SAMARKANDA

SAMARKANDA
Bienvenido al karavansar. No por casualidad he llamado así a mi blog, puesto que en alguna lengua de Oriente se llama de este modo a la posada, la pensión, la fonda, donde descansar antes de seguir el camino. Decir que la vida es un tránsito no es descubrir América (que también se hizo en un tránsito, pero por mar), pues ya muchos autores lo expresaron. Pero sí quiero señalar la provisionalidad, el azar, la hospitalidad, el descanso, la cercanía que produce "pasar" por un sitio desconocido a algo más seguro, que es el fin del viaje. Desde Jorge Manrique hasta Antonio Machado se ha plasmado la imagen del hombre como viajero. Y este blog pretende que nos encontremos, "ligeros de equipaje", en esta parada y fonda virtual, que no virtuosa. Hasta pronto.

lunes, 17 de octubre de 2011

RELACIÓN ESOTÉRICA CON PÉREZ-REVERTE

Desde hoy, comienza a preocuparme la lectura de los artículos de Pérez-Reverte en su sección "Patente de corso", de XL SEMANAL. Me ha sucedido varias veces que, leído uno el domingo, a los pocos días me sucede exactamente lo mismo. Referiré sólo los dos últimos. En una de sus colaboraciones, fustigaba esos nuevos "servicios" de hostelería, modernísimos lavabos, donde mientras haces tus necesidades, una luz encendida automáticamente tocando un pulsador de la entrada, se te apaga en plena "faena", resultando muy difícil alcanzar de nuevo el puñetero botón, para terminar tus necesidades con cierto decoro. Pues bien: a los dos días fui a la Puerta del Sol a comprar varias cosas y entré a tomar un café en cierta cafetería de reconocido prestigio. Mientras me lo servían fui al urinario, que estaba vacío, toqué la llave mágica de la entrada y, cuando estaba en plena micción, se apagó la luz. Me vi negro para culminar la peripecia y salir de allí airosamente, sin mancharme o chocarme contra alguna de las paredes. Por azar (¿sería realmente el azar?), encontré al brillante escritor en la puerta de EL CORTE INGLÉS, junto a la Puerta del Sol y se lo comenté. Los dos nos reimos a gusto. El domingo pasado, él echaba sapos y culebras en lo que le había parecido muy sencillo de llevar a cabo: aparcar su coche en la puerta de una floristería y entrar para el encargo de unas flores que serían servidas ese mismo día a una amiga residente en otra ciudad importante. Algo aparentemente muy simple, que todos hemos hecho alguna vez, gracias a esas redes de floristería. Había dejado el coche aparcado en forma indebida por tratarse de dos minutos en día festivo y calle sin apenas tránsito. Relataba Pérez-Reverte la "odisea" de la dependienta con el ordenador averiguando si esas flores concretas existían o no en la ciudad de destino. Y lo que parecía un encargo de un instante se prolongó bastante más y Don Arturo, que salió echando "humo" de la tienda, encontró una multa en el parabrisas de su coche. Bien. Esta lectura la hice ayer, domingo. Y hoy yo tenía que sacar un billete de AVE. En vez de ir a la estación de Chamartín, como yo había programado, se me aconsejó hacerlo en EL CORTE INGLÉS de LA VAGUADA, centro comercial junto a mi casa. La agencia de viajes de dicho centro tenía tres filas de pensionistas del INSERSO, dispuestos a solicitar excursiones y viajes. En mi fila, un viejecito insistía en saber si el hotel de Ibiza ofrecía menú para celíacos; en la de al lado, una señora muy mayor refunfuñaba que si el hotel asignado en Benidorm no tenía "karaoke", prefería viajar a La Manga del Mar Menor, pues el hotel de esta playa sí lo tenía, por haberlo disfrutado en una ocasión anterior. Pasaron más de treinta minutos hasta que me llegó el turno. La empleada, muy amablemente me pidió todos los datos del billete de ida y vuelta en AVE. Pero el ordenador no le hacía ni caso a la joven, que tecleaba cada vez más nerviosa inútilmente. "Renfe está colgada", me decía con desconsuelo. Sus mandíbulas mascaban chicle al ritmo que sus dedos (de uñas pintadas con un rojo próximo al negro) tecleaban con desesperación. Se cambió varias veces de ordenador. Nada. Al fin, Renfe se dignó "descolgarse" y apareció en pantalla. Una vez obtenido el billete, le di mi tarjeta de banco. Nuevos nervios de la dependienta. "Nuestro sistema de cobro no responde". Total, que tras quince minutos, estábamos como al principio y sugerí irme a un cajero, sacar yo el dinero y volver allí a pagar en efectivo, como así tuve que hacer. Una gestión de cinco minutos se había convertido en más de cuarenta y cinco minutos entre unas cosas y otras. Mejor me hubiera ido si me hubiese desplazado a la estación de Chamartín, leyendo tranquilamente en el metro. Y me pregunto: "¿cuál será la próxima aventura que leeré al autor de Alatriste antes de que me suceda a mí?" "¿deberé seguir leyéndolo y dejar que actúe solo el destino?" "¿es el azar o es don Arturo que, como un mago, me ha lanzado un sortilegio?". No lo sé, pero parece cosa de encantamiento. Y, como dijo un anciano de mi pueblo, de los que se sientan al sol de los bancos de la plaza sin salir de casa con el INSERSO, "más vale creer, que ir a averiguar".

viernes, 15 de julio de 2011

BIENHECHOR DESCONOCIDO



El pueblo español, a diferencia de otros pueblos europeos, ha sido poco dado a investigar, conservar, estudiar, incluso a leer, su propia historia. Al español, más que conocer su pasado para interpretar su presente y prevenir su futuro, le interesa protagonizar su presente (aunque sea a mamporrazos con el vecino de al lado), reescribiendo su pasado para construir un futuro incierto. Salvo honrosas excepciones, la biografía ha sido una "cenicienta" dentro de la ciencia de la Historia. Aún recuerdo los años de mi adolescencia cuando devoraba biografías (algunas inolvidables) prácticamente siempre escritas por ingleses o franceses. Cuando tiempo después me interesé por las revistas de Historia que divulgaban sucesos y personajes, Historia y Vida era una isla de publicaciones (luego vinieron otras, como Historia 16), mientras en Inglaterra Francia llevaban muchísimos años de rodaje colecciones enteras de biografías y revistas como History o Miroir de l'Histoire, respectivamente. También en esto llevamos un retraso abismal con el resto del continente.
Por unas razones o por otras, la biografía ha sido entre nosotros como la "cenicienta" del cuento. En los últimos años han proliferado, eso sí, biografías y memorias de personajes políticos de la democracia, incluso biografías noveladas. Y es de desear que nuevos historiadores nos recuerden, de forma sosegada, quiénes fueron nuestros antepasados.

Por ello, cuando me hice cargo de la Dirección del Colegio Mayor Elías Ahuja de Madrid, por nombramiento del Rector D. Gustavo Villapalos, sabía de Elías Ahuja lo mismo que bastantes de mis predecesores: nada. Durante un viaje a Cádiz y El Puerto de Santa María, anduve curioseando sobre su figura y encontré muy poco que aprender. Tomé fotos en las fachadas de sus casas en Cádiz (en la que nació y también en la que ocuparía a su regreso de América) y en la de El Puerto, por entonces en restauración. Más tarde, con motivo de participar invitado en un encuentro de poetas en la Fundación Rafael Alberti, de la ciudad de El Puerto, conocí al joven Manuel Martínez Cordero, quien me mostró cómo ya llevaba adelantado un boceto de biografía bien fundada en documentos preliminares y dispuesto a caminar con paso firme hacia una meta desconocida. Por tanto, al saber recientemente que tenía en imprenta el libro sobre Don Elías Ahuja y Andria, el prócer gaditano al que su propia tierra sólo le había dedicado una enorme plaza en El Puerto, sentí una curiosidad ilusionada. El libro abarca 133 páginas, en un alto porcentaje de documentación reproducida, avalada con bastantes fotografías. Estas últimas, por ser antiguas y reproducidas a veces en gran tamaño (la doble página) aparecen con una retícula que les resta nitidez. Pero a través de la información textual y gráfica, Elias Ahuja durante la lectura, iba pasando de ser una sombra a convertirse en una figura muy atractiva por su carrera, su carácter emprendedor, su altruismo generoso, discreto, prudente, magnánimo, responsable en aquella España mísera tan diferente a los Estados Unidos donde él había crecido en su juventud. Sus fotografías, con ese pelo blanco, siempre bien trajeado, me lo acercaban más a la imagen de un lord inglés que a la de un "señorón" español de su tiempo.

El libro podría haberse completado describiendo con mayor amplitud el panorama social de la provincia, incluso de Andalucía entera. Pero eso habría retrasado y encarecido la edición de la obra.

Elías Ahuja vive en una España empobrecida pero que, bajo la aparente paz, cuece una olla a presión que explotará bien pronto y le obligará a volver de inmediato a los Estados Unidos para morir allí. Su persona había recibido honores y distinciones, pero también la maledicencia, incluso la calumnia, y se preparaba su persecución. Hizo bien en volverse a América, su segunda patria.

Con EL BUEN SAMARITANO. ELÍAS AHUJA, Manuel Martínez Cordero ha puesto la primera piedra, el sillar básico, para quienes deseen conocer en el futuro, investigar o redactar tesis doctorales, sobre un gaditano singular, generosísimo con su provincia. Muchos de los jóvenes que han pasado por el Colegio Mayor Elías Ahuja tendrán en él bastante que aprender: en la dedicación al trabajo pero igualmente en la imprescindible integración donde siguen existiendo desfavorecidos. Ningún directivo, ningún universitario podrá excusarse en la ignorancia cuando resida en ese centro universitario. Como decían los faraones del Antiguo Egipto, "que así se escriba y así se cumpla".

sábado, 25 de junio de 2011

CORPUS CHRISTI EN TOLEDO






En Toledo, "la fiesta", por excelencia, no es la Navidad, ni el Año Nuevo, ni la Pascua de Resurrección. Es el Corpus Christi. Toda la ciudad se echa a la calle formando una multitud que aumenta porque llegan de la provincia, de toda España y del extranjero muchos curiosos, turistas y fieles para contemplar este acontecimiento. La "fiesta" comienza en la víspera porque, ya adornada como una novia que mostrara su ajuar, la ciudad luce sus galas por todo el trayecto procesional del día siguiente: arcos de flores, romero y tomillo, faroles, balcones cubiertos con reposteros, mantones de Manila, banderas españolas y de la ciudad... Y, al atardecer, desfila un cortejo de músicos, gigantes, cabezudos y tarasca, para alegría de transeúntes, especialmente de niños que miran embobados su paso lleno de colorido, alegría y ritmo. Recorrer esa noche un Toledo tan iluminado, "que reluce más que el sol", es un privilegio, pero un privilegio doble, como fue mi caso, en compañía del joven Héctor, cultísimo, educadísimo arquitecto, que parece salido de una novela de Mujica Laínez. Tuve un guía y un anfitrión de lujo.


