SAMARKANDA

SAMARKANDA
Bienvenido al karavansar. No por casualidad he llamado así a mi blog, puesto que en alguna lengua de Oriente se llama de este modo a la posada, la pensión, la fonda, donde descansar antes de seguir el camino. Decir que la vida es un tránsito no es descubrir América (que también se hizo en un tránsito, pero por mar), pues ya muchos autores lo expresaron. Pero sí quiero señalar la provisionalidad, el azar, la hospitalidad, el descanso, la cercanía que produce "pasar" por un sitio desconocido a algo más seguro, que es el fin del viaje. Desde Jorge Manrique hasta Antonio Machado se ha plasmado la imagen del hombre como viajero. Y este blog pretende que nos encontremos, "ligeros de equipaje", en esta parada y fonda virtual, que no virtuosa. Hasta pronto.

sábado, 18 de abril de 2009

MI GENTE (IV): ROSARIO

Dicen los pintores que el blanco es el color más difícil de pintar. Rosario es blanca. Por eso es tan difícil de retratar. Muy blanca, muy delgada, muy rubia, muy poquita cosa. Casi pasa desapercibida en el metro, como pasa desapercibida una taza antigua de té de China en un abarrotado anticuario del Rastro madrileño. A la taza la miras al trasluz y ves sombras de algo que contiene. A Rosario la miras al trasluz y también ves sombras de algo que fue, sin que nunca llegara a ser del todo. La blancura de Rosario es como la del nácar, que tiene escamas. Según del lado que las mires, así las escamas reflejan unas cosas u otras. A lo mejor son rostros desdibujados. Rosario es delgada como un hilo, no sé si blanco o negro, porque, al atardecer no se distingue bien el color. Y cuando eso sucede en los atardeceres del Ramadan, es cuando los musulmanes pueden comenzar a comer, a beber, a fumar, incluso a fornicar. El grano de maíz es rubio, doradito, menudo. Y lleva dentro unas energías y nutrientes incontables, ya sea en forma de aceite o tostado como “palomita”. O sea, que el maíz es versátil. Como Rosario, que a veces se pone ensoñadora mirando a un mar, o concentrada en cálculos y contratos, o mirando fijamente un escenario para psicoanalizar después a la obra, al autor, a los actores, a los escenógrafos y hasta a la madre que parió al acomodador. Porque ella vive por y para el teatro, donde una vez intentaron envolverla en tarlatana morada y ella la convirtió en albo encaje de Bruselas. Mucho cuidado si entorna los ojos detrás de sus gafas. Entonces es blanca y opaca, como vaho sobre cristal de un balcón en noche nevada. Ese granito de maíz de Rosario encierra dentro propiedades que sólo se ven al microscopio. O al sonido del blanco teclado de un piano que ella escucha solitaria en un patio de butacas vacío. Y ahí se queda, traspuesta y ensimismada. Como la guitarrita nacarada que se exhibe dentro de una vitrina del Palacio Real de Madrid, tal vez juguete de alguna princesa, rodeada de solemnes “Stradivarius”, también en vitrinas. La blancura de Rosario es traslúcida como una medusa inocua que roza la piel cuando besa y va y viene llevada por las olas, de cala en cala, hasta que encuentre un día la playa definitiva.

