estación de Chamartín, leyendo tranquilamente en el metro. Y me pregunto: "¿cuál será la próxima aventura que leeré al autor de Alatriste antes de que me suceda a mí?" "¿deberé seguir leyéndolo y dejar que actúe solo el destino?" "¿es el azar o es don Arturo que, como un mago, me ha lanzado un sortilegio?". No lo sé, pero parece cosa de encantamiento. Y, como dijo un anciano de mi pueblo, de los que se sientan al sol de los bancos de la plaza sin salir de casa con el INSERSO, "más vale creer, que ir a averiguar".