Al amanecer, se saca la impresionante colección de tapices de la catedral (propiedad de Patrimonio Nacional), para garantizar que no les suceda nada, y se cuelga sobre los muros de piedra del enorme templo, decorando más aún si cabe, el trayecto más noble.


Desde que la iglesia instauró la fiesta del Corpus Christi, allá en 1208, difundida por teólogos y Papas, por milagros en torno a la Forma Sagrada, fue la propia Iglesia quien se esmeró en cuidar su rito, su liturgia y hasta su boato. La mejor forma de hacer visible al pueblo (ya que no comprensible) el misterio de la presencia de Cristo en la Eucaristía, era publicitar su adoración, convenientemente acompañada de un culto externo aparatoso y solemnísimo en la procesión. Los autos sacramentales, representaciones de teatro en torno a la procesión, explicarían al pueblo el misterio eucarístico de un modo plástico. Y los cánticos ("Cantemos al amor de los amores/cantemos al Señor/gloria a Cristo Jesús....") han pervivido en la memoria colectiva del pueblo fiel.


La festividad del Corpus Christi en Toledo es la más aparatosa de todo el mundo. Su archiconocida Custodia, en la cual se exhibe la Sagrada Forma, desfila por las sinuosas calles de esa ciudad ya de por sí hermosísima, acompañada de autoridades civiles y militares, de clero secular y regular, de Órdenes religiosas y militares, de cofradías, de miembros del ejército, constituyendo un espectáculo grandioso e impresionante. No sólo por el variadísimo colorido y fulgor de los ornamentos del cardenal-arzobispo, de sacerdotes, diáconos, subdiáconos, seminaristas, monaguillos... (casullas, dalmáticas, sobrepellices), sino por la variedad tan vistosa de capas blancas, cogullas rojas, verdes o marrones, gorros, birretes, mantillas negras, estandartes escarlatas, uniformes militares de gala de todas las armas, alabarderos que parecen escapados de la Historia, con sus terciopelos y gorros, pero también por los perfumes mezclados del tomillo y el romero con el incienso quemado en incensarios de movimiento pendular, que hacen ver los bordados en oro, los encajes y los terciopelos a través del humo perfumado, como algo de otro mundo, escapado de un lienzo antiguo o tal vez de un sueño. Voltean las campanas, se escuchan salvas de cañones, llueven miles de pétalos blancos arrojados desde los balcones... Para el mero turista, el paso de la Custodia, largamente esperado al final del cortejo, puede ser el desfile en torno a un emperador. Para el creyente, la contemplación de la Eucaristía en su apoteósis es un golpetazo a sus creencias más profundas. Y el vello, a pesar del calor, se le eriza. Porque llega en su trono el nexo entre Dios y los hombres, el misterio de los misterios, y pasa por delante de él: "amor por siempre a ti, Dios del Amor".

martes, 14 de junio de 2011

VACACIONES EN DONGA






Voy a pensar seriamente en pasar mis próximas vacaciones en Donga, país africano del que no tenía la menor idea pero tras leer el nuevo libro de Alfonso Vázquez Livingstone nunca llegó a Donga (Ediciones Rey Lear, 2011), siento una enorme curiosidad. (Esta obra ha sido dedicada por su autor al Colegio Mayor Elías Ahuja, donde afirma haber aprendido mucho de humor y de teatro, lo que nos hace suponer también cualquier otra asignatura inconfesable). Por si fueran poco sus 133 páginas en formato de bolsillo, aptas para solazarse mientras se viaja en metro, la obra viene precedida por un prólogo de Luis Alberto de Cuenca, viajero impenitente como todo el mundo sabe, quien ya visitó la ex-colonia británica en los años 70 del pasado siglo. Un reino tan sabiamente regido en forma de matriarcado, que ha sabido conservar muy diversos tesoros de sus civilizaciones pasadas, como la Estela de los agachados; un lugar donde la tolerancia religiosa admite que la iglesia anglicana local sea la única en el mundo que celebra la Semana Santa con suntuosas procesiones (cuya cofradía más famosa es la conocida como El regateo que escenifica cómo Judas pide cien talentos por traicionar a los suyos y un sargento romano se echa las manos a la cabeza). Será cosa de organizar mi viaje para no perderme este desfile y, más aún, si coincidiera con el espectáculo nocturno de la danza de los escrotos fluorescentes. Con esta guía tan completa, cuya lectura aún no he concluído, me apresto a buscar en google un billete de Donga Airways, con destino a New Strawberry Fields, la capital de esta antigua colonia británica, comprarme un taparrabos para no llamar la atención allí y una lata de nivea en tamaño familiar.
Para que Cervantes llegase a escribir la espléndida parodia de las novelas de caballería (creando el nuevo género de la novela moderna), tuvo que leer previamente muchas narraciones de dicho género. Más aún, gustaba de las buenas novelas con protagonistas caballeros andantes por tierras ignotas, enfrentados a misiones casi imposibles, para rescatar a princesas de belleza y virtud casi ideales. Más tarde se extendió por Europa la sed de los viajeros buscando lugares exóticos. Franceses, ingleses, alemanes, algunos italianos y poquísimos españoles, se lanzaron a diligencias y barcos hacia países o mundos desconocidos, bien pertrechados de cuadernos donde anotar sus descubrimientos. Y así nació la "literatura de viajes". Alfonso Vázquez, viajero y lector compulsivo, aporta mucho más que un granito de arena a un género aún en mantillas entre nosotros, sino toda una duna movediza y resbaladiza con este libro ilustre e ilustrado (en todos sentidos) y que aún no sé si colocar entre mis guías turísticas o junto al Quijote. Tengo que llamar a Luis Alberto para que me ayude a situarlo. De momento lo tengo muy cerca de La Codorniz.

domingo, 12 de junio de 2011

HAZVERSIDADES








He tenido que acceder a la reiterada invitación del escritor Jaime Alejandre (ex-alumno y sin embargo, amigo) para leer unos poemas míos en su ciclo de recitales en el café Libertad 8 de Madrid. Había aplazado mi compromiso, pero los aplazamientos traen consigo que el tiempo corre y llega la nueva fecha. Así que me dije: "adelante con los faroles y que sea lo que Dios quiera". También me daba cierto apuro que se editara el librito que va adjunto al recital para que los fieles del ciclo "HAZVERSIDADES" (un título muy de Jaime Alejandre) me tengan a mí como un estrambote de bisutería entre tanto oro y platino. El día 8 de junio, a las 8 de la tarde, en el café Libertad 8, de la calle y número como su nombre indica, acudí con mi carpetilla y leí como pude en un estrado ante un montón de personas, varios poetas que admiro y algún joven del que, pasado el tiempo, oireis hablar si no se malogra: Agustín Ostos. Espero que no sea abducido por otras seducciones y siga formándose, viajando y escribiendo. Allí leí en último lugar el poema "CUATRO COMETAS", que estrené esa tarde aunque ya había aparecido en el comentario anterior de este blog.


Jaime Alejandre, vestido de beduino como puede percibirse en la foto, hizo una entrañable y desmesurada presentación mía. Ya se sabe que Jaime es así. Como dicen ahora, "se pasó tres pueblos" en elogios y en tiempo. Me había comentado que tardaría tres minutos y se entretuvo por lo menos quince en mi exaltación.
Sentí una sensación extraña. Nunca me ha gustado releer lo que escribo. Y menos aún en público. Mis propios textos me producen enorme aburrimiento. Todavía más cuando se trata de versos escritos hace tiempo y, para mayor inri, delante de un público. Pero, aparte de varios poetas de prestigio (algunos me felicitaron después, supongo que sinceramente y no obligados por la cortesía), el público era "adicto", o sea, amigo. Y aplaudieron con cariño. Después firmé ejemplares, nos tomamos en pequeño grupo unas tapas con varios jóvenes amigos y me volví a casa. Juan Carlos Pérez de la Fuente, que había estado al principio, no pudo quedarse porque participaba a esa hora en la sección de un programa de la COPE que lleva Luis Alberto de Cuenca. Y uno y otro tuvieron la gentileza de dedicarme varias "flores" en las ondas. Quienes me animan a publicar el libro inédito Interior bodega ignoran que yo quiero dejarlo inédito. Por el momento me interesa más la prosa. Mi autocrítica me dice que es mejor así.

miércoles, 8 de junio de 2011

CUATRO COMETAS







El día 8 de junio, a las 8 de la tarde, he realizado la lectura de una selección de mis poemas, en el Café Libertad 8, situado en la calle y número del mismo nombre, en Madrid. Jaime Alejandre, escritor y coordinador del ciclo hizo una cariñosa y desmesurada presentación de mí, con esa generosidad y talento que él pone siempre en aquello que quiere. A la misma hora, en la COPE, Luis Alberto de Cuenca leía un soneto mío en el programa "La linterna". Entre los poemas seleccionados, leí en último lugar el más reciente, Cuatro cometas, en recuerdo de esos cuatro jóvenes que, en distintos lugares y tiempos, nos fueron arrebatados en accidentes. Eran cuatro soles del universo universitario del Colegio Mayor Elías Ahuja, donde yo los había admitido, los traté, los quise... y su ida ha dejó un hueco irrellenable en mi corazón. Transcribo en este blog el poema para ver si mi desconsuelo se mitiga al compartirlo.