viernes, 17 de abril de 2009

SEÑAS DE IDENTIDAD

Hubo un tiempo en que las congregaciones religiosas mostraban muy visibles señas de identidad: hábitos, escudos, dedicaciones apostólicas, siglas tras una firma, etc. Bastaba cruzarse por la calle con un fraile o una monja, o llegar a las puertas de un convento en cuyo dintel lucía un escudo, contemplar las imágenes de un retablo, presenciar una liturgia o ver la portada de un libro en la que, tras el nombre se leía: S.J., O. S. A., O. C. D., O. P., para saber que te hallabas ante jesuitas, agustinos, carmelitas, dominicos, y así sucesivamente. Las órdenes religiosas fueron precursoras de lo que, en lenguaje empresarial, hoy se denomina “identidad corporativa”. Con el Concilio Vaticano II y sus consecuencias llegó la desaparición progresiva de todos esos signos: hábitos, siglas, emblemas, y todo cuanto sirviera para distinguir a unos de otros se arrinconó al desván de las instituciones. Eran señales que, en muchos casos, habían quedado huecas, ostentosas, vacías de contenido. Comenzaba una etapa en que el clero (religiosas incluidas) se acercaba a la sociedad, suprimiendo aquellos capisayos, tocas, velos y cogullas que, aparte de incómodos, anacrónicos, caros y complicados , creaban un sentimiento de rechazo o de “casta al margen de” la propia sociedad. El diseño de muchos hábitos era fruto del tiempo fundacional, de modo que, a través de ellos, de sus capuchas, plisados, baberos, almidones, también se adivinaba la vestimenta en Edad Media, el siglo XVIII, el XIX, etc. Esos trajes talares sirvieron para “uniformar” y, también, para ocultar deficiencias culturales y educativas de origen infantil. Porque los seminarios y noviciados enseñaron mucha “urbanidad” y compostura a jóvenes provenientes del ámbito rural sin medios, que aprendieron a desenvolverse en sociedad bajo un hábito que les marcaba conductas, posturas, conversaciones. La supresión de los hábitos preconciliares produjo una cierta “catástrofe” estética. Aparecieron nuevos atavíos en forma de guardapolvos, las complejas tocas de antaño fueron sustituidas por pañolones a la cabeza tipo” empleadas de limpieza”. Después vinieron socorridas “rebecas” y faldas grises y los cortes de pelo sin gracia alguna. En los frailes, comenzaron a verse cazadoras, camisas de franela o jerseys “cuello de cisne”, pantalones vaqueros o de pana de “mercadillo”, que servían lo mismo para ir en el metro que para un banquete de bodas. No faltaron clérigos que, en un frenesí de puesta al día, se vistieron de los modos más sorprendentes. Recuerdo a un venerable canónigo mallorquín que conjuntaba camiseta turquesa con pantalón amarillo, ambos ajustadísimos, para una cena medio oficial en casa de Camilo José Cela. Ver a una religiosa vestida como una señora de su tiempo (con un discreto traje de chaqueta o un vestido estampado en colores) o a un fraile con chaqueta y corbata, en vez de esos “sweters” cuello de cisne, resultaba inimaginable. Nadie había enseñado a tiempo a esos buenos consagrados que si el “hábito no hace al monje”, vestirse como un seglar (sin dejar de lado la vocación y el servicio), requiere adaptarse a los lugares. Que andar por las “favelas” de Río de Janeiro no es lo mismo que andar por despachos oficiales, por poner un caso. Y esa estética (o falta de ella) era el indicio de algo peor aún: el espacio vacío, del que hablaré en otro momento.

jueves, 16 de abril de 2009

MATRIMONIOS MIXTOS

Acabo de leer la estadística del Instituto de Política Familiar, según la cual, durante 2007 15.395 españoles(as) contrajeron matrimonio con algún foráneo. Concretamente, 2.193 se casaron con brasileñas y 1.593 con colombianas. Por su parte, 10.659 españolas se casaron con un extranjero, de las cuales, 1.364 bodas las realizaron con varones marroquíes. Es decir, el 12,8 %. Y mientras los matrimonios entre ciudadanos españoles han descendido un 10%, la inyección de matrimonios internacionales mantiene el número total de enlaces en España. La estadística no dice, porque no es su cometido, que el fracaso de dichos matrimonios está encabezado por el de mujer española con varón árabe y/o musulmán. Esto no es racismo, que detesto. Es pura matemática. Entre hombre de educación musulmana y mujer de educación europea (sean o no creyentes los cónyuges), suelen darse demasiadas diferencias de ideas sobre el matrimonio, la familia, el papel de la mujer, la educación de los hijos, la relación con el entorno, etc. De estos matrimonios, sólo conozco uno que todavía perdura y son felices: Mustafa y Ana. Otros varios han terminado como el rosario de la aurora, incluso con secuestro de hijos llevándolos el padre a su tierra. Hasta hace bien poco, todo marroquí residente fuera de su país y casado con extranjera, conservaba todos sus derechos como cabeza de familia frente a ella. Y en caso de conflicto, llevaba las de ganar. Posiblemente, con la nueva Ley de Familia del reino alauita, las cosas hayan comenzado a cambiar allí. De momento, en España siguen teniendo fortuna los varones marroquíes a la hora de encontrar pareja. Muchas españolas opinan que el marroquí es un hombre encantador. Y yo estoy de acuerdo en el sentido más literal del término. El magrebí sabe explotar sus artes seductoras mucho mejor que el español. Pero dejemos la explicación de dicho "encantamiento" para otro día. Laila saida (=buenas noches).