CUATRO COMETAS






In memoriam







Qué le respondo al sol si me pregunta


por sus cuatro cometas de parchís,


aquellas cuatro risas voladoras:


glauca, turquesa, verde y escarlata.


Le puedo responder que un dios jupiterino


precisaba coperos,


pero no sé si admite mentiras de trabajo temporal.



Hoy la verdad es un espejo roto


y el mío me devuelve cuatro ausencias.


Le diré que el narciso


pereció sobre nieve,


dejando su chaqueta colgada de un carámbano.


Le puedo argumentar


que a un río lo llamaban Carlos


pero también a la amapola humilde


que dejó sangre entre los surcos secos.


Tal vez, con disimulo,


resuelva la cuestión sobre los tréboles


con que Javier vestía de esperanza el mundo


o los silencios de Daniel, azules


pensamientos,


mientras corre veloz camino de su muerte.


Habré de responder al sol si me pregunta


que mis labios quedaron cosidos para siempre


y mis ojos contemplan


cómo tiran del carro de la luna cuatro alazanes blancos


en las noches anónimas.








domingo, 1 de mayo de 2011

HOMENAJE




Desde que recibí la tarjeta-programa de invitación, me comenzó el desasosiego. Ver una foto mía con una breve biografía, llenando la tercera hoja del tríptico, me ruborizó. Días antes del evento, hilos sueltos de conversaciones me producían desasosiego. Pero nadie soltaba prenda. Desde la víspera me comencé a poner nervioso pues por azar descubrí la posibilidad de que mi hermana, residente en Sanlúcar de Barrameda (que había estado en Madrid diez días antes) se hubiera vuelto a desplazar a la capital. Cuando el sábado, día 30 de abril, una hora antes del comienzo de la ceremonia la encontré en el Elías Ahúja, con Isabel (ex-gobernanta y amiga común), también desplazada, la inquietud pasó a nerviosismo. Pero era tarde: Don Antonio Garrigues Walker, con su esposa, el Provincial, Directores de Colegios Mayores amigos, ex-subdirectores (José Jaime, Miguel Ángel, Abel, Pedro...), ex-colegiales con su Junta Directiva (entre ellos, el que fue primer Presidente de la Asociación, Manolo Fornos, que vino desde su Galicia), amigos leales (Cristina Ferreiro llegada desde Córdoba), colegiales y familias venidas a la imposición de becas de sus hijos... impedían que me volviera al coche y saliera corriendo. Entramos al salón de actos. Me sentaron junto a la promoción que iba a tomar la beca, con chicos a los que tengo mucho cariño pues los admití yo hace cuatro años. En el centro del escenario, el piano de cola tapado de blanco. Y en las paredes laterales del teatro, dos enormes pantallas. Comencé a sudar. El Director hizo un breve y estupendo discurso, con claridad de ideas sobre lo que es ser colegial de ese centro, aunque se le fue la mano generosamente sobre mi persona. Después, don Antonio Garrigues Walker, Presidente de la Fundación Elías Ahuja, hizo otro discurso (también excesivo en elogios hacia mí) del que me gustó mucho cómo vio la perspectiva futura del joven universitario. Y, apagadas todas las luces... ¡Dios mío! una proyección inició un recorrido por textos en prosa y en verso de mi obra, recitados, leídos, a modo de ensayos en diferentes puntos del Colegio, por personas que carecen de experiencia teatral pero maravillosamente interpretados: la administradora, un cocinero, un antiguo subidirector, mi amiga Rosario, colegiales, el subdirector actual, un grupo de improvisados y voluntarios actores, técnicos, iluminadores... dirigidos por uno de los mejores directores teatrales de España: Juan Carlos Pérez de la Fuente. Lo más asombroso es que éste último, durante los días anteriores, estuvo ensayando LA REVOLTOSA en el Teatro del Canal y acababa sus trabajos por la noche, con lo cual ensayaban mi homenaje en distintos rincones del Elías Ahúja a altas horas de la noche. Algo impresionante, impagable e inmerecido por mí. Al no poder asistir al estreno de mi homenaje en persona (pues LA REVOLTOSA se estrenaba el mismo día y a la misma hora que el acto del Colegio Mayor), Juan Carlos decidió hacerlo en proyección. Un recorrido por mis textos acompañado por el colegial-pianista Daniel Rivera, espectáculo proyectado que acababa con elogios hacia mi persona de todos los participantes en el espectáculo, incluidos Rosario Calleja y el propio Juan Carlos Pérez de la Fuente.

Después, el Director me impuso la beca, con todo el salón aplaudiendo de pie y me invitó a pronunciar unas palabras, que yo tenía previstas, por si la emoción me impedía improvisar:



"Cuando el Director me comunicó que se me había concedido la Beca de Honor, me sentí muy honrado, pues una cosa es lucirla institucionalmente y otra, tener derecho a llevarla en el futuro, espero que con la mayor dignidad posible. Inmediatamente pensé que, en buena lógica, debería cortar esta beca en trocitos y repartirla entre las personas que tanto me han ayudado, enseñado y colaborado durante veinte años. En primer lugar, los diferentes Provinciales que confiaron en mí; en segundo lugar, a Don Antonio Garrigues Walker, Presidente del Patronato, que me ha venido distinguiendo con afecto y amistad. En tercer lugar, a muchos compañeros Directores experimentados o incorporados más tarde, quienes con su veteranía o su juventud, me enseñaron tantas experiencias.
De puertas adentro, no puedo olvidar a varios hermanos agustinos, que han arrimado el hombro generosamente, sobre todo, a quienes formaron parte de los sucesivos Consejos de Dirección. También llevo en mi corazón a la administradora, gobernantas, empleados, que me han hecho llevadero el trabajo con tanta generosidad en sus diferentes labores.
Pero comprenderán que la mitad de mi corazón esté con los muchísimos colegiales que he conocido: atentos, serviciales, cooperadores, simpáticos, que como tales colegiales o como delegados hicieron posible que nuestro Colegio Mayor sea conocido en la Ciudad Universitaria por la calidad de sus actividades, por su corrección y comportamiento con todo el mundo, por su hospitalidad incluso con los desconocidos. Y también todos comprenderán que de esos muchos cientos de jóvenes, declare mi cariño casi paternal por seis de ellos, que asumieron ser subdirectores, en una tarea ingrata, incómoda y no siempre comprendida por algunos de sus compañeros. Ser subdirector de nuestro Colegio Mayor es una cruz más que un premio. Y como no podía traer aquí a los seis como padrinos (hubiera parecido una guardia pretoriana), le pedí esa función a Abel Jiménez, no sólo por la brillante trayectoria de sus servicios al Colegio, sino porque encarna fielmente la condición de “ahújo” y porque, todo hay que decirlo, fue el subdirector con quien más me peleaba.
En fin, me siento conmovido y puedo decirles que estoy disfrutando mucho, entre otras cosas, porque después de veinte años viendo la ceremonia desde el estrado, al fin la contemplo desde el público. Muchas gracias."




Terminada la ceremonia, entonado el "Gaudeamus" y después de posar con la promoción, pasamos a la cena, que resultó exquisita. Es un momento que siempre organizan muy bien la administradora, la gobernanta y el jefe de cocina. Don Antonio Garrigues y su mujer se quedaron a compartir la mesa (hecho muy infrecuente) y les gustó tanto el menú que él no creía que se realizara en la cocina del Colegio Mayor y pasó a la cocina a saludar a los cocineros. Mientras tanto, cayó el telón de LA REVOLTOSA en el Teatro del Canal y Juan Carlos con Rosario se vinieron rápidamente a compartir mesa, risas y brindis con nosotros. Fue una noche inolvidable donde pude disfrutar dando y recibiendo el cariño de tantas personas que siguen formando parte de lo mejor de mi vida.



(En cuanto tenga una foto actualizadade ese día, la pondré en el artículo; mientras tanto, valga esta de hace años, con la beca del Colegio Mayor)














































































































jueves, 28 de abril de 2011

ATENTADO EN MARRAKECH







Los periódicos han dado cuenta de que el atentado sucedido casi al medio día de hoy, 28 de mayo, en el café Argana, de la famosa plaza Yemaa el Fná, ha producido hasta ahora, la muerte de 14 personas (11 de ellas turistas) y 23 heridos. A la espera de nuevos datos, se imponen varias reflexiones. La primera de ellas, por obvia, es que parece realizado por alguna fuerza que quiere impedir el proceso democratizador del régimen, empujado a iniciar reformas que han venido reclamando las manifestaciones de estos últimos meses, en paralelo con las ocurridas en diversos países árabes. Dichas manifestaciones, a día de hoy, han sido pacíficas y autorizadas o permitidas por el propio gobierno.

Cuando se menciona la palabra "régimen" aplicada a Marruecos, se incluye un complejo sistema que va mucho más allá de la jefatura del Estado, del gobierno y del Parlamento. Las dos últimas instituciones, elegidas por votación popular, se constituyen mediante complicadas "maniobras" por parte de los propios partidos (aún existe muchísima compra de votos), partidos donde abunda la gerontocracia y, tras las votaciones, la larga mano del rey, que puede nombrar al jefe del gobierno y a varios ministros completamente "a dedo". Por eso, se dice que los partidos políticos apenas tienen peso en la sociedad y sí lo tienen en cambio las ONGs religiosas (evito la palabra islamista a propósito), que son las que, a la postre, ayudan a los ciudadanos en sus necesidades.

Paralelamente a este sistema que parece democrático, existe el makhzén (pronunciado majzén), compuesto por miembros de la familia real, militares de alto rango, oligarcas de poder económico y asesores y consejeros nombrados directamente por el monarca. Los consejeros vienen a constituir un "gabinete en la sombra" con poder real, nunca mejor dicho. Parece ser que el propio makhzén fue quien frenó los impulsos de Mohamed VI al principio de su reinado, pretendiendo "modernizar" la monarquía. El poder del makhzén está presente en todo: agricultura, industria, banca, pesca...

Las recientes revoluciones en los países árabes han estallado en repúblicas gobernadas por presidentes que antes o después han sido sucedidos por alguno de sus hijos. En cambio, no ha sido así en Jordania y en Marruecos (obsérvese al respecto que el presidente de Argelia no tiene hijos). Pero a mayor abundamiento, el malik (=rey) de Marruecos es emir-al-mamounin (príncipe de los creyentes), algo parecido a la reina de Inglaterra al frente de la Iglesia anglicana. De modo, que una revuelta contra el rey sería una revuelta contra la autoridad religiosa. Y hoy por hoy, la jefatura del Estado no está cuestionada en nuestro vecino del sur, aunque sí se cuestionen los modos de gobernar según la última Constitución, que necesita un evidente cambio.

Sigamos con el atentado. Ha sucedido en un café situado en el mejor sitio de la plaza, pero a una hora muy temprana en que había pocas personas. Una bomba a las 5 de la tarde habría matado a cientos de turistas, ya que su clientela es mayoritariamente de extranjeros. Los organizadores del atentado no han querido hacer una matanza, sino dar un aviso. Pero curiosamente ese café se encuentra a tan escasos metros de la gendarmería de la ciudad, que raro es si no saltaron por los aires algunos cristales de sus ventanas. Y también me resulta raro que estando la plaza y el zoco vecino de la ciudad tan llenos de policías de paisano y de confidentes, ni ellos ni los servicios secretos (entre los mejores del mundo) hayan detectado nada previamente. Los organizadores del atentado han querido dar solamente un aviso pero llamando la atención del mundo entero en estas fechas de sensibilización hacia cuanto viene del mundo árabe.

¿Beneficia este atentado a los manifestantes que reclaman cambios? No. En absoluto. Estamos ante reclamaciones que nacen entre los jóvenes descontentos, como ha sucedido en sus países vecinos y en un país mayoritariamente joven aunque sin futuro. De momento, me temo que el régimen marroquí se va a sentir legitimado para actuar con mano más dura en la previsibles manifestaciones venideras, con el pretexto del supuesto "islamismo" causante de esta matanza. Es posible que con ese pretexto, se acaben incluso las manifestaciones. Y si hay que preguntarse, como en las novelas policíacas después de un asesinato: "¿a quién beneficia?", la respuesta es doble o triple: a los que no quieren los cambios, ya sea de fuera del régimen (Al-Qaeda y su franquicia) o dentro del propio régimen. Si elegimos esta segunda opción, nos encontramos una estrategia también doble: la persecución indiscriminada de movimientos islamistas dentro del país (como pasó tras el atentado de Casablanca) y justificar así una mayor represión, lanzando un mensaje al mundo: "esto es obra de islamistas y por tanto, nos vemos obligados a reprimirlos para guardar las espaldas a Europa". La política del Reino de Marruecos es tan laberíntica, opaca y astuta (recordemos el incidente de Perejil y los réditos publicitarios que obtuvo) que a mí no me sorprende nada de nada. Un amigo marroquí me definió a su país diciendo: "es la cultura del simulacro" y un cónsul español en Casablanca, me comentó: "aquí nada es probable, pero todo es posible".

Finalmente, he querido acompañar el texto con una foto de la plaza, aunque lamentablemente una sombrilla tapa al café Argana, pero sí puede verse el edificio de la gendarmería, justo al lado a la izquierda.

sábado, 5 de marzo de 2011

A LOS PIES DE ALFONSO VÁZQUEZ


Algunos autores de comedias, guionistas de cine y televisión opinan que hacer llorar es más fácil que hacer reir. Quizá por ello, en las series televisivas cómicas se ha impuesto la intermitencia de unas risas enlatadas que ayuden al espectador a reir. Si la risa es difícil de obtener, la sonrisa (por paradójico que parezca) es todavía más difícil. La risa es provocada por el chiste, la burla, la parodia y viene del vientre (a veces, del bajo vientre). Y no digamos la risa del español, que se dispara muchas veces ante la desgracia ajena. La sonrisa es provocada por el humor. Y el humor no nace en el corazón ni en el estómago, sino en el cerebro. Cuando Miguel Mihura afirmaba que el humor es la pluma que adorna el sombrero, decía verdad. El sombrero es la realidad. La pluma, en él, le otorga esa "desviación", ese toque de diversidad que nos sitúa en que algo es posible pero inverosímil, "al filo de lo imposible" como López Rubio tituló una serie televisiva firmada por él. No recuerdo si era Edgar Neville quien aseguraba que el humor parte de la base de que "las cosas sucedan de otra manera". Jardiel Poncela, enciclopedia del humor, aunque el suyo sea descoyuntado por absurdo, a veces se fijó en personajes históricos para colocarlos en situaciones insólitas. De novelas mucho más recientes, me acuden a la memoria dos narraciones del humor sutil al que me refiero: la novela Pantaleón y las visitadoras (1973), de Mario Vargas Llosa, y El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008), de Eduardo Mendoza, esta última un cruce de novela histórica, policíaca, hagiografía y parodia de todas ellas. Pues bien: en esa línea se desenvuelve la novela Viena a sus pies, del malagueño Alfonso Vázquez, que ha merecido justamente el PREMIO BOMBÍN DE NOVELA CORTA DE HUMOR, concedido por unanimidad de un prestigioso jurado.

Estamos acostumbrados a imaginar al emperador Francisco José de Austria como alguien imponente, casado con Elisabeth, la Sissi que el cine nos dio almibarada en el cuerpo de Romy Schneider, figuras desdichadas de la Historia (el suicidio de su hijo y heredero, el asesinato de la emperatriz, las tensiones con Hungría), la proximidad del primo Luis II de Baviera (otro rey de fatal destino), etc. etc. Pero nos cuesta pensar que aquel emperador sufriera unos callos "dignos de la Exposición Universal de París". O que el autor nos zarandee con la alusión a María Vetsera como la "pelandusca" que se ligó al heredero. Los nombres propios de aquella corte evocan grandes palacios, músicos de peso en Europa (Wagner, Mahler, Verdi...) o valses románticos (Strauss). Por ello, la narración de Alfonso Vázquez da una vuelta de tuerca y se fija en la misteriosa muerte, entre homicidio casual y asesinato bien planificado, del doctor Carl Joseph Oltman, podólogo de Su Majestad Imperial y, por ende, un largo etcétera de cortesanos, altos militares, quizá prelados y alguna abadesa.
Desde el 16 de junio de 1904 fecha de la muerte del ilustre podólogo, atropellado por un Rolls Royce que circula a la vertiginosa velocidad de treinta kilómetros por hora, en la céntrica avenida Ringsrtasse de Viena, Antón Kraus, discípulo del difunto, emprende una investigación en la que irá atando cabos, desvelando trapos más o menos sucios, que captan la atención y la sonrisa sostenida del lector. Alfonso Vázquez sabe dosificar los ingredientes, describir ciudad, campo, personajes, situaciones, de modo que tiene al lector en vilo hasta la última página. El buen conocimiento del terreno (de la Historia, de la ciudad, de los ambientes) no impide la licencia de alguna inexactitud histórica (raro es que un Rolls estuviera suficientemente comercializado en 1904, año de la creación de la marca, para que el músico Mahler ya hubiera adquirido uno). O que, en vez de "Majestad", como manda un protocolo imperial, se use el tratamiento de "Excelencia". Con dominio, pues, del territorio narrativo y del lenjuaje, Alfonso Vázquez va levantando alfombras en el pasado del difunto y en el de los demás personajes, llevándolos y trayéndolos, como una especie de "danza de la muerte" o racimo de cerezas humanas para solaz del lector. Tuve la fortuna de descubrir las dotes literarias de Alfonso Vázquez tempranamente, cuando, siendo un joven recién terminada su carrera, me envió el relato de un huracán en las playas del Caribe, que le pilló en plenas vacaciones. Años después me envió su libro Teoría del majarón malagueño (2007), que yo recomiendo a todos los andaluces, y me convenció de que llegaría muy lejos. Pues bien: ya ha llegado. Esta es la novela para regalar y quedar bien con todo el mundo (yo se la he regalado a mi podóloga). No acabo de escribir este comentario y me llega la noticia de una nueva obra en la misma editorial. Me quito el sombrero. O, mejor, me quito el zapato.

domingo, 6 de febrero de 2011

FLORES CORTADAS


Cuando llegué como nuevo Director al Colegio Mayor Elías Ahúja, justo durante la madrugada en que íbamos a celebrar la Fiesta de Apertura del curso, falleció repentinamente un colegial, víctima de edema pulmonar fulminante. Este hecho imprevisto y luctuoso me afectó tanto, que siempre temía la llegada de las fiestas. Luego vinieron otras muertes trágicas de jóvenes colegiales: José Luis Sanz, mientras intentaba salvar a un niño en peligro sobre las blancuras de Sierra Nevada, Daniel Freire, atropellado por un taxi cuando cruzaba una calle madrileña haciendo footing, y así varios ex-colegiales, hasta la muerte trágica de Javier Zurita, fallecido a sus 36 años en un accidente de aviación lejos de España. Deja una joven viuda, tres niños pequeños, una madre desconsolada (que perdió trágicamente hace tres años a otro de sus hijos y el año pasado al marido víctima del cáncer), pero, sobre todo, Javier nos ha impactado a todos los que conocimos su nobleza, su deportividad, su optimismo, su buen compañerismo. Ocupaba un cargo de relevancia en una banca londinense, donde trabajaba y se veía con otros compañeros del Colegio Mayor. Todos hemos quedado consternados por una pérdida tan inesperada de una persona tan querida.