miércoles, 15 de abril de 2009

EL HERALDO

Según los técnicos de la Escuela de Ingenieros Agrónomos, que han realizado un estudio, el jardín que tenemos a la puerta es el que más variedad botánica posee en el barrio. Contamos hasta con un pino canario. Es una suerte contemplar tan diversa vegetación desde mi ventana. Sin embargo, el altísimo abeto del centro, que ya contaba cuarenta años, tuvieron que cortarlo los bomberos por la mitad porque amenazaba desplomarse durante los huracanes del invierno pasado. Y el pobre quedó tan feo que mandamos arrancarlo. Lo hemos sustituido por un olivo de doscientos años, regalo de unos amigos, que por otra parte va más acorde con la arquitectura medio andaluza del edificio. Yo le tengo un cariño especial a un acebo verde y amarillo, que pasa desapercibido entre los demás árboles y arbustos. Vino de las sierras de Cuenca y el pobre ahí sobrevive como un valiente. Pero el que me anuncia cada año el regreso de la primavera, de la resurrección, es el almendro que hay plantado un poco más abajo. El almendro es un árbol vanguardista. Mientras todos están todavía tiritando por el invierno o sobrecogidos por las lluvias, en cuanto sale el sol unos cuantos días, echa sus blancuras a relucir, como si quisiera llamar la atención de todos, distinguirse de la masa verde. Si el ciprés nos resulta familiar como custodio de la muerte, el almendro es, para mí, el heraldo de la vida.

lunes, 13 de abril de 2009

TRAMA (AUN) INVISIBLE

Leo en el periódico que la policía dejó escapar al principal fugitivo del 11-M, Daoud Ouhnane, a pesar del seguimiento que llevaba tiempo sobre sus espaldas. Otra chapuza policial más en un sumario que resulta altamente sospechoso para ese cuerpo. Cada vez que me topo con una noticia sobre aquella masacre, me entran ganas de vomitar. Es cierto que, con los pocos mimbres que había, el juicio y sus condenas parece que se ajustaron a derecho. Pero los días y semanas posteriores al 11 de marzo están tan llenos de silencios, huecos, extravíos, contradicciones, casualidades y lagunas, que los interrogantes durarán bastante tiempo. Y algún día, si no toda la verdad, sabremos mucho más. Eso me produce un inevitable escalofrío.
Recuerdo que, al comenzar las primeras detenciones, uno de los atrapados (Jamal Zougam) no daba la imagen de un islamista, sino de un latin lover o arabe lover, típico magrebí integrado en las costumbres de Occidente. Un islamista no bebe alcohol, no va de discotecas y, menos aún, utiliza un bañador minúsculo en la playa. Al poco de llegar a la presidencia el señor Rodríguez Zapatero, de nombrar su equipo y rellenar todos los altos cargos gubernamentales, me chocó que quien había sido Director General del CNI (o sea, el máximo responsable del espionaje en nuestro país), fuera cesado e inmediatamente nombrado embajador de España ante el Vaticano, cancillería deseada por todo el cuerpo diplomático, dado el poco trabajo que tiene y el magnífico palacio romano que disfruta. Es algo así como un premio. Que un cargo nombrado por Aznar fuera premiado por Zapatero era completamente inusual. (Hoy día es el embajador del Reino de España ante Washington, pues el gobierno “retiró” a su famoso alcalde de La Coruña elevándolo a la misma embajada vaticana). En mis años mozos me empaché de novelas de crímenes. Y un principio elemental era averiguar a quién beneficiaba un asesinato para esclarecer la autoría. Pido a Dios que ilumine a los investigadores que todavía rastrean. Y encuentren, si no todas la piezas del “puzzle” (cosa imposible por demás), sí las suficientes. Se lo debemos a las víctimas muertas y a las vivas, supervivientes y familiares, de aquel horror.

viernes, 10 de abril de 2009

VIERNES SANTO: EL CAUTIVO

No recuerdo ninguna religión en la que su líder, su fundador, haya tenido un final biográfico más catastrófico que Jesús Nazareno. Es la perfecta imagen del antihéroe de religiones, mitos y leyendas. Perseguido por el poder político que lo tenía por un peligroso revolucionario. Detestado por el poder religioso como un riesgo para “las buenas costumbres” de su tiempo, abandonado de todos sus compañeros, sus amigos, vendido al mejor postor por treinta monedas de plata, acusado por los tribunales, condenado a morir en muerte afrentosa como los ladrones de su tiempo, maltratado a extremos que hoy mismo resultan de una brutal crueldad, parece imposible que llegara vivo hasta la cruz y allí ser traspasado por clavos, espinas, lanza y alzado para vergüenza de todos, salvo para su llorosa madre y unos contados incondicionales.
Pero allí, colgado del madero, entre inmensos sufrimientos físicos y morales, estaba abriendo las puertas a quienes, durante los siglos venideros sintieran sobre sus cabezas el abuso, la miseria, la prisión injusta, la enfermedad incurable, el atropello, el robo y el asesinato. En adelante, ningún sufriente quedará solo jamás con su dolor. Ese hombre cautivo, atado de manos y coronado de espinas, llegará hasta el último confín del mundo y de la Historia, moviendo a otros a ser cirineos del prójimo, acompañando a muchos con su cruz. No sabían Caifás, Anás, Poncio Pilato la que se les venía encima con aquel hombre lleno de sangre propia y saliva ajena. Sus pobres nombres han pasado tristemente a la memoria colectiva gracias al Nazareno. Realmente era un hombre muy peligroso, un revolucionario implacable cuyo nombre, después de más de veinte siglos no sólo no ha sido olvidado sino aclamado, bendecido hasta el último rincón del planeta. Pero también, cada ser humano - víctima injusta de un semejante de su propia naturaleza-, se ha convertido en otro “Nazareno”. Y así, los “cristos” no sólo han llenado en madera, en piedra, en pinturas, todo el globo terráqueo, sino de cadáveres los cementerios. Y nos vuelve de nuevo la pregunta: “¿Dónde está, muerte, tu victoria?”.Todo esto se me ocurre mientras veo procesionar al Divino Cautivo, la imagen de Benlliure que desfila por las calles de Madrid la tarde del Viernes Santo. Un cortejo sencillo, elegante, silencioso, de nazarenos y capirotes blancos y rojos sangre, un grupo de damas con mantilla, unos músicos que interpretan marchas. Y allá en lo alto del trono, como una celda de penal ambulante, alto torreón de flores y faroles, Jesús erguido y solo, con las manos atadas, serenamente, resignadamente, mayestáticamente, dispuesto a aceptar su destino.

MI GENTE (III): VÍCTOR

Si Víctor decide un día que debes ser amigo suyo, ya puedes echarte a temblar, a correr o a aceptar con resignación su amistad. Porque todo lo que Víctor decide lo hace decididamente. Te llenará de atenciones, te llevará a su casa, te traerá por ciudades, te enseñará rincones de playa o de montaña, te bajarás de un coche para subir en una moto y al rato estarás sentado junto a él en un todo terreno enorme, tan enorme como él mismo. Te hará comer y beber de todo. Y más vale que no digas que algo de su casa te gusta, porque te lo regalará inmediatamente. Víctor es así. O lo matas o lo aceptas. También puedes poner tierra por medio, pero ahora con los móviles, igual te llama desde Tenerife que desde Finisterre. Y también puede presentarse, de pronto, en la puerta de tu casa con Victoria, con esos perrazos negros que dan miedo o con un amigo vietnamita. ¿Quién puede adivinar por dónde va a salir? Es dentista, pero ni se te ocurra comentar nada de un diente tuyo, porque es capaz de hacerte ir a San Sebastián para instalarte una colección de implantes. Y todo eso, en un pis pas. En una ocasión yo pasaba dos días con él en San Sebastián y comenzó a lloviznar, y como no llevaba gabardina