Quienes hemos conocido de cerca la convivencia en un Colegio Mayor, especialmente en el Elías Ahúja, sabemos los lazos apretados de cariño y fraternidad que se tejen entre jóvenes tan llenos de vida, que hacen esperar de ellos una larga y fecunda existencia. Pero olvidamos que la vida no es otra cosa que un jardín donde las flores no sólo se mustian por el paso del tiempo sobre el mismo tallo, sino por el tijeretazo implacable de la muerte, que a veces corta sin misericordia cuando menos lo esperamos. Todos ascendemos por unas escaleras mecánicas (cada uno la suya) pensando que el piso al que subimos aún está lejos. Cada flor aporta poco o mucho al jardín, según su naturaleza: diferente color, diverso perfume y, también, dispares condiciones de suelo, riego, orientación, humedad. Cada uno de nosotros tenemos nuestro propio ciclo vital que dejamos cumplido o medio vacío, según hayamos sabido llenar, como decía Kipling, "el minuto incierto de sesenta segundos que llevan al cielo". Nuestros nombres (Ángel, José Luis, Dani, Javier...) ya no son más que el nombre frío en una placa mortuoria, como sus cuerpos (aquellos cuerpos que vimos correr en una cancha de baloncesto o de rugby o estudiando en un aula o tomando unas cañas en el bar) ya son simplemente restos orgánicos. Nuestros jóvenes ya no están ahí. No los busquemos. Sobreviven en nuestro recuerdo doloroso. Sobreviven en la dolorosa vida de sus más próximos, pero realmente sobreviven allá en los campos de Dios donde brillan con la luz que el mismo Señor les ha dado a compartir. Allí estáis, todos ya flores blancas, cortadas y adornando las estancias del Señor. Que Dios os bendiga a todos vosotros, allá donde estéis, porque vuestro paso por la tierra nos ayudó a ser mejores. Descansad en paz.

viernes, 28 de enero de 2011

SEÑAS DE IDENTIDAD



Las Ordenes religiosas fueron pioneras en lo que hoy se conoce como "identidad corporativa". Creadas o estructuradas durante la Edad Media, Órdenes monásticas y mendicantes destacaron en mostrar a la sociedad su identidad corporativa a través de escudos, imágenes, arquitecturas, siglas, diseño y color de sus hábitos. Cualquiera que viese un monasterio, convento, hospital, portada de libro, imagen de retablo, fraile o monja por la calle, podía identificar de inmediato si era benedictino, cisterciense, agustino, dominico, carmelita o franciscano. Bien es verdad que, en sus emblemas y escudos, los institutos religiosos no hicieron otra cosa que obispados y abadías, incluso que el propio Vaticano, en cuyas sedes se sentaron prelados y pontífices de origen familiar noble (los Médicis, Orsini, Borgia, sin ir más lejos), con sus escudos, lemas y emblemas bien visibles. Leer detrás de un nombre las siglas O. S. B., O. S. A., O. P., O. F. M., S. J., equivalía a conocer a qué Orden pertenecía el autor de un libro. Posteriormente, otros institutos religiosos como jesuitas, claretianos, escolapios y un larguísimo etcétera siguieron el mismo camino.
Con el final del Concilio Vaticano II, la liturgia, la arquitectura de los templos y su ornato, las Constituciones y normas de cada congregación fueron revisadas en una línea que, en general, buscaba la sencillez, el abandono de todo signo heráldico, de toda señal identificadora. Los clérigos optaron por la paulatina supresión de habitos y sotanas. Las monjas, por la sustitución de complejos vestidos y tocas por unos guardapolvos y rebecas bastante comunes y vulgares.
Al mismo tiempo que toda esa depuración, los institutos religiosos querían fomentar y difundir su "carisma" fundacional o vocacional. Pero en bastantes casos todo quedó en un carisma difuso consistente en acudir a cualquier frente de la Iglesia, como si cada congregación quisiera apagar todos los fuegos a la vez. No sé si atreverme a llamar "epidemia de la acción" y "vocación iconoclasta" a los dos ejes que se cruzaron, de forma que pocos son ya capaces de distinguir a un dominico de un claretiano o a un franciscano de un agustino. Todos están en todas partes y viene a dar igual una cosa que otra. Las religiosas han ido por un camino paralelo, si cabe peor aún, dado el extraordinario número de congregaciones femeninas (muchas de ellas con poquísimos miembros), que abundan en los cinco continentes. Podría añadirse que el Concilio urgió a la unión de congregaciones pequeñas, con escaso éxito.
Me han regalado un DVD que se llama "Silos por dentro", donde la Comunidad benedictina de dicho famoso convento muestra su forma de vivir la vocación religiosa. Es un documental muy loaable de una Comunidad que sabe cuál es su función dentro de la Iglesia, es fiel a sus normas y sabe lo que significa vivir en un monasterio de tan alto valor histórico y artístico. Así es cómo se difunde "esa" vida religiosa y así es cómo, posiblemente, se pueden despertar vocaciones para integrarse allí. Lo deseo vivamente.

domingo, 19 de diciembre de 2010

NAVIDAD FORMATEADA


Entré en unos grandes almacenes a comprar tarjetas navideñas. Había más de cien clases diferentes. Pero ninguna tenía lo que buscaba: algún dibujo bonito o una fotografía original de un misterio navideño, ya fuese de cuadro antiguo, de códice medieval, un diseño infantil o una creación étnica. Nada. La Sagrada Familia, el misterio de Belén, el Niño Jesús, no aparecían por ninguna parte. Eso, sí: muchas tarjetas con el árbol de Navidad lleno de regalos (quizá como mensaje subliminal invitando a comprarlos allí mismo) y bastantes papás noeles, con o sin ciervos, como icono único. Los arcos luminosos de las calles (todos de diseño, por supuesto) se han moderado mucho porque la corporación municipal no está para "belenes" (nunca mejor dicho), ya que se halla al borde de la quiebra como consecuencia de un despilfarro vertiginoso. Aún recuerdo un gigantesco abeto de hace pocos años, que costó un "congo", para pasmo y admiración de los viandantes. La Navidad ha dejado de ser cristiana para convertirse en la feria del regalo, el maratón de la comida y la bebida, la vorágine de la discoteca. Desde primeros de diciembre hemos cerrado las puertas del corazón a los itinerantes José y María, que buscaban donde guarecerse una noche porque ella estaba a punto de dar a luz, ya que tenemos la casa llena de invitados y de paquetes de regalos. No nos queda un rincón libre y la agenda la tenemos repleta de comidas de empresa y de cenas de amigos. Hemos disfrazado la Navidad porque no nos gustaba como era.
La Navidad no está ya ni en nuestra mesa ni en nuestra casa ni en nuestro corazón. Está en las filas del paro, en los hospitales, en las residencias de ancianos, en los comedores de indigentes, en las cárceles, en las pateras. Cada uno de los menesterosos, de esos "invisibles" que no vemos, es Jesús. Y la mejor tarjeta navideña podría ser la fotocopia de un permiso de residencia denegado o caducado, la carta de un despido laboral, el diagnóstico clínico de una enfermedad incurable, la sentencia de un juez, el menú de un comedor de CARITAS. Por eso este año yo no os deseo una Navidad feliz, sino una Navidad renovada en un corazón formateado. Y eso, sí: con las figuras de Jesús, María y el Niño, temblando de frío en su humilde portalico.

domingo, 7 de noviembre de 2010

DESDE MI VENTANA


Ahora fumo en la terraza. Así evito que los humos entren en el cuarto donde vivo, trabajo y duermo. También, con este pequeño rito, logro disminuir el número de marlboros que incinero cada día. Esta tarde el panorama desde la terraza es muy despejado. Los campos de deporte donde se entrena un número indeterminado de chavales en diferentes modalidades (fútbol, baloncesto, balonmano...), jaleados por voces y silbatos de entrenadores, quedan delimitados por árboles formando un marco vegetal, a modo de espectadores mudos del bullicio. Hojas verdes, marrones, ocres, tostadas, beiges... forman preciosos abanicos abiertos, prolongados en árboles más allá por calles y avenidas. Bajo el azul limpísimo de este norte madrileño, acacias, castaños de Indias, chopos, algún olmo perdido, bloques anaranjados de ladrillo visto por este sol otoñal, precisarían el pincel de un Antonio López para darle justeza y poesía. Por la avenida de la Ilustación circulan miles de hormigas motorizadas en forma de automóviles en rápido y perfecto orden lineal, que pasan bajo las dos inmesas series de arcos metálicos, como esqueletos de diplodocus ahí abandonados. Al fondo, cuatro nuevas y altísimas torres, las más altas de Madrid, brillan su gris acerado como gladiadores vigilantes. De aquí a poco comenzarán a iluminarse las ventanas de los bloques, los epilépticos tubos de neón de las tiendas. Entrada la noche, emerge del fondo de la vaguada la mole de un centro comercial, como enorme submarino, con sus dos torretas y sus numerosas velas blancas iluminadas, recordándonos que somos marineros en tierra, encallados y, a veces, también encanallados. Debajo de mi terraza se alzan altos, oscuros, imponentes, casi llegando al saledizo, cuatro abetos que unen sus ramas, como fantasmas en siniestra sardana. Siguen iluminándose ventanas a lo lejos. Cada una alumbrará una o varias historias. Quizá en alguna terraza, otro fumador cavila. Te saludo, desconocido, con unos aros de humo blanquecino.

domingo, 31 de octubre de 2010

VEINTE AÑOS NO ES NADA


Volver, al cabo de veinte años al punto de partida, en este caso al barrio donde uno vivió durante otros dieciséis, acarrea numerosas sensaciones: el reencuentro con amigos, compañeros, vecinos, locales, tiendas, paisaje urbano… pero, también, la constatación de aquello que escribió Machado en un verso: “el tiempo lame, y roe, y pule, y muerde”. Y es que el tiempo nos muestra, de sopetón, a no pocos antiguos alumnos del Colegio Valdeluz o a parroquianos de Santa María de la Esperanza, que uno dejó saliendo de la adolescencia y ahora se los encuentra convertidos en maduros papás de otros jóvenes, también estudiantes en el mismo centro o asistentes a los oficios religiosos del templo.
Esencialmente, no ha cambiado mucho el barrio (farmacias, bares, peluquerías, centros educativos, bancos…), aunque se echan en falta algunas tiendas, que han sido sustituidas por otras, y poder aparcar cómodamente en Fermín Caballero ya parece una postal de la nostalgia. Sin embargo, ciertas novedades apuntan al progreso: un centro de salud, más jardines o mejor cuidados en urbanizaciones, más y mejores instalaciones en el Colegio Valdeluz, un aumento en líneas y servicios de autobuses urbanos, un centro de día para mayores, más árboles en la avenida de la Ilustración, sin ninguna librería pero sí un teatro colindante… aunque lo más importante es el elemento personal, si con ello señalamos a los habitantes. Han ido marchando a “la otra orilla” abuelos, padres, hermanos de conocidos. O simplemente viven y se cambiaron de barrio al casarse. Y otros más jóvenes, en menor número, vienen ocupando su puesto, especialmente en forma bulliciosa de noches de fin de semana. La puerta del metro de Herrera Oria, justo al lado de la entrada parroquial, sigue siendo un punto de reunión, aunque luego, más tarde, a altas horas de la noche, en competencia con sirenas de ambulancias, se escuchen voces y gritos, viernes y sábados, de los “cofrades” de algún botellón cercano. Efectivamente, hay menos niños, como resultado de una política (en mayúsculas y minúsculas) que no favorece el aumento de familia. VALDELUZ ha aumentado sus posibilidades educativas y parroquiales (además de su volumen edificado) y es, según constato, una “marca” dentro y fuera del barrio. Cuando uno escuchaba lejos del barrio o de la ciudad o de España ese nombre, no podía menos que sentir una enorme satisfacción.
J. B. Priestley escribió aquella memorable obra teatral Time and the Conways (El tiempo y los Conways), más conocida en España con el título de La herida del tiempo, donde hacía el juego malabar de que el segundo acto sucediera veinte años después que el primero. Y el tercer acto retomaba la acción tal como había quedado al final de la primera parte. Con ello, el espectador veía el futuro que les esperaba a los personajes, mucho antes de que ellos mismos siquiera lo adivinaran. Yo no tuve esa sensación a mi regreso. El tiempo, en el barrio, ha evolucionado en espiral ascendente, no como un tornado, sino como viento suave y pentecostal que purifica y trasciende hacia una meta altísima.