en mi equipaje, me agarró del brazo, me introdujo en una tienda y a los cinco minutos yo salía vestido con una de ellas, que me acababa de comprar. Si le dices que aceptas sus insistentes invitaciones a pasar un puente de descanso en su casa, piénsatelo dos veces, porque nada más llegar allí te meterá en el coche para comer sardinas en Santurce, judiones en el valle de Arán y bacalao en Fuenterrabía, sin olvidar las consabidas tapas y cervezas, algún croissant en Donosti, bombones en Irún, y así sucesivamente. Y si le explicas algún asunto mientras te mira con cara de atención, tampoco te fíes: está proyectando llevarte a ver la costa de Biarritz, una iglesia de Loyola, parando un momento para comprar algo en Eroski y una clínica en San Sebastián. Y da gracias, porque si en vez de un “puente” de tres días dispusieras de una semana, acabarías viajando desde Burdeos hasta Oviedo, volviendo a su casa, en Hendaya, justo para hacer la maleta de regreso a Madrid. La que fue su primera pareja, acertadamente, definía vivir con Víctor como un constante “troteo”.
Claro que Víctor tiene a quién parecerse: a sus propios padres. Los dos andaluces, los dos muy trabajadores, los dos maravillosos y enamorados entre sí, los dos muy viajeros. Tanto, que la casa de Madrid, cuando yo los conocí, era el prototipo de la “estética de la acumulación”, o sea, una abigarrada colección de objetos comprados en diferentes países y dejados en las habitaciones: una Santa Cena entre un enorme tibor oriental y una máquina de fotos japonesa, mientras sobre la pared colgaba un cuadro de pájaros venezolanos junto a una cerámica portuguesa. Los padres casi nunca estaban allí: o iban o venían. Por eso, una mañana en que compartí tranquilamente un desayuno con Mercedes, la madre, en la cocina del piso de Marbella, se me hacía raro. Como el matrimonio tenía diez hijos (uno de ellos, Víctor) la sucesión de visitas o huéspedes, de tíos, primos, sobrinos, amigos, que comían o pernoctaban era incalculable. Durante aquel desayuno, Mercedes me comentó que no sabía cuántas personas habían dormido en la casa: unas dieciocho o veinte. Naturalmente, las bodas, en esa familia, constituían una explosión de invitados, hasta el punto de tomar un hotel completo para algunas de ellas. Y lo llenaban. Porque en la familia de Víctor existía (y supongo que existe aún) una idea de parentesco o amistad casi "a la italiana". Un almuerzo dominical puede congregar a veinticinco personas fácilmente.
Dicho todo esto, se comprende mejor que Víctor sea un resultado normal de las leyes de la herencia.
Víctor es un amigo inolvidable, entre otras razones porque él no permite que lo olvides. Cuando menos te esperas, es capaz de llamarte al móvil para decirte cosas como: “estoy en el Parador de Toledo, ¿por qué no te vienes a comer?, son sólo cuarenta minutos de coche”, o “estoy en Barcelona y me acuerdo mucho de ti, en el AVE son poco más de dos horas”, o “me he encontrado entre mis papeles un recordatorio de tu Primera Comunión y he pensado en llamarte” o, simplemente, “hola, ¿qué fue de tu amiga Natalia? Hace tiempo que no me hablas de ella”, pero es un truco: en realidad lo que quiere decirte es que vayas a pasar unos días a su magnífica casa en Hendaya. Y no se te ocurra responderle que te dan miedo esos perrazos negros que tiene porque lo resuelve de inmediato: “por eso no te preocupes, porque los llevo a un caserío y no los vas a ver”. O que el “puente” son pocos días y no merece la pena conducir tanto, porque “te puedes comprar por Internet un billete de avión, el aeropuerto de Fuenterrabía está a quince minutos de casa e iré a esperarte hasta el mismísimo pie del avión”. No es problema. Con él, nada es un problema.
En este mundo tan insolidario y egoísta son necesarias personas como Víctor, que abren el gigantesco paraguas del corazón para acogerte sin preguntas. Aunque sea para llevarte a todo trapo de un sitio para otro.

jueves, 9 de abril de 2009

MI GENTE (II): NATALIA

Hello everybody. Hello es qué tal. Y everybody significa literalmente todos los cuerpos. Pero evidentemente no pregunto cómo están vuestros cuerpos, sino cómo estáis vosotros mismos”. Así comenzaba saludando la nueva profesora de inglés a sus nuevos alumnos. Yo, que estaba entre éstos, no me preguntaba cómo andaba mi body aquella tarde, sino que de dónde habría salido aquella chica tan pizpireta, vestida con colores estridentes aunque armónicos, tan castiza y recién llegada de Londres. Pero con una mirada y una voz impresionantes. La mirada era directa y punzante. La voz, preciosa y precisa: clara como un chorro de agua en la montaña, firme y sin concesiones como un edificio de Moneo. Era Gavilán o paloma, que por entonces cantaba Pablo Abraira. Con el tiempo nos hicimos grandes amigos. Con más tiempo, llegó a ser mi mejor amiga. Eran los años de la Transición, cuando parecía que todo lo estrenábamos. Y salíamos en grupo a tomar algo a La Fídula, en la calle Huertas, o al Café Gijón, esperando llegar a ser viejecitos tomando allí chocolate con churros, o ir al cine o a tomar una copa (o dos o tres) a la discoteca Boccaccio, el antro de moda de la bohemia madrileña de aquellos años, donde ya por entonces María Asquerino evocaba sus años jóvenes, aún reciente su triunfo en Anillos para una dama, de Gala. También algún viaje, como aquella ida y vuelta en bólido a Pontevedra para retransmitir la romería de San Benitino de Lerez, con Oscar Cavero y el técnico que, además de conducir, era piloto de rallys, por lo cual los puertos de Canda y Padornero fueron vistos y no vistos. Conocí los gustos literarios de Natalia (devoradora de libros), musicales, me presentó a sus padres, a sus hermanas, a Peter su marido (que como su nombre indica era inglés y vivía en Inglaterra,) y que murió al poco tiempo, dejando a Natalia al cargo de Vanessa, una niña lista como los padres y hoy ya una mujer hecha y derecha. Al poco tiempo, el azar puso en el camino de Natalia a Ricardo, un oculista que venía de muy lejos, de donde da la vuelta el aire. Todo en ella parece venir de muy lejos. Entró a trabajar en la Radio Nacional de nuestros pecados, codo a codo con los grandes de entonces (Jesús Quintero, José Antonio Muñoz, la voz inolvidable del grupo Aguaviva, Pedro Piqueras, Andrés Aberasturi, Carlos Herrera…) y, para mí y muchos otros, su voz y sus reportajes seguían siendo inconfundibles. Entrevistaba lo mismo a una monja de clausura que a un chapero y se metía en todos los berenjenales donde pensaba que la radio o ella misma (tanto monta, monta tanto), tenían que llegar. Con esta osadía adaptó un cuento mío, que fue emitido en Radio Nacional. Iba por la vida guardando todos los equilibrios posibles, como esa gata que un día vi en su casa andar entre tazas de té antiguas sin romper ninguna. Al observar (Natalia no mira, observa) mi cara de asombro, me dijo: “Tranquilo, los gatos son muy inteligentes y no se caerá del vasar ninguna taza”. Cien por cien energía renovable, me descubre algún libro, alguna película, algún viaje, alguna opinión. Siendo como es una mujer de lo que yo llamo de “izquierda elástica” (o sea, sin militancia pero con ideas, que no siempre van unidas), un día en que tenía que entrevistarse con un pez gordo de la emisora, le preguntó a su secretaria qué clase de corbatas usaba el jefe. No para comprarle una, claro, sino porque, según ella, a un hombre se le conoce por sus corbatas. Luego resultó que el jefe era del Opus y a ella le cayó muy bien. Siempre sorprende, como buen Escorpión zodiacal. Me comentaba después de la entrevista que ella no juzga a las personas por sus partidos o militancias, sino por sus hechos. Casi no nos vemos nunca, pero treinta y cinco años de amistad no nos han hecho cambiar a ninguno de los dos. Tal vez porque no tenemos remedio.
La última vez que la vi, no sé por qué, me quedé preocupado. No por lo que dijera, sino por lo que callara. Y si ella me calla algo, ese algo puede no ser bueno. Esperaré. Y, sin que lo sepa, rezo todos los días para seguir escuchando cinco o seis veces al año que al sonar mi teléfono, la primera palabra sea su voz inconfundible diciendo: "Hola, Amigo".