lunes, 9 de agosto de 2010

ADIÓS, MUCHACHOS


Así comenzaba un antiguo y conocido tango que Carlos Gardel popularizó en su día. Así se titulaba el último texto que escribí en el anuario del Colegio Valdeluz, antes de tomar mis maletas camino del Colegio Mayor Elías Ahúja. Ahora, veinte años después (nadie podía imaginar entonces ni tan prolongado período ni el billete de vuelta al mismo espacio), titulo igual esta despedida.
Muchos de aquellos jóvenes universitarios que encontré en mi nuevo destino o que admití en los primeros años, ya están suficientemente instalados, casados, prolongados en sus nuevos hijos, incluso alguno, también, suficientemente divorciado. Si calculo en una media de 50 nuevos admitidos cada curso, resulta que he conocido a más de mil. Una experiencia versátil y gratificante en la mayoría de los casos.
Cuando pasa el tiempo y uno ve que sus fuerzas y energías menguan, que la distancia de edad se abre entre las nuevas promociones y uno mismo, que el trabajo se puede convertir en una rutina; que los antiguos deseos de crear, leer, estudiar, investigar, viajar, se estrellan con la dura realidad de encontrarse prácticamente solo en la proa del barco, prácticamente atado a un mástil de la nave, como Ulises, sin que el barco avance hacia ninguna Ítaca; cuando uno ve que no llegan los elementos humanos ni las ayudas para realizar con cierto decoro la tarea directiva, o si llegan resultan ineficaces, lo más honesto es pedir “que paren, que me apeo”. Sin mimbres, no se puede confeccionar un cesto. Todo lo más, una simple trencilla. Y pudo hacerse no una cesta pero sí un sombrero carioca gracias a todos vosotros: empleados y jóvenes, que, como costaleros de Semana Santa, no sólo acompañábais llevando el “paso”, sino haciéndolo “bailar” con estilo, talante y talento. Para ellos, mi brindis con lo que más me gusta: un vino dulce de Pedro Ximénez.
Y a todos vosotros, “adiós, muchachos”. Vivid en plenitud esa etapa maravillosa de ser colegiales, de la cual he sido testigo entre bastidores. O sea, universitarios y ciudadanos en una capital que guarda tesoros de toda índole. Y seguid queriéndoos como os he visto quereros, pero sin fanatismos ni exclusiones. Llegar a ser mejores que otros no consiste en agitar bandera alguna (ni tan siquiera color naranja) ni debe ser un grito de guerra contra nadie desde dentro, sino que se comenta desde fuera. Por eso, los verdaderos “ahújos” somos muy valorados en el campus y fuera del campus: en toda España. Y, por ello, ahora que estoy más allá de la verja, más allá del barrio, más allá del protocolo, puedo escribirlo muy orgulloso: los ahújos sois los mejores. ¡Viva el Colegio Mayor Elías Ahúja! Un abrazo en cada casillero de recepción.

jueves, 29 de abril de 2010

NOCHE MÁGICA


La Fiesta de Clausura de Curso en un Colegio Mayor suele ser el momento más solemne del año académico porque en su acto protocolario se imponen las becas, esas bandas en forma de uve sobre el pecho que cuelgan por la espalda desde los hombros. También se entregan distintivos simbólicos a quienes terminan sus carreras, o se premia a quienes han destacado por su participación en la vida colegial o han ganado diferentes concursos. Es el día de recibir y agasajar a los padres de quienes nos confiaron hace años a sus hijos para que les acompañáramos en su devenir universitario lejos de casa. El 24 de abril vivimos una noche mágica en el Colegio Mayor Elías Ahúja. La víspera, un grupo de universitarios terminó de preparar todo en el escenario, el teatro, el Colegio, para que resultara impecable la organización, el protocolo, el ritmo y el tiempo. Hace cuatro años decidimos cambiar la “pesada” conferencia por un breve espectáculo que resultara adecuado por su elegancia y originalidad. Para este año se eligió un poema escrito en 1939, en Cuba, por José López Rubio. Se titula Son triste, y cuenta en estilo entre popular y surrealista el suicidio de una muchacha negra que decide quemarse “a lo bonzo” porque nadie la miraba. Es una elegía no exenta de humor, escepticismo y humanidad profundos. Poema carioca con ritmo de salsa, lleno de ternura. Para interpretarlo, asumió la dirección nada menos que Juan Carlos Pérez de la Fuente, quien seleccionó a 14 jóvenes universitarios, absolutamente inexpertos en teatro y en recitación. Tras muchas horas de ensayo, logró que el conjunto pudiera armonizar voces, movimientos, gestos en una exhibición dramatizada a juego con un vestuario, unas luces y una escenografía muy originales y eficaces. Entraban en fila desde el patio de butacas, se comenzaba con la canción “El manisero”, se seguía en el escenario jugando con los papeles del texto. Unas veces era diálogo de solista con coro. Otras, todos conjuntados en sus cuerpos o musitando a boca cerrada una canción. Daba gusto ver a esos muchachos haciendo gestos de picardía, con cierto aire canalla pero siempre dentro de gran elegancia y ritmo. Los expertos en teatro (entre ellos el Director General del INAEM, el famoso figurinista Javier Artiñano, el autor Pedro Víllora, actores, profesores…), los propios padres de los muchachos, los mismos compañeros, no podían explicarse esa perfecta mecánica sin ningún apuntador o batuta. La juventud no es sólo la que se embriaga sin ton ni son. Cuando los jóvenes encuentran una brújula, una orientación, son capaces de sorprendernos leyendo o interpretando cosas que nosotros mismos, con larga experiencia, difícilmente haríamos. Fue una noche mágica e irrepetible. El teatro es así: comienza y acaba. Ninguna función (en este caso era la única función) es idéntica a la del día anterior. El teatro nace y muere cada vez que se interpreta. Como una ola del mar, nace, se eleva, y rompe en la playa.

viernes, 2 de abril de 2010

MI GENTE (VI): BLANCA SENDINO



Se me ocurre que quienes trabajan en un escenario, en un estudio de cine o de televisión, representando obras o series, poseen una personalidad piramidal. En la base está la PERSONA, en el centro, el ACTOR, en la cima, el PERSONAJE. Esas tres capas se interrelacionan, se nutren, y a veces, se vampirizan. El personaje de Calígula, por ejemplo, termina con cada función, pero se nutre de las técnicas del actor, quien, tras bajarse el telón o apagarse la cámara, va a su camerino, se desviste y desmaquilla del papel, para volver a ser Fulanito Pérez. Y queda la persona, que aporta su físico, su carácter, a los dos anteriores. Pero la condición de actor, en ocasiones, fagocita a la persona. Y es entonces cuando aparece el “divismo” del actor: creer que es el ombligo del mundo, porque el público, la crítica, los seguidores, quizá se lo han hecho creer así. Naturalmente, existe el caso del personaje que, de un modo glotón, se come al actor y a la persona. Entonces tiene que aparecer el psiquiatra. Fulanito Pérez cree que es Napoleón.
Conocí en persona, muy tardíamente, a Blanca Sendino, con ocasión de los ensayos de El amor es un potro desbocado (1994), la comedia escrita en colaboración por los dos Luises: el español Escobar y el argentino Saslavsky. Pero mis primeras imágenes de su figura eran aquellas películas en blanco y negro de mi infancia, cuando intepretaba criaditas o mujeres de pueblo o ciudad, en papeles secundarios que bordaba. Mi padre la apreciaba mucho y la nombraba “Blanquita Sendino” (cuando la traté en persona, la llamaba así en recuerdo de mi padre y ella se reía mucho). La pude ver en muchas obras emitidas por TVE en el inolvidable espacio “Estudio 1”, también en varias series. Era una mujer redondita de cara, de tipo, de sonrisa, de gesto, de carácter. Blanca Sendino era de una educación y de una amabilidad extraordinarias. Desde que nos conocimos, nunca me faltó su felicitación navideña, primero escrita y, después, telefónica. Cuando se supo que padecía cáncer, Juan Carlos Pérez de la Fuente, Rosario Calleja y yo fuimos una noche a cenar a su casa, en un chalet cercano al Retiro madrileño, donde vivía con su marido, el también actor Eduardo Moreno-Figueroa solos y rodeados de recuerdos. Pasamos una velada estupenda y la hicimos feliz, que era de lo que se trataba. Desgraciadamente, ya no he vuelto a visitarla, aunque tampoco ella olvidó llamarme y dejarme un mensaje en la pasada Navidad, tres meses antes de su muerte.
Blanca Sendino era una estupenda actriz con un largo historial, cuyos hitos quiero recordar: comenzó en el TEU, estrenando Tres sombreros de copa (1952), función de la que conservaba todos los recuerdos. En 1955 protagonizó La Celestina, que le valió el Premio Internacional de Teatro en Eirlangen (Alemania) y, como decía antes, era asidua en los repartos de “Estudio 1”. La pudimos ver en películas como Marcelino pan y vino o La residencia o como ganadora del premio a Mejor Actriz en el Festival de Teatro Clásico de Almagro (1974). Trabajó con los más grandes: Lola Membrives, Luis Prendes, Isabel Garcés, Manuel Dicenta, Mari Carmen Prendes, Berta Riaza, María Fernanda D’Ocón, Fernando Delgado, Juanjo Menéndez, José Isbert, Concha Velasco, Fernando Guillén, etc. Yo prefiero recordarla en los días de ensayo de El amor es un potro desbocado, repartiendo cariño y ánimo a sus compañeros: Silvia Marsó, Andoni Ferreño, Víctor Valverde, Ana maría Barbany y Mari Carmen Hurtado, la amiga fiel que venía frecuentemente desde Barcelona a acompañarla. Blanca Sendino, “Blanquita”, era pura sonrisa y bondad. Por eso mismo, una “diva” del teatro español, de una edad cercana a ella, la noche reciente en que le entregaban el enésimo premio por interpretarse a sí misma, cuando le dijeron que había fallecido ese mismo día Blanca Sendino, preguntó: “¿Perdón, quién es Blanca Sendino?”. Las dos son dos caras de la misma moneda: Blanca siguió siendo persona y la “diva” se ha convertido en su propio personaje.