miércoles, 8 de abril de 2009

JUEVES SANTO

En uno de los poemas de Antonio Machado, existe un fragmento que siempre lo recuerdo, en especial en Jueves Santo. Aunque él no lo menciona, porque trata en el poema de su falta de brújula en la vida, de ese "Dios deseado y deseante" al que también se refirió Juan Ramón Jiménez, me resulta fácil imaginar a un Machado niño perdido en una procesión de Semana Santa:

"Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y yerra
por los caminos, sin camino, como
el niño que en la noche de una fiesta
se pierde entre el gentío
y el aire polvoriento y las candelas
chispeantes, atónito, y asombra
su corazón de música y de pena,
así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla"

MI GENTE (I): MIKEL


Yo llevaba pocos días al frente del Colegio Mayor y ya conocía a casi todos los colegiales porque, del mismo modo que me interesaba saber pronto quién era quién, la curiosidad de ellos también era saber quién era yo. Y esa investigación la llevábamos a cabo, discreta y recíprocamente, como un pulso diplomático, en el vestíbulo, las salas o la barra de la cafetería. Aún hacía calor y sólo residía un grupo de veteranos pendientes de los exámenes de septiembre. Desde el primer día me llamó la atención un chico alto y fuerte, que salía y entraba puntualmente con sus libros y apuntes, cruzando el vestíbulo, con una puntualidad casi británica. Si se cruzaba conmigo, sólo articulaba un saludo lacónico, respetuoso, sin detenerse. Alguien del equipo directivo me comentó: “Parece un poco huraño”. Yo respondí: “No, es simplemente tímido. O sea, un buen vasco”. Como no lo veía nunca, ni siquiera en la pista deportiva, me explicaron que bajaba puntualmente al gimnasio y que era un chico muy serio y responsable. Que era serio lo había comprobado sobradamente. Que era responsable, lo advertí al mirar su expediente en Secretaría. Se esforzaba en los estudios como si los libros fueran un gimnasio mental, con disciplina y rigor. No había forma de entablar conversación con él. Miré en su expediente si había faltas al reglamento por llegar tarde: ni una. Entonces investigué si era un tipo raro e insolidario, ausente de la vida colegial. “Todo lo contrario”, se me respondió. “Cualquiera que necesite una explicación de una materia puede contar con su ayuda”. Era desesperante. No había forma de “pillarlo”. Así que decidí visitarlo yo a él. “Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma”, creo que dice el dicho popular. Subí hasta su piso y llamé a la puerta. “Adelante”, respondió su voz desde dentro. Estaba sentado frente a la mesa de estudio, en pantalón corto. Y se quedó de piedra, claro. Me invitó a sentarme y lo hice en la cama. La conversación fue breve. Efectivamente, en su mirada limpia me reafirmé en que era un chico noble, educado, responsable, de pocas palabras y de gestos sutiles y correctísimos. Me pareció una de las pocas personas interesantes que vivían en el centro.
Nunca salía de noche. Un día le dije, para probarlo: “Tú y yo vamos a salir una noche y vamos a volver tarde y borrachos como cubas”. Me respondió muy serio: “Qué va, qué va, qué va”. Así mismo: tres veces la misma negación. Otra vez lo encontré también serio, de pie y cruzado de brazos, como una estatua, en el vestíbulo del teatro durante una representación de nuestro grupo. Me extrañó tanto su presencia allí que le pregunté por qué no entraba y me dijo que el Subdirector le había pedido que estuviera al tanto por si unos cuantos gamberretes del día anterior volvían para armar jaleo de nuevo durante la función. Yo me imaginé que, caso de que esos mastuerzos volvieran, se encontrarían ese pequeño coloso de Rodas listo para soltarles unos mamporros.
Fue un principio de curso desgraciado, con la muerte inesperada de un colegial. Durante los pocos años en que Mikel y yo coincidimos en el Colegio Mayor, cruzamos pocas palabras. Pero yo sabía que él estaba ahí y él sabía que yo estaba aquí (poco más o menos en el sitio desde el cual escribo). Dejó el Colegio Mayor. Sentí su ausencia y me alegré por él de su marcha, sabiendo que allá donde fuera quienes trabaran relación con él apreciarían su forma de ser. Comenzó a trabajar. Murió su padre. Se sucedieron muchas Navidades nuestras y muchos cumpleaños míos. Y me llegaban puntualmente sus tarjetas navideñas (la última con una foto con su madre y su hermano) sus felicitaciones de mi aniversario, envíos que ya no me sorprendían. Mikel es así, y así hay que aceptarlo y quererlo. Es de esas gentes vascas que no necesitan alharacas ni arrumacos para expresar lo que sienten. Este año me llega de nuevo su felicitación de cumpleaños, con un mensaje la víspera en mi móvil, aludiendo a la comparación que yo establecía para el secreto de mi edad: “Es como la fórmula de la Coca-Cola”. Mikel no ha olvidado la metáfora. Yo tampoco olvido el corazón de Mikel, tan ancho como su musculatura. Y si leyera estas líneas, seguro que desde su humildad volvería a decir: “Qué va, qué va, qué va”.

SIEMPRE ES SEMANA SANTA

Yo nací en un pueblo de Castilla-La Nueva (entonces se llamaba así la región), Villanueva de los Infantes, en la provincia de Ciudad-Real. Allí la Semana Santa tenía un especial relieve dada la cantidad y calidad de imágenes y pasos. Comenzaban los desfiles el domingo de Ramos, con la cofradía del “borriquillo”, junto a la casa donde entonces vivíamos. Era un bosque de palmas, portadas por cofrades que vestían túnica roja, y capa y capuchón verde (muchos años después, al conocer la bandera vasca, siempre pensaba en esa cofradía). Era una procesión simpática, porque muchos niños llevaban palmas y ramos de olivo y la música sonaba con un discreto aire triunfal. Y como todas las procesiones recorrían un largo trayecto, aquel pueblo manchego se sentía una “Jerusalén” local de piedras y escudos nobiliarios. Era costumbre, antes de esta semana, haber asistido a alguna charla cuaresmal o ejercicios espirituales, adaptados a las diferentes edades. Y yo, por voluntad propia, iba a esas sesiones porque ya, desde antes de la adolescencia, pertenecía a la Adoración Nocturna y no me era ajeno asistir a dichas reflexiones. Por tanto, para mí la Semana Santa no era solamente (tal como después vi y ahora observo) una exhibición de arte o de turismo. El marco histórico-artístico de mi pueblo, la religiosidad de mis paisanos, invitaban a vivir la Semana Santa, desde que en Cuaresma se acudía los viernes a besar el pie de “Jesús Rescatado”, de la que hablaré después.
Por otra parte, mi padre era un hombre profundamente religioso. No beato ni practicante más allá de su misa dominical o su participación en las cofradías de la Patrona y la Virgen de la Soledad. Pero conocía bien la Biblia (que a veces leía) y tenía una equilibrada práctica de la religión como justicia social. Por ejemplo, íbamos en Jueves y Viernes Santo a los “Oficios” litúrgicos y, la noche del Jueves Santo, visitábamos los “monumentos” en las iglesias, recordando al Jesús cautivo.
Una de mis procesiones preferidas era la del Jueves Santo al atardecer. Un cortejo de cinco o seis imágenes entre las que destacaban, para mí, Jesús orando en el huerto, arrodillado frente a un olivo, con un juvenil ángel al lado. La Virgen de la Vera-Cruz, con sus brazos abiertos y mirando al cielo, tal vez implorando al cielo un auxilio desde sus ojos llorosos. Decían que era una copia de Salzillo, pero de todas formas era una mujer joven y bella, desvalida, que me emocionaba por su actitud. Como un rey esclavo, como un soberano preso desde su alto trono, la precedía “Jesús Rescatado”. Esta imagen era la más querida de todo el pueblo: una escultura completa de Jesús maniatado (cuando conocí el de Medinaceli me pareció menos hermoso), su pelo natural mecido por el viento, su túnica morada bordada en oro que caía por detrás formando una amplia cola, le daba una majestuosidad que impresionaba, especialmente cuando pasaba a la altura de los balcones y podía observarse de cerca su mirada triste y serena. Era la perfecta encarnación del soberano apresado pero también del ser humano desvalido. Muchos hombres y mujeres, cumpliendo alguna promesa (de curación o de trabajo) iban detrás de él alumbrando con velas y descalzos, como un cortejo de menesterosos agradecidos en absoluto silencio.
El Viernes Santo, muy temprano por la mañana y tras escuchar un sermón en la iglesia de Santo Domingo, salía otra procesión. Sus figuras principales eran, como es natural, Jesús y su Madre, esta vez precedidos por pasos e imágenes que representaban a María Magdalena, la Verónica, San Juan, etc. Un paso de cuatro figuras lo constituía Poncio Pilato, sentado sobre su trono, lavándose las manos desde el agua de un cuenco que le ofrecía un joven esclavo negro. Jesús con la cruz a cuestas, seguido por la Dolorosa de larguísimo manto y protegida por un enorme dosel negro, llenaban toda la mañana de ese viernes. Y por la noche, la procesión del “silencio”, acompañando el entierro de Jesús yacente que entonces llevaba a hombros la Guardia Civil y que, más recientemente, sobre un trono más grande y pesado, llevan los jóvenes estudiantes del pueblo. Para esta procesión, como cofrade de la Virgen de la Soledad, que cerraba esta procesión, se vestía mi padre cada año con su túnica y su capuchón negros, colgando de la cintura el rosario de nácar que le había llegado de sus antepasados y que ahora yo poseo todavía con más devoción, porque este mismo rosario lo tuvo entre sus manos cuando estaba muerto, hasta el momento del entierro. (Yo me encargué de que su traje de penitente le acompañara en la tumba, guardado bajo su cadáver). Él era muy devoto de la Virgen, pero sin exageraciones ni aspavientos. La Virgen en sus advocaciones más próximas: la patrona (Virgen de la Antigua) y la Soledad de Viernes Santo. Mi padre se tomaba todo muy en serio: su trabajo, su familia, sus ideas políticas, su religión. Y esos aspectos formaban un todo absoluto de naturalidad, justicia, paz y libertad para todos, independientemente de sus creencias, su religión, su raza o su sexo. Las amigas de mis hermanas lo consideraban un hombre muy moderno y alguna lo llamaba “el héroe”. Era muy poco dado a devociones pero en cambio le gustaba leer de vez en cuando pasajes de la Biblia y yo creo que se sentía un tanto asfixiado cuando lo invitaban, sin conseguirlo, a pertenecer a congregaciones, obras pías o cursillos de cristiandad, muy en boga por entonces. Ni siquiera era de la Adoración Nocturna, como yo. Pensar en Semana Santa me lleva, inevitablemente, a recordar a mi padre.
Cuando muchos años después contemplé algunas “semanas santas” de otras ciudades, me asombraba por la riqueza artística y decorativa de pasos, estandartes, palios, doseles, peanas, flores, candelabros, mantos bordados, bandas de música y de romanos, etc. Pero no me invitaron nunca a sentir más profundamente el recuerdo y el sentido de esa semana de reflexión, como en los años de mi infancia. Por eso, cuando llega este período, prefiero recluirme en silencio y soledad, escuchar música sagrada, especialmente las Cantatas, de Bach (cada año, en Viernes Santo me siento para oír completa su Pasión según San Mateo, la más hermosa obra musical de todos los tiempos). Y no sé por qué, como me pasa en Navidad, durante estos días el pensamiento me lleva hasta países y continentes donde el hambre, el abuso, la desigualdad nos convierte a todos los seres del primer mundo en centuriones y fariseos de esos otros “jesucristos” de ojos rasgados o de piel negra que nos miran interrogantes. Si mi padre levantara la cabeza me daría toda la razón desde sus ojos intensamente azules.