sábado, 20 de marzo de 2010

MI GENTE (V): JUAN CARLOS


Cuando Juan Carlos Pérez de la Fuente supo que Su Majestad el Rey le había concedido la Medalla de Oro de las Bellas Artes, por su trayectoria profesional, primeramente se quedaría patidifuso. Eso de que a alguien lo premien por hacer lo que más le gusta en la vida sería, para él, algo insólito. Después, pensaría en sus padres, en la patrona de su pueblo La Virgen de la Fuentesanta, en sus profesores del internado de los escolapios, en sus colaboradores y amigos… en todos, menos en sí mismo. Y luego se echaría a llorar. Juan Carlos llora fácil pero sentidamente. No es una lágrima fingida, ni una “furtiva lacrima”, sino un derrame acuoso de su corazón tan sencillo como honesto.
Conocí a Juan Carlos allá por los primeros años noventa, en las circunstancias más adversas como para entablar amistad. El autor Eduardo Galán, amigo común, me invitaba al estreno de un espectáculo sobre el poema La leyenda de Alvargonzález, de Antonio Machado, en el Centro Cultural de Las Rozas. Ni el texto machadiano me entusiasma ni tenía yo ganas de conocer a ningún joven valor de la dirección escénica. Pero el trabajo de voz que vi en aquellos actores, un primoroso bordado sobre el texto, me convenció de que Pérez de la Fuente no era solamente un joven valor, sino un artista singular con un futuro solvente como director de escena. "Llegará lejos, me dije, si le dan ocasión en este campo de minas y nido de víboras que es el teatro en nuestro país". Aquella misma noche comenzó una amistad en la que yo pongo mucha admiración hacia su talento, mucha confianza en su valor como ser humano.
Tenía veinte años cuando fundó su primera compañía teatral en el pueblo. Su vida profesional (internado en el Colegio calasancio de Madrid, compañero de Emilio Butragueño) comenzaba en las oficinas del Banco de España, pero no iba a quedarse quieto en las cuatro paredes de una oficina. “Me presenté en el despacho de Mariano Rubio- me cuenta Juan Carlos entre sorbos de café-, que entonces era Subgobernador del Banco de España, a decirle que estaban destinando muchísimas partidas a deporte, pero que éramos 3.000 empleados y yo sabía que había gente que le gustaba el teatro, pero que no dedicaban ninguna partida. Se quedó muy sorprendido y me dijo: "Bueno, pero es que hacer teatro es algo muy especial. Necesita usted un teatro. Hay que alquilarlo y no hay dinero para tanto". Y me volvió a dar esa cifra que parece que me persigue siempre de 300.000 pts. Alquilé el teatro del Colegio Calasancio e hicimos la primera obra, Una noche de primavera sin sueño, de Jardiel. Las mañanas eran maravillosas en el Banco porque conseguíamos que en oficinas como el archivo histórico o los servicios jurídicos del banco, todo el mundo de alguna manera rompiera un poco lo tedioso de sus trabajos para todos participar del hecho teatral y seguíamos jugando.”
Le he seguido la pista por todos sus ensayos y estrenos. Lo he visto quedarse a dormir en una sala de ensayos inhóspita (la sala Jorge Juan, de Madrid, propiedad del Centro Dramático Nacional), rodeado de trastos y con la sola compañía de una rata. Lo he visto angustiado durante las funciones de El abanico de lady Windermere, porque sobre las cabezas de los actores colgaba más de una tonelada: dos decorados, uno de ellos con suelo. Lo he visto arrastrado pintando un decorado (La viuda es sueño, de Tono) porque el presupuesto se agotó, barriendo una sala o repintando un escenario deteriorado. No se le caen los anillos que no lleva. Lo he acompañado en procesiones de Semana Santa y visitas a los monumentos de las iglesias madrileñas de Jueves Santo. Su fe no es una “pose” (como en otros puede ser el agnosticismo), sino una vivencia interior, una inquietud a veces unamuniana, sin certezas, una valoración del “otro” como ser semejante. Lo he visto hablando con las figuras más grandes y populares del teatro en despachos y escenarios: Antonio Buero Vallejo, Francisco Nieva, Fernando Arrabal, Lauro Olmo, Antonio Gala, Amparo Rivelles, Alberto Closas, María Jesús Valdés, Ana Diosdado, Concha Velasco, José Sacristán, Rosy de Palma, Xabier Elorriaga, Chete Lera, Calixto Bieito, Fernando Cayo, y una lista tan larga como el número de jóvenes universitarios que acuden a él en cursos sobre teatro impartidos en el Colegio Mayor Elías Ahúja o con electricistas y técnicos de diferentes coliseos de España, dejando en todos un recuerdo amistoso de sencillez y profesionalidad. Lo he visto extasiado contemplar las procesiones madrileñas del Viernes Santo, los interiores conventuales del Real Monasterio del Escorial en una noche de luna, le he ayudado a pasear el perrito que le regaló Ana Diosdado, sumirse en reflexión en una iglesia anónima, pasar y repasar catálogos de telas hasta elegir la adecuada para un fondo escénico, discutir con los mejores iluminadores (el pobre Josep Solbes, tempranamente fallecido), escenógrafos (Alfonso Barajas, Oscar Tusquets, Xavier Mascaró, Ana Garay), diseñadores (Javier Artiñano). Sin embargo, no se entendería el trabajo de nuestro artista sin su pie, ojo, oído y mano derechos que es Rosario Calleja, quien fue Directora adjunta en el CDN, y ahora es su Jefe de producción y su ángel tutelar.
Desde que lo conozco jamás ha tomado vacaciones, ni siquiera un “puente”. Como mucho, un día libre para ir a Talamanca a visitar a sus padres o a buscar la maqueta con la que se licenció en la Real Escuela de Arte Dramático para regalarla al Colegio Mayor Elías Ahúja. Ha pasado más de una noche en blanco y más de un día de turbio en turbio, sin dormir, preparando funciones, elaborando repartos, pintarrajeando bocetos, viajando en autobuses, trenes o aviones, para asistir a un estreno o una conferencia. Porque uno de sus defectos es que no sabe decir que no, ni siquiera cuando sabe que se están aprovechando de él. El verbo literario se hace carne teatral en sus manos. “El teatro nace cuando la letra se desprende del texto y se hace carne”, ha dicho más de una vez.
En 1996 fue nombrado Director del Centro Dramático Nacional (Teatros María Guerrero y Sala Olimpia, de Madrid), tras una etapa turbulenta de despilfarro en el equipo anterior, con la consigna de la austeridad económica dada desde el Ministerio de Educación y Cultura, pero también siguiendo la divisa que siempre ha seguido Juan Carlos: presencia del autor español en sus montajes, respeto al texto, respeto al actor, respeto al público en montajes que no derrochan pero no escatiman medios. Emprendió una reforma absoluta del Teatro María Guerrero (prácticamente minado de termitas) y una reconstrucción del Teatro Olimpia peleando cada euro del presupuesto, para hacer un conjunto que ha sido inaugurado por el equipo directivo sucesor, muy ufano de engalanarse con flores ajenas. La gestión de Juan Carlos al frente del Centro Dramático Nacional dio preferencia a los autores españoles, y ningún escritor, ningún actor, fue marginado o no invitado por razón de sus creencias ideológicas ni su militancia en partidos políticos. Por eso, cuando leí cierto capítulo de las supuestas memorias de Pilar Bardem, sentí vergüenza ajena de adónde puede llevar el fanatismo militante y el propio interés disfrazado de ideología. Porque cuando uno publica memorias, olvida que los demás también tenemos recuerdos. La lista de autores llevados al María Guerrero resulta sorpendente: un Francisco Nieva al que la izquierda tenía arrinconado, un Max Aub al que seguramente ni conocían, un Buero Vallejo del que ni se acordaban, embarcados en montajes fastuosos de escritores amigos o extranjeros. Y, desde luego, el que más autores españoles vivos y jóvenes ha llevado a la escena.
Son muchos los momentos de triunfo artístico que he presenciado en la trayectoria de Juan Carlos y que han quedado grabados en mi retina: de El abanico de lady Windermere, su impecable interpretación “a la inglesa” y su aparatosa escenografía. Ese montaje, en Londres, hubiera sido todo un acontecimiento. De Pelo de tormenta, su arriesgada puesta en escena (con ella abría su etapa al frente del CDN), convirtiendo todo el Teatro María Guerrero en corrala, plaza mayor, coso taurino, desfile procesional para representar esa reópera de Paco Nieva (ni el propio autor podía imaginar un montaje de ese calibre), con el arte plástico de José Hernández y 400 focos derramando 500.000 watios de luz. A la salida del ensayo general, dos noches antes del estreno, el Subdirector General me dijo ya en la calle: “Juan Carlos es, sencillamente, un genio”. Tampoco olvidaré jamás el San Juan, de Max Aub, convertido todo el escenario en un barco a la deriva hacia el patio de butacas, con su naufragio final. O la venganza en rojos de La visita de la vieja dama, con una María Jesús Valdés esplendorosa, la misma actriz, nuevamente dirigida por él, que mereció y obtuvo los premios Max de Teatro y Mayte con ese monólogo de Fernando Arrabal, Carta de amor (como un suplicio chino). Precisamente esta gran dama del teatro había regresado a los escenarios, ya viuda, en los primeros años noventa, de la mano de Juan Carlos. De Arrabal, un autor tan incómodo para muchos en España como aplaudido en toda Europa, representó Pérez de la Fuente El cementerio de automóviles, un Cristo actual que el destino quiso se estrenara en el local de una antigua iglesia, de La Abadía. Una noche que jamás olvidaré fue la del estreno de La Fundación, de Antonio Buero Vallejo (para mí, la mejor obra del autor), en el María Guerrero, con la asistencia de Sus Majestades los Reyes, y todo el teatro en pie aplaudiendo al maestro Buero, de la mano de Juan Carlos. O la recuperación de Historia de una escalera, del mismo autor, un texto emblemático que tantos habrían leído sin verlo nunca representado. “En esa obra coral, ¿el verdadero protagonista es la escalera”, le pregunté a Juan Carlos mientras se fumaba un Camel en la puerta del Colegio Mayor Elías Ahúja: “Sí, así es. La escalera es, para mí, el personaje casi más importante de la obra. Es muy coral. Los personajes son vitales; sobre todo, porque hacen un friso humano donde nos sentimos reconocidos o nos reconocemos. Pero pasa el tiempo, la escalera sigue ahí, inmutable, envejeciendo con ellos, símbolo del “tic-tac”, símbolo de la inmovilidad de estos personajes. Mucho se escribió sobre este texto y sobre el montaje, lo que te puedo decir es que hablamos de un clásico, una obra que tiene 57 años, que, paradójicamente, se conoce más por la lectura que por el hecho escénico. Es una obra donde se recupera la memoria. Es muy importante que el teatro tenga esta faceta. Los españoles, a veces, decidimos vivir de espaldas a nuestra memoria y considero que no es bueno. A nuestros jóvenes les tenemos que decir que la conozcan, que la reconozcan porque de ahí venimos, que en estos 18 personajes está su pasado, pero también su futuro, porque la obra, al final, de lo que habla es de nuestro comportamiento, de las veces que tropezamos en los escalones de nuestras vidas y la gran pregunta que lanzamos es si será posible cambiar un poco ese destino y que esos jóvenes logren romper la escalera y vivir felizmente y en plenitud. Es una tragedia esperanzada, como fue todo el teatro de Buero”.
Ya como empresa privada, puso empeño en no regatear medios para sus montajes, tanto en los elencos como en decorados, atrezzo, etc. El mágico prodigioso, de Calderón de la Barca, obra tan compleja que muchos directores españoles han evitado representarla (aunque sí lo ha sido reiteradamente en Alemania) sorprendió como espectáculo, tan antiguo y tan moderno a la vez. A muchos les descubrió la riqueza teatral de un Calderón de la Barca tan heterodoxamente sutil nada menos que en un “auto del Corpus”. Un periodista le preguntó de forma displicente a Juan Carlos en una rueda de prensa en Almería: “¿Y por qué una obra sobre Dios? A lo que el director le respondió: “¿Y por qué no?”. Por ese espectáculo, figuró con este título, como finalista del premio Valle-Inclán. Los ensayos de dicha obra los simultaneó con otro montaje: ¿Dónde estás, Ulalume, dónde estás?, de Alfonso Sastre, que resultó un éxito inesperado para mí mismo y que Chete Lera ganó los aplausos de todos con su interpretación de Allan Poe. Presencié el entusiasmo de Sastre la noche del estreno. El león en invierno, la famosa comedia que todos hemos visto en cine, y a pesar del costoso montaje y de algunos premios recibidos, no corrió la misma suerte en las giras por España. El teatro tiene eso incierto de riesgo y aventura.
Luego vino La vida es sueño, también de Calderón, que preparó concienzudamente durante meses estudiando toda la obra del autor. Realizó un montaje escénico aplaudido por toda España, en Milán, en Berlín, pero que fue vetado para el Festival de Almagro por esas pequeñas miserias de la política (luego el tiempo se ha vengado de ese director miserable del festival). Fernando Cayo interpretó el mejor Segismundo que he visto en mi vida.
Esta dirección artística hubo de simultanearla con un montaje encargado por la Comunidad de Madrid para conmemorar el centenario del 2 de mayo. Y Juan Carlos encargó a Jerónimo López Mozo la adaptación de Episodios de Galdós, con el nombre de Puerta del Sol, una obra colosal de elenco y medios, que la misma Comunidad sólo programó 15 días en el Teatro Albéniz de Madrid, ante el escándalo de crítica y público. Tantos medios para tan pocos días.
Y, hasta ahora, Pérez de la Fuente ha dirigido Angelina o el honor de un brigadier, de Jardiel Poncela, un acercamiento respetuoso pero innovador a la interpretación de las comedias de aquel gran humorista.
Se ha escrito, y con razón, que Juan Carlos Pérez de la Fuente dota sus montajes de un sentido de ceremonia, de celebración casi litúrgica, más aún, de concelebración participativa de técnicos y público con los actores. Vuelvo al principio, a los primeros años noventa. Estoy subiendo las escaleras del Centro Cultural de Las Rozas, mientras Eduardo Galán me dice que voy a conocer la obra de un joven director de escena que llegará lejos. El interior del edificio hasta el propio teatro tiene el suelo cubierto de tomillo y romero. Y por todas partes, encendidos, cirios y velas, hasta el escenario. Este chico llegará lejos, dije entonces y sigo diciendo. Si Dios quiere.

viernes, 15 de enero de 2010

NUEVOS TESTIMONIOS SOBRE NOVATADAS

Está visto que mi reflexión sobre el tema ha hecho reflexionar, también, a más de uno. Y me llega otra opinión de quien las padeció, las ejecutó y lo que piensa ahora que ya no es colegial, una vez que suprimo nombres de personas mencionadas:"... acabo de ver la última entrada de tu blog y me he quedado blanco; en serio que tengo un hormigueo en el estómago.
Y es que se me han venido a la cabeza los momentos vividos y, reflexionando, uno se da cuenta de que si se pasa de rosca, puede ser responsable de este tipo de casos; casos que son desgracias, porque una pastilla diaria, 365 días al año... Es una enfermedad. Atónito, atónito.
Yo novateaba y fui novateado (vamos, que lo sabes de sobra) y, ¿sabes lo que me tocaba las narices? Los "pequeños nazis" (salvando las distancias, que no me quiero exceder), los veteranos que se te vienen a la mente cuando ves La lista de Schindler, los que chillan a un centímetro de la cara del novato y hacen que éste se sienta como el de la entrada de tu blog, y siendo tú veterano como él, te apetecería darle una bofetada y decirle que dejara de amenazar y de transmitir sus problemas personales. Que sea un poco más feliz y que se sepa divertirse y divertir al novato.

¿Y sabes lo que admiraba? La elegancia y el saber estar de algunos en las novatadas. No te gustará que hable de "modelo" en esto pero si lo hubieses visto en directo hasta te habría parecido bien. Siempre me decía a mí mismo que a la hora de novatear quería parecerme a ellos...

No sé. Era una forma distinta de novatear. Divertida y elegante."
Un amigo mío, sacerdote, religioso y un excelente Director, se suma a los mensajes y comenta el comentario anterior de esta forma:
"Vuelvo a leer los textos que publicas en un tu blog. El último habla de las novatadas “elegantes y divertidas”. Seguro que las hay. El problema es que en el submundo no hay leyes y triunfa la ley del más fuerte. El problema es que el veterano “bueno” que ve a otro veterano abusar del novato rarísimamente se atreverá a decirle algo. En ese mundo todos, veteranos incluidos, tienen miedo a la muerte social, a ser excluidos y marginados, a llevarse mal con el chulo de turno o con el liderillo del año. Luego, siempre está otra cuestión: ¿quién determina que la novatada “elegante” es tal? En mi opinión esa valoración la debería hacer el novato, que en la mayor parte de las ocasiones no tiene la madurez suficiente para decir lo que de verdad piensa. Él también está necesitado de un grupo, de pertenecer a él, de integrarse, y no puede ir contra lo que el mismísimo Bart Simpson llamaría la “ley del patio de recreo”. Ese mundo no conoce el poder moderador de la autoridad sino la ley del más fuerte. Y a mí, con el Evangelio en la mano, quizá por aquello de ser creyente, siempre me ha parecido que la autoridad debe ponerse del lado del más débil y protegerlo para que pueda ser realmente uno más. Por eso, no creo en las novatadas “elegantes y divertidas” donde siempre son los mismos los que se ríen y los mismos los que les toca hacer el ridículo."
Tengo que buscar un escrito magnífico que redactó el año pasado sobre este asunto, qúe él sufre en carne propia-

jueves, 14 de enero de 2010

NOVATADAS (cont.)

A raíz del texto anterior, me llegaron comentarios de amigos y conocidos sobre sus experiencias (mayoritariamente negativas). Para quienes aún defienden la supuesta ayuda de las novatadas en "integrar", olvidándose de las diferentes sensibilidades que cada cual tiene derecho a tener, reproduzco el fragmento de un correo donde un antiguo universitario se expresa así:
"De vez en cuando voy leyendo tu blog, como tu última reflexión, muy acertada, sobre las novatadas, que comparto totalmente. Como anécdota te contaré que a raiz de esos tiempos de novatadas en el (suprimo por vergüenza el nombre del Colegio Mayor), de la tensión de tener que pasar toda la noche con la puerta sin la cerradura echada, en una habitación doble, presa fácil de los veteranos, me empezó una epilepsia que todavía tengo, aunque de una forma muy leve, pero tengo que estar tomando una pastilla diaria de por vida desde entonces. Nada del otro mundo, pero estoy convencido de que el desencadenante de esa enfermedad fueron las novatadas."
Y era un chico normal y corriente, que fue un buen colegial. Sin comentario.